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El reclutamiento forzado, una infancia sin juguetes | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-11-22 05:00:00

El reclutamiento forzado, una infancia sin juguetes

Cuando John Kon Kelei, hoy defensor de los derechos de los niños de la Unicef, fue reclutado, creyó que sus padres no lo querían y que había sido abandonado.
El reclutamiento forzado, una infancia sin juguetes

Lágrimas inocentes recorren los rostros de John Kon Kelei y de Diana*, a quienes los conflictos armados les arrebataron la niñez, pues hicieron parte de grupos guerrilleros cuando no superaban los diez años de edad.

A pesar de los miles de kilómetros de distancia y de hablar dos lenguas diferentes, sus vidas parecieran ser las mismas. Kon Kelei es africano, de Sudán, y Diana una joven indígena del departamento de Nariño, en Colombia.

John Kon Kelei fue reclutado de manera forzada cuando apenas tenía cuatro años. Los grupos revolucionarios del sur de Sudán (África) llegaron donde su familia, que habitaba una humilde vivienda y les garantizaron a sus padres que “estamos recogiendo a todos los niños entre los cuatro y los doce años para llevarlos al colegio”.

Sin saber lo que pasaría, sus progenitores lo entregaron al grupo guerrillero. La sorpresa la tuvieron al llegar a Etiopia, país fronterizo al este.

Este hombre de tez negra recuerda: “Nos dimos cuenta que no era un colegio donde estábamos, en verdad era un campo de entrenamiento militar. Todos los niños pequeños entre 4 y 12 años fuimos obligados a construir las casas donde íbamos a vivir, teníamos que preparar nuestra propia comida y hacer todo como si fuéramos adultos”.

Cuenta que desde ese instante su vida cambió. Empezaron a darle entrenamiento militar y después del adiestramiento los comandantes de la insurgencia realizaron una selección: los más grandes y fuertes fueron llevados al área de combate y los otros al colegio.

Este africano, el menor de siete hermanos, hace referencia a los años de horror que tuvo que vivir al inicio de su formación educativa: “el colegio donde nos enviaron no era común y corriente, era un centro donde estudiábamos por dos horas y después teníamos que continuar con la práctica militar y deberes en el campamento”.

Claro que por la doctrina impuesta quiso ir a pelear por una causa que consideraba justa, en contra de las “personas que no observaban los Derechos Humanos”, pero a él no lo seleccionaron, por ser pequeño.

Entonces, John Kon Kelei se vio rodeado de impotentes niños a quienes en medio de los discursos revolucionarios les impusieron el estudio con el objetivo de llegar a hacer de su país una nación de intelectuales, según les decían los comandantes guerrilleros, argumentando en repetidas ocasiones que después de la guerra y del enfrentamiento armado iban a tener una buena posición si tenían buena escolaridad.


La huida

Una sensación inquietaba al moreno por esa época y preparó un plan de fuga, sabiendo que por desertar podría haber sido asesinado: “Me escapé del campamento para ir a estudiar y buscar un colegio. Decidí hablar sobre mi situación para evitar que a otros niños les pasara lo mismo, porque me sentí traumatizado y pensaba que tenía que hablar para advertir a otros sobre el peligro del reclutamiento”.

Aunque ahora es muy feliz - algo que se refleja cuando ríe-; dice que algo que no puede borrar de su mente es que a sus escasos cuatro años lo sacaron de su hogar. En momentos críticos, incluso llegó a pensar que sus padres no lo querían.

A John lo aferraron a la vida los ratos de estudio, pues en ello encontraba un descanso y una gran bendición, después de trabajar en los centros de entrenamiento, cuando llegaba acompañado de su fusil de dotación al salón de clases, con tan sólo seis años.

Luego de la instrucción preliminar en Etiopía, su sitio de vida fue Jartum, capital de Sudán, donde terminó la primaria. Luego hizo dos años y medio de secundaria, en donde maduró la idea de escapar y ayudar a sus colegas, los niños de la guerra, con las únicas armas de un cuaderno y un lápiz.

Todo parecía estar bien; no obstante, el gobierno de Jartum dijo que por su edad tenía que ser reclutado nuevamente. “Entonces me escapé para Holanda, dos años después empecé la universidad”.

La llegada a Europa fue posible porque en Jartum encontró ayuda de organizaciones internacionales a las que les contó su caso y los convenció para que le dieran una segunda oportunidad en su corta vida.

