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Andrés Platarrueda / Cronista de Santander | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-08-23 05:00:00

Andrés Platarrueda / Cronista de Santander

Andrés Platarrueda nació en Suaita y caminando por esa tierra construyó un nombre, ligado letra por letra y acto por acto a Santander.
Andrés Platarrueda / Cronista de Santander

Su padre, como debía de ser, fue un Aureliano, maestro rural que terminó su carrera como inspector de educación, mientras que este hijo único, nacido por fuera del matrimonio, pasó su infancia y su juventud al cuidado de dos mujeres que vivieron por él y para él, hasta que Irene Vanegas, hace más de medio siglo, decidió acompañarlo y alcahuetearle su vida de aventura permanente, a la vez que le dio trece hijos “sanos y fuertes”.

Talvez esa dependencia de sus mujeres sea la razón para que Platarrueda, a pesar de haber vivido en esta tierra por más de ochenta años, siga siendo un niño: su sonrisa, sus aventuras, sus proyectos cada vez más nuevos y personales llevan la impronta de un niño de provincia que reta a la globalización con su imaginación y con sus construcciones.

El último de sus proyectos ha sido su triciclo con doble rueda y tracción delantera, construido unos años antes de que los ingenieros alemanes descubrieran en ese diseño la mejor alternativa para las motocicletas de grandes cilindradas del siglo XXI. El primero fue una silla de peluquería armada con platones de aluminio repletos de cemento seco, que todavía hoy sigue cumpliendo su misión terrena en la vieja peluquería de una esquina de un pueblo medio boyacense y medio santandereano.

Un día decidió enviar una nave suaitana a la luna, impulsada por una carga de pólvora; los viejos suaitanos no olvidan el susto seguido por un apagón general en Suaita y sus alrededores cuando su Sputnik Suaitano –réplica a escala– casi provoca una tragedia cuando terminó enredado entre las cuerdas de energía eléctrica.

Pese a su afición por construir todos sus artefactos Platarrueda se convirtió en cronista desde que se pudo valer por sí solo. Retrató en caricaturas precisas, llenas de detalles sobre su posición y personalidad, a cada uno de los personajes suaitanos.

Cuando apenas se disipaba el humo del 9 de abril, inventó su noticiero, que pasó por un tiempo en el teatro de Suaita, a la vez que impuso el cobro del sobreprecio para poder costearse las películas necesarias para hacer sus filmaciones.

La vida de entonces, las corridas de toros, las reuniones del concejo municipal, las caminatas de las niñas lindas por el pueblo, las visitas oficiales de funcionarios y funcionarillos, la inauguración del puente, los problemas del acueducto, se presentó cada domingo en la función matinal, con lo que dejaba felices a los parroquianos y la sensación de que su vida tenía sentido y cobraba importancia en la pantalla del cine. Hoy sus películas son un documento invaluable sobre la Colombia de mitad del siglo XX, que hacía su tránsito aldeano y rural hacia la concentración en grandes ciudades y el abandono del campo.

Apenas despuntando los sesenta, apurado por una familia en crecimiento, se trasladó a Bucaramanga para iniciar otro capítulo de su profesión de cronista permanente: eligió la fotografía como su modo de vida; ni más ni menos, su estilo de vida. Inauguró una costumbre suya, acosado por la necesidad del “diario”, cuando los matrimonios, los bautizos y los grados tienen épocas establecidas: mientras cavilaba, vio pasar un cortejo fúnebre y lo siguió de cerca. Hizo fotografías de la familia, de los acompañantes, de la fosa, del ataúd y, luego, llegó hasta donde nadie había llegado: hizo fotografías de los muertos. Y se las compraron.

Estudió a fondo los secretos de su profesión y se convirtió en fotógrafo de grandes obras de infraestructura, de las transformaciones paisajísticas de una ciudad en expansión y de una vida que cambiaba con el mundo nuevo. El cronista se impuso y produjo una serie de hermosas imágenes de los paisajes santandereanos, y narró con detalles captados por sus cámaras esa vida y ese momento de la historia de América Latina. Pero la fotografía le impedía expresarse con soltura; entonces tomó los pinceles y comenzó a componer sus primeros cuadros con modelos de sus mejores fotografías.

Muy pronto empezó a ofrecer cuadros con una mirada personal de los detalles que caracterizan a esa parte del sur de Santander que queda viva para nosotros, más allá de la crónicas de Gómez Valderrama o de la historia académica de Horacio Rodríguez, en el trabajo laborioso, permanente, amoroso, de Andrés Platarrueda.

Desde que pudo hacerlo, buscó los medios técnicos, los materiales, las formas de expresión que consideró convenientes para dejar su rastro; para ofrecernos una huella de su vida por un país, unas culturas y unas gentes que no volverán a existir sino en nuestros recuerdos y en los testigos construidos por hombres y mujeres como Platarrueda y doña Irene.

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