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La ausencia de Lina María | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-10-26 18:58:10

La ausencia de Lina María

Lina María González Márquez desapareció hace una década cuando el campero en el que viajaba con su familia se fue a las aguas del río Lebrija. Su cuerpo nunca apareció y hay quienes afirman haberla visto con el chofer del vehículo, que también sigue sin aparecer. Hoy tendría 21 años.
La ausencia de Lina María

Carlos y María Antonia no han podido llorar como se debe la muerte de su hija Lina María. Y eso, suponiendo que esté muerta, como consta en una sentencia que emitió una juez de familia hace cinco años en Bucaramanga.

Ellos lloran, a retazos, cada vez que insisten en buscar una señal que les indique el camino hacia su hija, una pequeña de ojos negros, intensos, que vieron por última vez el 5 de diciembre de 1998.

 

Su calvario podría parecerse al que viven miles de familiares de desaparecidos en Colombia. Son, en últimas, víctimas. Y aunque a su hija no le incrustaron un disparo en medio del pecho, ni la torturaron y tampoco arrojaron a una fosa, las aguas de un río fueron las culpables del inicio de un vía crucis que ya se prolonga una década.

Ese río les arrebató el cuerpo de su hija de 10 años, cuando iban de paseo a la finca del papá de María Antonia.

Fue un accidente. Sí. Tan fatal que el cuerpo de Édgar Joel, el más pequeño de sus hijos, apareció tres días después flotando en medio de las aguas.

Pero el destino de Lina María es diferente. Es incierto. Podría decirse que todo terminó de nublarse para ella y sus padres, precisamente cuando su cuerpo rodó 40 metros por un abismo que la arrojó –eso sí, con certeza- a ese mundo entre la vida y la muerte en el que habitan los desaparecidos.


Un paseo de muerte

Carlos y María Antonia ya no viven juntos, pero Lina María los sigue reuniendo.

Carlos trabaja y vive en un piso subterráneo en el Centro de Bucaramanga, donde tiene un taller de canales y desagües.

María Antonia es modista en Bogotá, aunque la mayor parte del tiempo lo dedica a asear casas de familia. Ahora está en Bucaramanga, porque como dice, quiere aprovechar ese ímpetu que la embarga cada cierto tiempo, para insistir en la búsqueda de Lina María.

María Antonia recuerda con exactitud cada una de las cosas que su hija se llevó en una carterita negra que colgaba de su cuello, ese sábado fatal cuando viajaban hacia Chuspas, una vereda en el nororiente santandereano.

Ahí guardaba los carnés médicos de sus cuatro hijos y un papel donde tenía anotado el número de sus historias clínicas. Incluso, también estaba un documento que certificaba que Lina María, además de colombiana, había sido registrada en Venezuela.

Ese día, Carlos, María Antonia y tres de sus hijos se embarcaron en uno de los camperos que suelen estacionarse en la avenida Quebradaseca con carrera 16. El cupo se llenó, pero por el camino, fueron acomodándose a empellones más adultos y niños.

María Antonia se sentó con sus hijos justo detrás del conductor y Carlos terminó colgado de la parte trasera del jeep. La carretera no era fácil, pero los González Márquez estaban acostumbrados. Para llegar a su destino tenían que atravesar la vieja vía del ferrocarril y fue en El Conchal, un corregimiento de Lebrija, que el sobrecupo cobró su cuota. El campero llevaba 25 personas.

Cuando María Antonia se dio cuenta, el carro pegó un brinco y quedó colgando de un abismo. Abajo, las aguas del río Lebrija sólo tuvieron que esperar unos pocos segundos para recibir el totazo.

Lo que siguió partió en dos las vidas de María Antonia y Carlos. Cuando ella abrió los ojos de nuevo, 40 metros más abajo, estaba entre el agua en medio de rocas y latas retorcidas. Dice que lanzaba sus manos tratando de aferrarse a sus hijos, pero sólo se encontró con cuerpos emparamados, unos encima de otros. Intentó nadar para buscar aire pero su cabeza se frenó con el techo del jeep que alcanzaba a sobresalir del agua unos cuantos centímetros. Eso fue lo que la salvó.

En total, fueron 7 muertos, aunque las autoridades hablan de 9. Los dos que hacen la diferencia son Lina María y Clemente Infante, el conductor del jeep, que todos conocían como ‘el Armadillo’. Llevaba seis meses haciendo la ruta Bucaramanga-Chuspas. Y hacen la diferencia porque sus cuerpos nunca aparecieron así el Estado los haya declarado muertos y María Antonia tenga en sus manos el acta de defunción de su hija.

