“He aprendido a costa del dolor” | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-12-06 05:00:00

“He aprendido a costa del dolor”

Cuando a Yuri Tatiana Moncayo le preguntan por su pasado, ella dice que prefiere no recordar. Son tantas las “lagunas mentales” que se le presentan cuando piensa en su niñez, que dice que literalmente su vida se partió en dos: antes y después del secuestro de su hermano, el sargento Pablo Emilio Moncayo.
“He aprendido a costa del dolor”

Aunque siempre trató de mantenerse en privacidad, el país supo de ella en el 2007, cuando junto a su padre, el profesor Gustavo Moncayo, decidió salir a recorrer el país pidiendo la libertad de ‘Pablito’, como le dicen en casa.

Hoy sigue esperando el regreso de su hermano. En medio de la expectativa por el proceso de liberación que avanza en manos de la Iglesia y el Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr), Yuri confía en tenerlo cuando antes de vuelta a casa.

La última Navidad

El 21 de diciembre de 1997, con apenas 11 años de edad, su mundo cambió radicalmente. La llamada de un primo alertando del ataque al cerro de Patascoy (Nariño) fue el inicio de una historia que está próxima a cumplir 12 años y que aún no tiene un final certero.

Para ese entonces, Yuri era la menor de los Moncayo. Como toda niña, permanecía a la expectativa por la llegada de la Navidad, sin pensar que sería la última que viviría en familia.

“Mientras en la casa todos gritaban, lloraban y corrían, yo preguntaba por mis regalos (…) quería encontrarlos y ubicarlos bajo el árbol de Navidad”, recuerda.

Sólo cuando su hermana mayor le dijo lo que sucedía, ella entendió que hasta ahí había llegado su diciembre.

En un principio la información que les entregaban daba por muerto a Pablo Emilio. Gustavo y Stella, sus padres, partieron hacia Pasto (Nariño) para averiguar por la suerte del mayor de sus hijos.

“Aunque regresaron para estar conmigo, entendí que sería la última vez que lo harían”, recuerda melancólica, mientras camina por un tradicional sector de Bogotá, en el que ahora vive con su padre.

Es en ese punto de su vida en que los recuerdos se fragmentan. Sabe que pasados tres meses de la toma, el Ejército confirmó que su hermano no estaba muerto y que por el contrario se encontraba en poder de las Farc.

Justamente en esa época los Moncayo recibieron la primera prueba de vida del joven soldado. Se trató de una carta en la que le narraba a su familia las condiciones en las que se encontraba e incluso comparaba lo vivido con la película de Indiana Jones.

“No puedo recordar más. Trato, pero es imposible. Es como si me hubieran borrado lo que vino después”, dice Yuri, quien al tiempo recuerda que la lectura fue su único refugio.

El argentino David Abrahamsen se convirtió en uno de sus autores preferidos. Los libros de psicoanálisis fueron sus favoritos, porque como ella misma dice, “me ponían a pensar”.


De niña a mujer

A medida que pasaba el tiempo y fue entrando a la adolescencia las preguntas invadían su cabeza. Quería saber porqué su familia estaba enfrentando una situación tan complicada, cuánto duraría el secuestro, dónde y cómo estaba su hermano.

“Pasaba horas y horas leyendo. Ya no salía de mi cuarto y sólo cuando escuchaba accidentalmente a mis padres llorar o discutir, recordaba mi realidad”, relata.

Fue quizá por el poder anestesiante que tuvo para ella la lectura, que cada día sentía más ganas de tener un libro entre sus manos.

Yuri creció oyendo hablar de un sólo tema: el secuestro. La suerte de Pablo Emilio era una preocupación constante en su casa. “Aprendí a costa del dolor”, asegura.

Mientras el ‘profe’ Moncayo inició sus largos viajes tratando de saber algo más sobre el uniformado, fue su madre quien quedó a cargo de ella y sus dos hermanas.

Aunque lo intentaba, nunca le fue fácil hacer la vida de una joven de su edad. “Mientras mis amigas salían y se divertían, yo quería hacer cosas productivas por mi familia. Finalmente pensaba mi hermano y no hubiera sido justo olvidarme de lo que sucedía”.

