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Morir es como mudarnos de casa | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-10-08 05:00:00

Morir es como mudarnos de casa

¿Alguna vez se ha mudado de casa y ha recorrido cada uno de los pasillos de esa vivienda vacía? ¿No siente que al dejar ese pequeño terruño abandona los mejores momentos de su vida?
Morir es como mudarnos de casa

Dicen que esa sensación que se siente cuando uno deja los cuartos y paredes en donde creció, es muy parecida a la partida de alguien. ¡Claro! un ser querido no es una edificación, pero sí lo es la relación que construimos con él.

Una casa llena de recuerdos es un cúmulo de nostalgias. Sin embargo, cuando dejamos atrás nuestro hogar, ganamos otro, uno que ni siquiera sospechamos; porque más allá de la partida, siempre habrá otra llegada.

Tal vez por eso es que la muerte al final no nos roba a nuestros seres queridos; al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. En cambio, la vida sí que nos los quita, y casi de una manera definitiva, sobre todo cuando por la soberbia dejamos de hablarles a quienes más queremos.

La muerte de esa persona que amamos es algo muy fuerte, entre otras cosas, porque al final comprendemos que construimos todos nuestros caminos con ese ser, a pesar de que el mañana es incierto.

Además,  los proyectos que soñamos, casi siempre, tienen la fea costumbre de caer en el vacío.

No es sólo la presencia física de ese pariente o amigo que se va lo que echamos de menos; existe algo más que extrañamos cuando alguien nos falta; es sentir que ya no está para brindarnos ese espacio suyo que nos daba y que ocupábamos en forma casi que exclusiva.

La pérdida de un ser querido se presenta en forma súbita y, por eso, sentimos que nuestro mundo se derrumba, deja de ser confiable y se convierte en un lugar donde puede suceder cualquier cosa.

Claro que es triste, quién dijo que no. Sobre todo porque cuando alguien se va, descubrimos que nos llevó muchos años construir con él la confianza que teníamos y que bastaron unos segundos para destruirla.

Sería bueno comprender, en vida, que con los seres que amamos podemos pasar buenos momentos haciendo cualquier cosa o simplemente nada, sólo por el placer de disfrutar de sus compañías.

Si pudiéramos regresar las hojas del almanaque, haríamos muchas cosas con las personas que han partido antes que nosotros, aquellas que dejamos de hacer por el trabajo o por el dinero.

No podemos regresarnos en el tiempo, pero cuando ellos mueren, todo lo que vivimos se hace presente en nuestras mentes. Lástima porque, para ese momento, es muy tarde ya. Nos damos cuenta de que esas personas que amamos están en el cielo y nosotros nos quedamos aquí, enfermos del corazón por todas las oportunidades perdidas.

Pasamos más tiempo con gente que ni siquiera nos ama, que con nuestra propia sangre. Siempre debemos decirles a papá, a mamá, a nuestros hijos y amigos que los amamos, porque nunca estaremos seguros de cuándo será la última vez que los veamos.

La muerte también nos enfrenta a nosotros mismos y nos cuestiona sobre lo que estamos haciendo hoy.

Pasa mucho tiempo para llegar a ser la persona que queremos ser, pero cuando nos damos cuenta el tiempo se ha agotado y la vida nos queda debiendo años.

Cuando alguien que amamos se va, se nos parte el corazón a pedazos, y lo peor es que el mundo no se detendrá para esperar a que lo arreglemos.

Es importante aceptar la pérdida de esa persona y aprovechar la situación para reconsiderar algunos aspectos de nuestra vida.

La gente no muere, sólo se ausenta; pero permanece con nosotros en sus obras, en lo que nos dio o en sus infinitos recuerdos.

Por eso ‘morir es vivir otra vez’; y la vida que nos corresponda asumir seguirá siendo un regalo para todos, entre otras cosas, porque nos la dieron gratis. No pagamos por ella.

¡Ah! por último no esperemos a que se nos mueran las personas que amamos para pensar en lo que nos hubiera gustado decirles. ¡Eso sí que podría ser algo imperdonable! Además, nos obligaría a recorrer los pasillos de una casa vacía.


El ‘más allá’

Más allá de la cuestión religiosa, cada uno tiene su propia interpretación de la muerte. Algunos creen que como ha sido la vida, así es el fin; otros dicen que la muerte es una cosa tan seria que aumenta nuestro prestigio; y para unos más es casi como un ascenso en el buen nombre de una persona que, al final, queda con su rúbrica en una fría lápida.

Cuando el que se muere es una persona cercana, sentimos que somos nosotros los que en realidad morimos. Y algo de eso hay pues, como dolientes, somos los que afrontamos el dolor de esa partida.

Los poetas dicen: “un hombre en la tumba es un barco en el puerto”. Bellas palabras para tan cruda realidad.

Como sea, la muerte es un misterio. Más aún, el último suspiro de nuestra vida todavía es un secreto bien guardado que, al menos hasta el día en que lo vivamos, no podemos intentar escribir algo de él.

Algunos se preguntan: ¿cómo haré para morir bien? olvidando que no hay experiencia para ello y que es mejor preocuparse por vivir en verdad.

Tal vez si el cuestionamiento se formulara de esta forma: ¿cómo haré para vivir bien? lograríamos mejores respuestas. A lo mejor se descubriría que la vida es mejor algo por disfrutar.

Lo importante de todas estas palabras, es que a la muerte hay que aceptarla; no sólo porque forma parte de lo establecido por la naturaleza, sino porque es una prueba contundente de que ella no nos puede sorprender sin siquiera haber intentado vivir.

 

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