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Silvia | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-09-27 05:00:00

Silvia

Silvia Galvis, la gran periodista santandereana, una de las m√°s valientes investigadoras del pa√≠s, es recordada por uno de los integrantes del departamento investigativo de Vanguardia Liberal de los a√Īos 80, hoy, editor del peri√≥dico.
Silvia

Cuando al mediod√≠a el sol subi√≥ al cenit y Silvia baj√≥ a la tierra, el recuerdo de su cuerpo fr√°gil en ese trance supremo estremec√≠a, pero la certeza de que su ejemplo de valor colosal qued√≥ en la sangre de muchos a quienes ella orient√≥ y en la conciencia de aquellos a los que su obra lleg√≥, dej√≥ en el aire un aroma de serena dignidad y de n√≠tida victoria, que amans√≥ la rabia de ese momento y ahora refresca el incendio que desata en las entra√Īas su recuerdo repetido, recurrente, eternamente presente.

Silvia era esencialmente maternal y esa condici√≥n le permit√≠a, sin quererlo, ocupar un espacio definitivo en la vida de quienes se acercaban a ella. De su talante solidario se desprend√≠a un compromiso irreductible por el desvalido, por el lastimado, por el olvidado. La injusticia humana la hac√≠a vibrar al m√°ximo y trazaba en su rostro firme unas l√≠neas a√ļn m√°s severas, aunque a√ļn en los momentos m√°s tel√ļricos, sus grandes ojos hospitalarios emanaban sin pausa esa luz tibia de amor por el pr√≥jimo.

Silvia era al mismo tiempo una mujer hecha para el combate y un alma frágil, tierna, generosa, sensible y noble. Tenía a la misma vez un carácter inflexible frente a la inmoralidad y un corazón de inolvidable dulzura. Quienes estuvieron a su lado conocieron la suavidad de su alma y aquellos que estuvieron del lado contrario al de sus firmes convicciones, probaron el frío acero de sus denuncias.

Los primeros pudieron guardar en su espíritu y en los ecos de sus recuerdos esa risa franca, abierta y espontánea con la que Silvia celebraba la vida todos los días. Su risa era de cien campanas al viento que anunciaban su felicidad de existir, porque a pesar de todo, sobre todo, Silvia era un ser feliz. Su risa inolvidable se deshacía lentamente y la envolvía en un destello de jovialidad que conservó siempre.

Pero quienes estaban del otro lado de la espada que Silvia templ√≥ con ese car√°cter que s√≥lo exist√≠a en la forja invicta de su padre, sufrieron la contundencia de su palabra; debieron sentir el golpe rotundo de sus argumentos categ√≥ricos y desataron varias veces contra ella innobles campa√Īas e intentos de ataques que buscaban destruirla sin atenuantes.

Sin embargo, en medio de días y noches turbulentos, amenazantes, escabrosos, Silvia mantenía su ánimo combativo y alegre. Siempre llegaba al periódico con esa marcha a la vez decidida y serena y la sonrisa con la que buscaba, y lograba, abrazar a quienes se cruzaran a su paso.

Era sencillamente √©pico y para siempre inspirador ver la manera como esa mujer t√≠mida, de inteligencia y agudeza prodigiosas, encaraba sin temores y sin concesiones el delirio criminal que comenzaba a instalarse en el pa√≠s en los a√Īos 80.

Una verdadera horda de asaltantes del Estado, además de una mafia naciente del narcotráfico, habían comenzado a invadir la nación y Silvia Galvis fue una de las pocas personas que en este país pudo anticipar el desastre y tuvo el valor de enfrentar la amenaza.

Cuando el trabajo de campo de una investigaci√≥n terminaba, sobre el escritorio de Silvia se amontonaba una gran cantidad de documentos, adem√°s de hojas con apuntes, libretas con grabaciones mecanografiadas acompa√Īadas de sus casetes, planillas que dejaban a la vista la cronolog√≠a de los hechos que se indagaron; adem√°s de desmedidas cantidades de tinto.