Carlos se salvó porque pudo tirarse en medio de la caída. Carlos Alberto, el hijo mayor, logró salir del agua y treparse a una peña; quedó completamente desnudo. Édgar Joel, su bebé de cinco años, murió ahogado y, Lina María… nadie sabe a ciencia cierta qué le pasó a esta niña que hoy tendría 21 años.


La búsqueda

A los tres días del accidente, María Antonia se despertó en una clínica. No sentía las piernas, su cabeza estaba hinchada y no le cabía un moretón más en el cuerpo.

Oía el llanto de su papá y pronto entendió que sus hijos ya no estaban. Sin embargo, los efectos de los medicamentos hicieron que todo transcurriera como un sueño. Supo que fue Carlos quien la sacó del agua, y que su hijo Carlos Alberto ayudó a reanimarla. También se enteró que su hijo menor fue el último que encontraron, río abajo y que de Lina María decían que no había muerto, que la habían visto cogida de la mano con ‘el Armadillo’, mientras subían por la montaña que bordeaba el abismo donde cayeron.

Desde entonces, esa esperanza se ha convertido también en su pesadilla. A los dos meses, luego de varios intentos de búsqueda en el río, los González Márquez recibieron una llamada donde les informaban que por una estación radial de Sabana de Torres, municipio cercano al lugar del accidente, habían anunciado que Lina María González Márquez estaba bien.

María Antonia no lo pensó. Amplió una de las pocas fotografías que guardaba de Lina María, le sacó 500 copias y durante un mes recorrió las calles de Sabana de Torres, pero nadie le dio razón.

Carlos, por su parte, seguía recibiendo noticias de los lugareños de El Conchal, Bocas y Palmas, que aseguraban haber visto a la niña con Clemente Infante. Sin embargo, ninguno se atrevió a sostener estas versiones ante las autoridades.

Hace diez años, esa región del Magdalena Medio se debatía entre la legendaria presencia de las Farc y el Eln y la llegada de los paramilitares de ‘Camilo Morantes’, que hacía poco habían masacrado a 32 personas en Barrancabermeja. Por eso todos tenían miedo.

La familia del chofer también lo daba por desaparecido y las autoridades estaban atadas de manos. Carlos demandó al señor Clemente Infante y a la empresa donde trabajaba por la muerte de su hijo y la desaparición de su hija, pero nunca se pudo comprobar que ‘el Armadillo’ hubiera sobrevivido y tuviera a la niña.

Sin embargo, él cree, igual que María Antonia, que Lina María está viva. Y más allá de las habladurías de la gente, este hombre dice tener una prueba contundente. Él mismo fue a una finca de Infante en El Playón, tres meses después del accidente y allí, el viviente le informó que lo había visto hacía un mes, cuando lo dejó a cargo del terreno. Pero nada pasó. El desaparecido siguió sin aparecer.

La siguiente noticia ocurrió en Bucaramanga. Esta vez, les dijeron que los habían visto –sí, a Lina María con Clemente- en el barrio La Cumbre y también en el Centro, a muy pocas cuadras del taller donde aún trabaja Carlos.

De nuevo acudieron a las autoridades y de nuevo, éstas les exigieron un testigo, que no tenían.

A los dos años del accidente, en el 2000, Carlos se desesperó tanto que abandonó la búsqueda. María Antonia se fue a Bogotá. El proceso jurídico se archivó y el Estado, en 2005, declaró muerta a Lina María.

Pero María Antonia no quiere rendirse. Dice que ese 5 de diciembre de 1998 no se murió ni la gallina, ni el perro de la casa, se murió su hijo y desapareció su hija. Ella quiere respuestas.

Son muchas sus conjeturas. Que Lina María se pegó tan fuerte en la cabeza que no recuerda su pasado… Que la terminó afectando esa fiebre que la hizo convulsionar al año de nacida y que hacía que fuera tan callada, o que, posiblemente, esté en Venezuela.

Por ahora, esta mamá, envejecida a la fuerza, se queja de los rastros que el accidente dejó en su cuerpo. En su cabeza han empezado a aparecer bultos pequeños que le producen fuertes dolores. Y carga con la mala fortuna de no haber tenido la asesoría legal adecuada para buscar una reparación. Hasta cuando quiso buscar la historia clínica de su hija, simplemente le dijeron que había desaparecido.

Sí, a Lina María la vida la borró del mapa. Pero su mamá insiste: “a pesar de que los hijitos son prestados, que uno tiene que aceptar la realidad… eso nunca termina de doler”.

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