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Viernes 24 de Octubre de 2014
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Colombia
2009-12-06 05:00:00

El Museo del Nunca Jamás

El Museo del Nunca Jamás
Este no es un museo común. Ni siquiera hace parte de los lugares a donde cualquiera acudiría para alimentar el espíritu. O tal vez sí, aunque el camino para lograr que se convierta en una experiencia positiva no sea tan fácil de recorrer.

En este museo, luego de asombrarse con horror, de entristecerse, de indignarse y hasta de negar con la cabeza y afirmar que no es posible que los niños y las niñas sean sometidos a castigos tan atroces como quemarles la boca con una cuchara hirviendo por el sólo hecho de negarse a comer, su creador, Gabriel Latorre, espera que el visitante se prometa a sí mismo que esto no puede volver a ocurrir.

Hay que tener agallas para ver los cerca de 50 objetos que representan los más dolorosos recuerdos de jóvenes, adultos y abuelos que fueron maltratados en su niñez y cuyos testimonios ha ido recogiendo Latorre desde 2000, en los municipios de Santander.

Uno de los visitantes escribió que el Museo del Nunca Jamás impacta tanto como lo hace el Museo del Holocausto en Israel. Con su trabajo, Latorre lidera una campaña para que  estos objetos permanezcan en un museo y no en las casas, colgados detrás de las puertas o en los salones de las escuelas.

Estos son algunos de los objetos que más impactan a los visitantes. Muchos funcionan como espejos de lo que se sigue repitiendo de generación en generación. Es, tristemente, una suma de infamias.

Síndrome de bebé por zarandeo

Según una investigación de la Clínica del Niño en Bogotá, es común que cuando se zarandea a los niños como una forma de controlar el llanto o cuando ya la rabia domina las acciones, o incluso por tirarlos al aire, se puedan producir lesiones cerebrales, hemorragias y hasta fracturas de clavícula.

Son numerosos los casos de bebés que llegan totalmente adoloridos a las clínicas y los padres o quienes los cuidan ignoran el motivo.

En el Museo, la pieza SBZ (Síndrome de bebé por zarandeo), muestra a un niño sano rodeado de radiografías que evidencian el maltrato que produce el zarandeo. “Es otra forma de castigo pero la gente ignora los riesgos y por eso, cuando la ven, causa mucha sorpresa”. ¿Quién no ha sido zarandeado?

Bendito rejo

Quien lo donó, un hombre de 50 años, cuenta que en su época se mandaba a bendecir el rejo en una misa especial. “Creían que al castigar con un rejo bendito sacaban la desobediencia y la rabia del cuerpo”.

En los talleres organizados por Latorre con madres comunitarias, abuelos y jóvenes, se encontró que al rejo le tienen innumerables apelativos como San Martín, Carne-seca, Caramelo, Quita Polvo y Siete Nudos. Y que también, los objetos más clásicos para maltratar son las correas y las chanclas. Incluso, el creador del Museo ha realizado jornadas simbólicas de desarme para el buen trato donde se llenaron varios costales con objetos como los “perreros” o varas amarradas con cuero de res que  sólo deberían utilizarse en labores agropecuarias.

EL ORIGEN

En 2000, el Ministerio de Cultura y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, a través del programa “Haz Paz”, convocaron a artistas y educadores para que crearan, desde las artes, formas que intentaran combatir la violencia. Santander se centró en la violencia intrafamiliar y Gabriel Latorre lideró la investigación y creación del Museo del Nunca Jamás.

Se hicieron talleres en las diferentes provincias del departamento intentando descifrar las causas que generan conflicto. “Se encontró que había una reproducción de los imaginarios generación tras generación”, dice Latorre, quien agrega que no se trata de hacer un museo del horror y de la infamia para quedarse sólo con la anécdota, sino provocar que nunca jamás se repita.

‘La casa de la tortura’

Una mujer campesina de Puente Nacional contó que por demorarse un rato más después de clases, su papá la colgaba a ella y a sus hermanos de una viga durante casi toda la noche.

“También nos metía dentro de un tanque de agua y muchas veces nos vimos ahogados. Él tenía la costumbre de mandarnos a pasar tercio de leña de un lugar a otro. En eso nos cogía la noche. Tocaba pasar con la maleta de leña al hombro por entre unos rastrojos y una arboleda donde colgaba una gusanera miedosa que alumbraba en lo oscuro. Al otro día nos quedábamos dormidos sobre el pupitre y ahí mismito el maestro nos mandaba un tizazo”.

Estos castigos están representados en la pieza ‘La casa de la tortura’, que reúne los castigos que han sufrido, generalmente, personas mayores de 35 años. Sin embargo hace poco, durante la celebración de la Semana del Buen Trato en Bogotá, un joven que no superaba los 30 años le dijo a Latorre: “yo sufrí eso. Me colgaron de la viga”.