Con esa única preocupación, la vida, a sus 23 años, no le ha dado la oportunidad de enamorarse. Ni el corazón ni la mente se comportan como la de cualquier joven. Al fin y al cabo sus días transcurren repetidos, junto a su padre, esperando al hermano que aún no vuelve.

Las depresiones comenzaron a aparecer. Por momentos, relata Yuri, es imposible aguantar la presión del secuestro. Tanto ella como sus hermanas deben someterse a tratamientos médicos para no dejarse vencer por las circunstancias.

Sin embargo, cuando las cosas parecían más críticas decidió entrar a estudiar criminalística; hecho que le sirvió para distraer la mente y pensar en cosas más positivas.

Lo hizo al terminar su bachillerato en su natal Sandoná, contra todo pronóstico y pese al drama familiar. Con el cartón en la mano, ella era consciente de que mucho de lo que aprendió en los salones ni lo recordaba, pero sí estaba marcada por las constantes miradas de compasión y extrañeza que inevitablemente le dirigían sus compañeros de clase.

Cuando recuerda esos años de ‘confusión mental’, como les dice ella, es inevitable constatar que su piel se eriza. “Fue muy duro. Ese paso de niña a mujer en medio del dolor por no tener a mi hermano fue caótico”.

Pero no duda en afirmar que le sirvieron para madurar. Para entender que el país enfrenta una realidad y que nadie está exenta de vivirla en carne propia.

Entre tanto, mientras su cuerpo y su mente cambiaban, los años pasaban y de Pablo Emilio se sabía muy poco. La prensa de cuando en cuando revelaba un nuevo detalle y con este, también aparecían los rumores; unos ciertos y otros falsos, que llenaban de angustia a los Moncayo.


Un minuto de valor

Cansada de llorar, un día tomó una decisión radical. Sus múltiples libros de psicoanálisis, en especial ‘La Mente Asesina’ (de Abrahamsen), le enseñaron que “en la vida no se debe pesar tanto y en cambio, sí actuar”.

Estaba terminando sus estudios de criminalística cuando su padre les comunicó que iniciaría una caminata por todo el país para pedir por la liberación de Pablo Emilio y sus compañeros, así que Yuri decidió dejar también todo y acompañarlo.

“Fue la experiencia que le empezó a dar sentido a mi vida (…) por fin sentía que estaba haciendo algo, que no era un esfuerzo sólo de mi papá y que las cosas sí podían cambiar”, dice.

En un principio el miedo la invadió. Pocos imaginaron que la jovencita de contextura delgada, que apenas supera los 1,50 metros de estatura y cuya voz parece más la una niña, fuera capaz de semejante esfuerzo.

Sin embargo, la fuerza que le imprimió el ‘Caminante por la paz’ y el amor de la gente que los recibía en cada población, la llenaron de valor y le permitieron culminar el reto.

Desde ese instante no ha podido dejar de trabajar por la libertad de los secuestrados. Cada marcha o evento en el que participa su padre, ha contado con su colaboración.

“Ya no puedo dejar de trabajar en eso. Así salga Pablo Emilio, yo quiero seguir buscando el cambio. Es lo mínimo que podemos hacer, eso lo deberíamos hacer todos los colombianos”, relata.


El encuentro

Como le es difícil mirar hacia atrás, ella prefiere pensar en el futuro. Aunque no sabe cómo va a reaccionar cuando tenga en frente a su hermano, acepta que siente miedo al imaginar dicho momento.

“Somos personas diferentes. Él nos dejó unas niñas, y yo lo recuerdo como un muchachito”, dice con risa nerviosa y aclarando que sueña todos los días con abrazarlo.

Ahora son más. Hay una nueva integrante en la familia. Se trata de Valentina, su hermana menor, de tan sólo 6 años de edad y quien se ha convertido en el motor y la vida del hogar.

Por esta razón, para ella lo más importante es que Pablo Emilio se sienta orgulloso de lo que es su familia en el momento en que recobre la libertad.

En su esfuerzo por lograrlo, cada mañana cuando se levanta, piensa en la manera de llevar un poco de tranquilidad a los suyos, para que algún día puedan volver a ser las personas unidas que una noche, por cuenta de la violencia, dejaron de sonreír.

 

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