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Un verde atosigante | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-12-06 05:00:00

Un verde atosigante

A San Vicente de Chucurí lo conocí siendo muy joven. El Dane necesitaba encuestadores para un censo agropecuario. Después de un breve examen fui aceptado con Jairo Sarabia y Bruno Sammer. A Sarabia le soplamos el examen y sacó el mayor puntaje, lo nombraron entonces nuestro jefe con escritorio y secretaria.
Un verde atosigante

A Bruno y a mi, nos dejaron en un cruce de caminos despu√©s de entregarnos un plano cartogr√°fico. Nos despedimos y prometimos encontrarnos en ese mismo sitio ocho d√≠as despu√©s. Al alejarse mi amigo, o√≠ hundirse sus botas en la hojarasca seca del cacaotal. De vez en cuando una ardilla con sus movimientos nerviosos dejaba caer sobre mi cabeza peque√Īas ramas secas. Alguien desde las alturas se burlaba de mi. Camin√© sin parar guiado por la se√Īal en el plano que me indicaba la casa de un colono ubicado en las estribaciones de una ladera. Tumbaba √°rboles con la furia y obstinaci√≥n de los que padecen fiebres pal√ļdicas y saben que las fuerzas y el tiempo se les agotan. Escuchaba desde lejos el constante golpe del hacha que no cesaba.

Ya, afuera de la selva de cacao encontré al hombre, al talador de árboles. Flaco y espinoso como la rama de un trinitario, empapadas las ropas por el sudor, su rostro pálido, los ojos hundidos, un inmenso bigote negro, el hacha sostenía en la gruesa mano  le daba un aire siniestro. Soy el sargento Tapias dijo, escurriéndose con su dedo índice el sudor del rostro. En el rancho conocí a su mujer y sus dos hijas a quienes luego llamé las nutrias morenas. La labor del censo la desarrollé desde esa casa. Por el Sargento Tapias, militar de quién sabe qué guerra, por su mujer y las nutrias morenas, supe quiénes vivían a la distancia, cuántos hijos tenían y qué cultivaban. Tendido en un chinchorro escribía los informes, las nutrias me miraban desde un rincón y se reían de su maldad y de mi miedo. Con las nutrias nadaba en el Río Cascajales. En las piedras hirvientes quedaba nuestra ropa y el pudor, sabedores de que éramos parte de aquel paraíso.

Una manada de nutrias de pelo amarillo se zambull√≠an con nosotros a cada instante en el agua mostrando sus dientes filosos. Eso fue hace ya bastantes a√Īos. Ayer volv√≠ a San Vicente, con Leonor Serrano, Gilberto Acevedo, Patricia Solano, y Carlos Remolina, por la carretera m√°s destartalada que jam√°s haya transitado. Record√© el para√≠so que disfrut√© con las nutrias, y de la cita, que hoy me doy cuenta, no le cumpl√≠ a Bruno Sammer mi compa√Īero. De paso por la Plazuela, corregimiento de Zapatoca, enclavado en tierras de San Vicente, disfrutamos de un suculento almuerzo ofrecido por la Familia Remolina. Do√Īa Carlina Remolina nos cuenta las calamidades de la gente por estar en un territorio que es y no es de ninguno de los dos municipios. El Sisben no lo pagan, las v√≠as nadie las arregla, las escuelas sin profesores, no existe enfermera, un caos como si fuese territorio de Zambia en √Āfrica. Tierra feraz, cacaotales repletos de fruta, pl√°tanos, todo lo que se produce es intenso y may√ļsculo, √°rboles majestuosos, un verde atosigante.

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