En las siguientes 10 o 12 horas, sin descanso para meriendas, la peque√Īa oficina, siempre ordenada y perfectamente dispuesta, comenzaba a sufrir un penoso proceso de caos y mientras los papeles giraban uno sobre otro, una y otra vez se mezclaban las voces de los an√°lisis o recuentos de hechos, con el sonido estruendoso de las teclas pesadas de los computadores de entonces y al fondo un sutil y siempre tranquilizador jazz brasilero o algunas piezas cl√°sicas.

Quienes trabajaban con ella compart√≠an sus ideas, luchaban a su lado y segu√≠an sus indicaciones, pero era ella quien enfrentaba en solitario todas las consecuencias de su campa√Īa. Porque a cada publicaci√≥n segu√≠a una amenaza, un peligro indeterminado, un enemigo soterrado, o un ataque bajo.

Y era entonces cuando las cosas se salían de proporción y no se podía entender fácilmente que esa mujer tan tierna, maternal y sensible fuera a la vez el ejemplo vivo de la firmeza, la decisión y el valor que debe tener quien asume de verdad su compromiso con el periodismo, con la historia, con la vida.

Mientras redactaba sus informes, Silvia conservaba un talante sereno, casi científico, pero los lectores recibían un texto combativo e incuestionable porque nunca hubo quien dijera que se había mentido, o se había calumniado, o se había errado.

En cambio en sus columnas, en esas dos peque√Īas e inmortales obras del arte de opinar que publicaba cada semana, la historia era la contraria. Mientras las escrib√≠a vibraba, se jugaba a fondo con lo m√°ximo de su sensibilidad, de sus principios, de sus ideales, hasta de sus sue√Īos y utop√≠as.

Era un entronque fantástico entre su ser de escritora prolífica y multifacética y ese carácter magnífico afecto a la verdad, a la denuncia, a la solidaridad, que heredó de su padre y que dejó marcado en esas columnas que, a pesar de vivirlas con todo ímpetu, el lector se gozaba como piezas de un admirable valor estético, humor, ironía y una contundencia insospechada, inesperada, escalofriante.

La muerte es un paso sublime, es un momento trascendente, pero cuando es la propia, porque cuando nos matan solamente el alma y nos dejan en esta tierra masticando la rabia por la marcha repentina de un ser tan dulce y entra√Īable, entonces la muerte es una desgracia, una maldita desgracia irremediable que nos somete, nos vapulea, nos hunde en el fondo intocable del amor en carne viva.

Por eso, cuando al mediodía el sol subió al cenit y Silvia bajó al vientre terrenal, en el aire se hospedó un aroma de serena dignidad y de nítida victoria y del fondo de la tierra surgió un misterioso aleteo transparente que nunca se detendrá porque es el vuelo eterno de su recuerdo eternamente presente.

La eterna rebelde

Vanguardia Liberal reproduce el texto publicado por la revista SEMANA en homenaje a Silvia Galvis.

Era de car√°cter recio, de una sola pieza, sencilla, de gran sentido del humor y de claros principios √©ticos. De peque√Īa se escabull√≠a en la biblioteca de su padre, el patriarca liberal Alejandro Galvis Galvis, para leer los libros que a nadie de su edad y g√©nero se le permit√≠a tener en sus manos en la Bucaramanga de la √©poca.

Un d√≠a en clase, muy peque√Īa, ten√≠a abierto un diccionario que le hab√≠a regalado su pap√° y absorta averiguaba palabras que le interesaban, cuando una monja se le acerc√≥: ¬ďAj√°, con que buscando vulgaridades¬Ē, le dijo. En esa oportunidad no s√≥lo aprendi√≥ que all√≠ tambi√©n hab√≠a groser√≠as, que en adelante sigui√≥ buscando alentada por la reprimenda de la superiora, sino que supo lo que era una injusticia.

