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Pequeños delincuentes | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-10-11 05:00:00

Pequeños delincuentes

Tres historias. Uno fue privado de la libertad cuando tenía 17 años y ya lleva 21 meses en la Fundación Hogares Claret. Ha crecido encerrado. Allí mismo, otro joven paga por un homicidio y una menor, que se prostituyó durante 5 años para sostener su adición a las drogas, sufre las consecuencias de ser expendedora. Así crecen los jóvenes delincuentes en Santander.
Pequeños delincuentes

José* está privado de la libertad en la Fundación Hogares Claret hace 21 meses. Entró cuando tenía 17 años y en mayo cumplió los 19. Pero se acostumbró a vivir encerrado. Desde el 2005, su vida como niño y adolescente se ha reducido a entrar y volver a salir de este centro terapéutico. Todas las veces por hurto y por expender sustancias psicoactivas.

Su contacto con las drogas empezó a los 12 años, cuando conoció a un hombre que estaba en el negocio y que le propuso ir y llevar mercancía a varios barrios de Bucaramanga y el área metropolitana. “Me decía que con eso se ganaba plata. Además, veía a mi hermano, que ya es finado,  consumiendo”, dice.

Los estudios los realizó hasta séptimo grado, pero luego, el dinero y su nuevo trabajo lo convencieron de desertar. Su mamá trabajaba como empleada doméstica y desconocía por completo la nueva vida del segundo de sus hijos, que por cada viaje podría ganarse entre 50 y 100 mil pesos.

La primera vez que lo llevaron a una comisaría ni siquiera había cumplido los 13 años y ahí permaneció ocho días. Lo cogieron con una libra de marihuana pero no le importó. No pasó mucho tiempo para que ingresara a los parches de su barrio, consiguió cuchillos y también un arma. “Me metía a los parches para ver cómo se ‘trababan’. Yo mismo era el que les vendía la marihuana”.

Un 31 de diciembre, cuando tenía 13 años, probó por primera vez la marihuana. Ya vivía solo en una habitación en el Centro. “Fueron los ñeros los que me dijeron que si fumaba me tranquilizada”. Y luego no paró. Quería que lo trataran como adulto, que nadie le dijera nada. Por eso a la marihuana le siguieron las pepas y el pegante.

Como la Policía ya lo identificaba, para él fue fácil dejar de ser un expendedor para convertirse en un ladrón. “Empecé cogiendo (atracando) un taxi, luego a la gente que iba al estadio, en Cabecera, en Cañaveral, donde están los de la plata”.

Bajo el efecto de las drogas muy poco le importaba utilizar un cuchillo o disparar un arma. Su parche lo conformaban 9 menores. “Pepos, a nosotros no nos importaba nada, ni siquiera matar”.

Pero la gran alerta llegó tres años después cuando recibió un disparo en unos de sus brazos. “Me metía en otros barrios, solo, porque no me importaba si me mataban. La mayoría de los del parche estaban en Claret y con los dos que quedé, terminaron muertos”. José dice que se encerró en sí mismo y ese día del balazo tenía 16 pepas en la cabeza. Se había ganado $600 mil en un robo y compró dos libras de marihuana para consumirlas, él solo. Su hermano mayor había muerto estando preso y la lucha en el barrio se concentró en una guerra a muerte por apropiarse del negocio de la venta de droga.

Ya había estado en Claret tres veces, una por hurto y las otras dos por porte de arma de fuego. La primera vez duró tres meses, la segunda seis y a la tercera estuvo nueve meses. En esta, la cuarta, ya va para dos años. “Yo pasé mi niñez encerrado, cuando no estaba en Claret estaba en las comisarías”, dice.

Pronto lo atacaron los remordimientos, dice. Prefería el pegante a otras drogas y poco a poco empezó a sufrir delirios, ha sentirse perseguido, tenía fuertes picadas en el pecho y dolores de cabeza. “La ansiedad no me dejaba tranquilo”.

Cuando lo aprendieron por cuarta vez, de nuevo por expender drogas, pidió que lo incluyeran en un programa de rehabilitación. Acababa de cumplir los 17 años. Terminó en Pereira porque dice que empezó a sentir asco por las drogas.

José es de los pocos casos que podrían considerarse exitosos, dentro del preocupante panorama de los jóvenes delincuentes. En Pereira duró 14 meses donde se desintoxicó y ya lleva 15 sin consumir. No ha intentado fugarse y hoy espera que acabe su tiempo de internamiento. Privado de la libertad siguió estudiando, aprendió a hablar porque dice que antes sudaba del susto y hasta tartamudeaba.

