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Viva el apagón | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-10-16 05:00:00

Viva el apagón

Si todas las crisis energéticas dejaran lo que nos dejó la del 92, pediríamos un nuevo racionamiento eléctrico, y esta vez que incluya celulares. El apagón de principios de los 90 dejó una cicatriz en las finanzas públicas y en el aparato productivo nacional. Pero también fue la palmadita en la espalda que la generación en levante necesitaba para experimentar el valor del diálogo, de la intimidad y del fortalecimiento de los núcleos sociales.
Viva el apagón

No voy a hablar de térmicas, hidroeléctricas o sistemas interconectados; voy a referirme a la pausa obligatoria que se impuso en las desquiciadas cotidianidades de los colombianos, alrededor de una lámpara de aceite, con los amigos y vecinos, reconquistando la riqueza de lo simple. Un escape al aislamiento que imponen la televisión, los quehaceres y la relación idílica que inauguró el hombre del siglo XX con las máquinas. Todo gracias a una hora de oscuridad inevitable. Además de “La Luciérnaga” –la radio es una mujer menos posesiva y celosa que la televisión- nos quedaron recuerdos domésticos que todos los que vivimos esa época acariciamos con nostalgia.

Una paradoja: la oscuridad hace ver algunas cosas. Experimentar la realidad escueta, en su esencia, es decir, desnuda de distractores, nos impuso la necesidad de tender puentes simples con los demás (la esposa, los hijos, los vecinos, los hermanos o simplemente el compañero de cuarto) para abrir esa faceta de nuestra humanidad adormecida por falta de uso: la empatía. Hoy ya no hay buenos matrimonios, sino telenovelas que capturan y que nos permiten escapar de la obligación de comunicarnos con la pareja; no hay buenos amigos, sino idas a cine o a discotecas ruidosas, que evaden la necesidad de entablar una conversación sintonizada.

Si hubiera estadísticas valiosas de lo que pasó después del apagón del 92, seguramente sabríamos que la tasa de natalidad subió, que los colombianos compramos más libros en esa época, que se contaron más y mejores chistes, incluso que se conocieron vecinos y se estrecharon vínculos familiares ya casi extinguidos. Creo que la figura de los “primos”, que estaba en vía de extinción, tuvo su segundo respiro gracias al apagón del 92.

Si tuviéramos más conciencia de la necesidad de humanizar la sociedad, haríamos un pacto comunitario a favor de cortes de luz y de celular en determinadas horas del tiempo de íntimo recogimiento.

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