John Kon Kelei tiene 26 años y hoy es uno de los seis defensores de los Derechos humanos de los niños, niñas y adolescentes del mundo por parte de Unicef.

A cambio de muñecas, armas

La historia de Kon Kelei tiene su réplica en el sur de Colombia.

Diana es una indígena nariñense que a sus diez años ya conoce lo que es haber formado parte de las Farc como informante.

“En nuestras comunidades hoy día se presentan muchos problemas con los actores armados legales e ilegales sobre el reclutamiento, utilizan a los niños, jóvenes y a las mujeres las violan. Eso es lo que se vive y está pasando en ese territorio”, dice, con palabras que pertenecen a otra edad.

El temor de las comunidades indígenas y de los campesinos se hace más evidente por la amenaza de masacres si se rebelan contra algún actor armado en el conflicto: “En mi resguardo hay gente que nos utiliza como informantes y si uno no lo hace, pues puede que desplacen y masacren a una familia entera. Se ha registrado una gran masacre de niños, incluso antes de nacer”.

Aunque parece increíble creer que las organizaciones ilegales reclutan tan fácil, Diana afirma que una de las estrategias es preparar fiestas para que lleguen desde menores de edad hasta ancianos.

De acuerdo con esta niña, que jugó primero con un arma antes que con una muñeca, asegura que “a uno le dan bebidas alcohólicas, entonces cuando uno esta ‘borrachito’ lo convencen diciéndole que eso es bueno. Así les dicen y después ellos los anotan sin decir que sí en una lista y se va presentando ese reclutamiento, ya metida la pata es difícil salir”.

* El nombre fue cambiado para proteger su identidad, en razón a su condición de menor de edad.


LA HUELLA EN SUS VIDAS

Tanto Diana como John Kon Kelei les enviaron mensajes a la niñez colombiana y a la sociedad en general. Uno es el hecho de haber escapado de las filas para buscar un mejor bienestar; otro es la necesidad de que primero que se capaciten y, finalmente, que no crean en las maravillas que les pintan.

“La sociedad no debe mirar a los niños desmovilizados como niños malos o como gente perversa, ellos son personas que pueden ayudar”, esa fue la conclusión a la que llegaron los dos defensores de los derechos de los niños.

La preocupación mundial ha hecho que se creen comités de jóvenes afectados por la guerra. Kon Kelei trabaja con seis lideres que cumplen labores de sensibilización y apoyo a todos los jóvenes que se encuentren por la situación que han atravesado.


CONTINÚA EL RECLUTAMIENTO

Pese a la lucha frontal en contra del reclutamiento forzado, en 4 países de los 198 que hay en el mundo, aún existe reclutamiento forzado de menores.

En Uganda (África) y Colombia, dos de ellos, esa práctica se sigue presentando por actores de los conflictos armados.

A pesar de que en Colombia la justicia castiga severamente a quien reclute un menor de edad, las Farc continúan engrosando sus filas con niños y niñas en el departamento del Guaviare y en zonas fronterizas, especialmente.

El alcalde de San José del Guaviare, Pedro Arenas, alertó sobre el incremento del reclutamiento de menores en esa zona del país, que también practican las bandas criminales.

“En nuestra región la guerrilla entra a las escuelas a decir su discurso y en ocasiones se reúnen con profesores. Hace unas semanas nos mataron a un pastor de una iglesia cristiana que estaba tratando de convencer a una niña para que no se vinculara a las Farc”, sostuvo Arenas.


LAS CIFRAS DEL RECLUTAMIENTO

En Colombia, de acuerdo con un estudio del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Icbf, hay 4.136 niños desmovilizados. En entrevistas realizadas a esos menores, el 80 por ciento afirmaron que por lo menos un niño o una niña los acompañaban en la guerrilla o entre los paramilitares.

Las autoridades estiman, por esta razón, que cerca de 15 mil niños aún forman parte de los grupos armados ilegales.

Diana, que ya es líder indígena, pese a su corta edad, trabaja en la actualidad con la Unicef: visita comunidad por comunidad contando su testimonio, para evitar que niños sufran el reclutamiento forzado.

Estos dos luchadores de la vida han tratado de aconsejar a los niños y niñas para que salgan de esta barbarie, ya que los menores son utilizados como carne de cañón por falta de oportunidades y siempre son reclutados los más pobres.

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