CANTALETA

La pieza taquillera del Museo es un cartel de color rojo donde están escritas las frases comunes que circulan en las escuelas. Latorre las llama las frases del cansancio y la cantaleta.

“A ver, a ver, mocositos, aterricen, por qué son tan lentos, atulampaos de mierda, porqué son tan lentos”, así empieza el listado. Y se suman: “... y ustedes, ahí amontados como bultos de papa, sucios… más les vale no haber nacido, apenas esperando que llegue la hora del recreo para salir a brincar como cabras… uno aquí tratando de sacarlos de burros y no ponen atención…”.

Lo que dicen los niños

Este museo tiene otra característica que lo hace diferente. Allí, los más de 47 mil visitantes que lo han visto en ciudades como Pereira, Cartagena, Bogotá y numerosos municipios en Santander y el Casanare, han registrado en un cuaderno cuáles son los objetos que más los impactan, pero también las actitudes que jamás repetirán y las que siempre practicarán.

Una joven de séptimo grado del colegio Policarpa Salavarrieta en Bogotá, escribió que lo que más le impactó fue “cuando le plancharon la mano a un niño por insistir en dormir con su mamá”. Otro alumno del mismo grado añadió: “… y donde castigaban a los niños por no responder correctamente, poniéndoles un gorro que indicaba que eran brutos”.

Pero luego del asombro viene la reflexión. “Nunca jamás me alteraré para no ofender a quien me rodea”, escribió un joven de décimo grado. Y agregó que intentaría ser positivo para aprender de sus errores.


¡Para que aprenda!

Ricardo es un vendedor ambulante que creció en una zona marginal de Bucaramanga. Visitó el Museo del Nunca Jamás y decidió contar el castigo al que fue sometido por su papá cuando era niño y que lo atormentó durante muchos años.

“Mi papá me vestía de mujer para que yo no saliera a la calle a jugar”. El castigo incluía hacer labores que por tradición realizan las mujeres como barrer y lavar los platos.

Ricardo se sentía encarcelado, a lo que se unía aquello de que “las mujeres son para la casa”, lo que reflejaba el grado de machismo que tenía su papá, quien insistía en ese castigo como la mejor forma para educarlo. “Es por su bien”, le decía. Latorre afirma que es común encontrarse con adultos que cuando ven las correas y los látigos dicen: a mí me dieron mucho pero yo lo agradezco porque aprendí”.

Pero Ricardo no sólo contó su historia sino que quiso que le tomaran fotografías vestido de mujer para representar su castigo. “Él quiere que no se repita nunca jamás”, cuenta Latorre. La serie de fotografías asombra por el alto grado de violencia psicológica a la que fue sometido este hombre. Hoy tiene 57 años.

otras verguenzas

* Cuchara caliente. En los registros de Medicina Legal se encontró que una de las prácticas más reconocidas de maltrato a los niños, es quemarlos en la boca con una cuchara caliente. También lo hacen con cáscaras de huevo que ampollan la piel.

* Ají ji, se calla la jeta y deja la teta. Aún se conserva esa costumbre que tenían las abuelas para acelerar el proceso de destete. Consiste en que las mamás se untan ají en los pezones. Las abuelas dicen: ¡eso es santo remedio!. Pero no sólo se utiliza el ají, también sábila por su sabor amargo, vinilo, tabaco, labial y hasta ajo.

* La cole-cabuya. Esta es una leyenda popular que Latorre recogió en el Tolima. Habla de un animal medio burro medio perro, con cola de cabuya, que persigue a los acosadores sexuales para lanzarles un vaho caliente que les seca los genitales. “La última vez la vieron taconear con sus zapatillas verdes en el pabellón de abusadores de una cárcel”. También se dice que ronda las familias donde se vive el incesto. En el Museo, la cole-cabuya está representada por una pintura que se ubica junto a una serie de fotografías del asesino en serie, Luis Alfredo Garavito.

* Más comida menos plomo. La obra propone una ecuación simple que afirma que la guerra es contra el hambre. Y arroja una cifra: en Colombia cada día mueran 33 niñas y niños antes de cumplir su primer año de vida por causas en su mayoría prevenibles.

* ¡Ya viene el coco y se lo comerᅡ Muchos de los visitantes al Museo, cuando miran esta pieza, dicen “esta es la mía”.  Latorre recuerda a una mujer de 70 años que en Bogotá contó que a su edad aún se sentía insegura porque de niña la asustaron de muchas maneras. La obra es un grabado de fantasmas, pesadillas y temores.

* ¿Será varón, será mujer? Una campesina de San Gil contó que su marido la garroteaba cada vez que tenía una niña. Y que finalmente terminó separándose de ella porque no le dio un hijo varón. “Esa práctica, con un resorte bíblico a través de los siglos, invitaba a que la primogenitura debe ser el hijo varón”.

Publicada por
ELIZABETH REYES LE PALISCOT / ereyes@vanguardia.com
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