Cuando regresó al Centro, su apuesta le costó la convivencia con los demás menores delincuentes porque lo consideran un ‘sapo’. Pero “cambiar la vida no es ser ‘sapo’”, dice. Uno de sus hermanos, que tiene 17 años, también está privado de la libertad y como él, se volvió adicto a las drogas y exige que lo traten como adulto. “Ni siquiera entiende qué es la fuerza de voluntad”. Su hermano le duele, pero José es paciente y positivo.

II

Julián* cursó hasta séptimo grado y su niñez transcurrió en un barrio del sur de la ciudad, donde la mayor parte del tiempo jugaba microfútbol. A los 13 años probó la marihuana –le gustaba fumar cerca de los ríos en compañía de un perro-, luego conoció las armas y el siguiente paso fue aprender a robar. “Quería comprar ropa y hacer viajes con chinas a otras ciudades”.

Nunca robó en su barrio. Lo hacía en almacenes llenos de gente y en compañía de otras menores. Por eso fue aprendido la primera vez que terminó en Hogares Claret. La segunda, la familia de uno de sus amigos lo denunció por homicidio cuando apareció muerto de dos tiros un joven que había estado con él el día anterior.

Él niega que lo haya hecho, pero la Policía lo aprendió cerca de su barrio hace 10 meses. Su medida de privación de la libertad incluye tres años que terminarán en menos de la mitad.

“Más de uno se vuelve malo porque cuando se es pequeñito y humilde, y se trabaja para la gorrita, se  aprovechan de eso y quiere quitarle las cosas. A todos los vagos nos pasa lo mismo”.

Julián tiene 17 años y dice que siendo niño siempre fue víctima de los mayores y que tuvo que volverse ‘malo’ para sobrevivir. Estar encerrado lo aburre. Ha intentado fugarse y tiene una cicatriz en la oreja como recuerdo de uno de esos intentos.

Dice que se acostumbró a tener dinero fácil en el bolsillo y las cosas no han cambiado. A uno de sus hermanos lo mataron. También consumía marihuana y había pasado por Hogares Claret. Otro, menor que él, sigue tristemente su mismo camino.

III

La primera vez que Liliana* entró a Hogares Claret tenía 14 años y duró 9 meses. La aprendieron por agredir a una joven mayor que ella, por expender toda clase de drogas y consumir. Cuando salió, duró casi cinco meses en la calle pero volvió a recaer porque regresó a su pueblo, donde vivía con su mamá, su padrastro y dos hermanos.

Liliana empezó a consumir drogas a los 11 años y dice que lo hizo cuando llegó su padrastro a vivir en su casa. “Lo odio por todo lo que me maltrató”, dice. Por eso se escapó y terminó en Bucaramanga en la casa de otro menor que pronto ingresó a Hogares Claret. Su camino por las drogas lo recorrió rápidamente. A la marihuana se sumó la cocaína, el pegante, las pepas y finalmente el basuco.  

Desde esa edad ha mantenido una relación afectiva con un mismo joven, que como ella, ha estado entrando y saliendo de Claret; ahora está en la Modelo. Con él fue con quien probó la marihuana por primera vez. “Él se la pasaba robando y a mi a cada rato me metían en el calabozo”.

Pronto, Liliana se convirtió en expendedora y su adicción aumentó, tanto que terminó prostituyéndose. “Fue por comprar basuco. Vivía en la olla y la ansiedad me obligaba. Uno no piensa en nada, se hace hasta matar por consumirlo”.

Cuando faltaban dos meses para que cumpliera 15 años, a su novio nuevamente lo capturaron por un hurto y le dieron casa por cárcel por  5 años. Prácticamente las entradas y salidas de ambos han coincidido. “Yo le decía muchas mentiras, sobre todo porque me prostituía”.

Liliana llevaba menos de dos meses en libertad cuando la aprendieron por no presentarse a unas citaciones en la Policía. “Mi mamá ayudó para que me encontraran”. Desde entonces está privada de la libertad. Ya cumplió 11 meses. Ella dice que ama profundamente a su novio porque ha sido capaz de perdonarle todos sus errores y por eso está dispuesta a iniciar un proceso de rehabilitación que durará 8 meses. “Yo quiero estar bien para poderlo ayudar y formar una familia. No quiero estar en la calle si no es con él”. Ahora se escriben cada mes y ella confía en que todo resulte.

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