En ese ambiente se form√≥ Silvia Galvis, una de las m√°s prol√≠ficas y valientes investigadoras que ha tenido el pa√≠s. Era defensora de las libertades, de la equidad, temas que junto con la lucha contra la corrupci√≥n fueron com√ļn denominador en su trabajo como periodista. Un oficio que empez√≥ a ejercer en 1980, con la creaci√≥n del departamento investigativo de Vanguardia Liberal, luego de haberse graduado en ciencias pol√≠ticas de la Universidad de los Andes.

Sus dardos tuvieron como objetivos la mojigatería y la doble moral, la falta de ética y no le tembló la mano al irse en contra de la Iglesia, los corruptos, el machismo, el paramilitarismo, la guerrilla, los traficantes de influencias y los 'voltiarepas' que se acomodaban para mantenerse en el poder.

No escribi√≥ una sola palabra que no tuviera respaldo en un documento: ¬ďEra obsesiva porque cre√≠a que el d√≠a en que tuvi√©ramos que hacer alguna rectificaci√≥n perder√≠amos la credibilidad¬Ē, afirma Jos√© Luis Ram√≠rez, quien hizo parte de ese equipo. Y eso nunca pas√≥. Escrib√≠a sin reparar en abolengos ni apellidos.

¬ďElla hac√≠a sus denuncias sin importar el costo¬Ē, cuenta Pastor Virviescas, periodista cercano. ¬ďLa amenazaron, la tildaron de comunista, de resentida¬Ē, dice. Y es que quienes no la conoc√≠an y s√≥lo pod√≠an juzgar por sus incisivas columnas pensaban que era dura e implacable pero en realidad se trataba de una mujer de gran coraz√≥n, dulce y con gran sensibilidad social.

Pero fue la columna 'V√≠a Libre', que gan√≥ premio Sim√≥n Bol√≠var en 1987, la que mejor reflej√≥ su car√°cter recio y sus posiciones indeclinables. ¬ďNo se pon√≠a con devaneos, ni trataba de congraciarse con nadie; le dec√≠a al pan pan y al vino vino¬Ē, se√Īala Mar√≠a Teresa Ronderos, su amiga y admiradora. Y en un pa√≠s confundido, su pluma se convirti√≥ en la conciencia de muchos colombianos. Hablaba en nombre de ellos y no en el propio.

¬ďSus columnas eran un curso de construcci√≥n de ciudadan√≠a, de derechos civiles y valent√≠a¬Ē, afirma Lola Salcedo, quien recopil√≥ muchas de √©stas en De parte de los infieles (2001), la mayor√≠a llenas de humor y sarcasmo.

En una decía que sir Isaac Newton se sorprendería si se enterara de que en Colombia la ley de la gravedad no funciona porque aquí, decía, los políticos cuestionados en lugar de caer subían.

A partir de 1999 Silvia se dedic√≥ a otra de sus pasiones: la historia, algo que ya hab√≠a empezado a hacer a√Īos atr√°s cuando con Alberto Donad√≠o, su c√≥mplice y compa√Īero por 26 a√Īos, escribieron Colombia Nazi (1986) y El jefe Supremo (1988).

Leyendo sobre Rafael N√ļ√Īez observ√≥ que por cada tres libros hab√≠a solo dos l√≠neas dedicadas a Soledad Rom√°n, concubina y luego esposa del Presidente. Esto fue suficiente para interesarse en este personaje cuya investigaci√≥n la llev√≥ incluso a los archivos del Vaticano, donde encontr√≥ la informaci√≥n que le permiti√≥ escribir las 888 p√°ginas de Soledad, conspiraciones y susurros.

Silvia deja un legado de innumerables escritos y m√°s de 10 libros, el √ļltimo de los cuales, Un mal asunto, sali√≥ a la venta la semana pasada. Pero, como dice Mar√≠a Teresa Ronderos, ¬ďsu lecci√≥n m√°s grande a este pa√≠s que lo acepta todo y olvida pronto es su postura intransigente con la corrupci√≥n, su voz cr√≠tica y su verticalidad¬Ē.

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