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Juegos que dejan cicatrices para toda la vida | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-12-13 05:00:00

Juegos que dejan cicatrices para toda la vida

A sus 4 años su cuerpo y su vida cambiaron por culpa de lo que parecía un inofensivo juego con unas ‘luces de bengala’, pero que terminaron quemando su piel y el futuro de su familia. Diego Jiménez tiene ahora 18 años y se ha sometido a quince cirugías, que no terminan de remediar el daño irreparable en un cuerpo cansado y marcado con cicatrices que se quedarán en su piel de por vida.
Juegos que dejan cicatrices para toda la vida

El rostro de la madre de Diego, doña Sandra Rodríguez, luce cansado e impotente. El próximo 31 de diciembre su hijo cumple quince años de haber sufrido el accidente que lo dejó con el 70 por ciento de su cuerpo quemado. Desde ese día, la vida de Diego y la de su familia han transcurrido entre clínicas y hospitales.

Un fatídico día

A puertas de 1995, la familia Rodríguez Jiménez esperaba el año nuevo en su casa, ubicada en el barrio San Francisco, en la loma de Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá. Ese día Diego estaba disfrazado con un vestido de “indio”, confeccionado con pita, que le regaló su papá.

En un momento de descuido, Diego se quedó solo en una habitación. Como un niño explorador, se encontró con una caja de ‘luces de bengala’. El pequeño tomó una de las luces y la prendió con una vela.

Las chispas de las luces de bengala volaron hacia el traje de pita. Su cuerpo se encendió en un segundo y a pesar de los intentos del pequeño por apagar las llamas, estas se extendieron con ferocidad por toda la habitación.

Sandra recuerda la impotencia que sintió al ver a su hijo quemándose. Mientras en la loma del barrio San Francisco se escuchaba la pólvora y los estruendos para dale la bienvenida al nuevo año, la familia Jiménez Rodríguez buscaba un carro que los llevara hasta el hospital más cercano.

Después de esperar varias horas, un vecino los llevó hasta el hospital de Meissen, donde le prestaron los primeros auxilios. El pequeño tenía un nivel de quemaduras de tercer grado – compromete hasta los tejidos más profundos- por lo que necesitaba una atención especial que no podían brindarle en ese centro médico.

De allí, en medio de explosiones de pólvora y borrachos, Sandra y Don Armando, el papá de Diego, llegaron a la Clínica de Colsubsidio, donde él trabajaba. La madre de Sandra recuerda que cuando lo internaron le dijeron que sólo tendría ocho días de vida. No fue así. Diego tuvo una recuperación traumática y sobrevivió.

Seis meses después, el papá de Diego se quedó sin su empleo en la Clínica Colsubsidio, situación que dejó al pequeño con la recuperación a mitad de camino. Solo hasta que Diego cumplió seis años, pudo retomar su recuperación en la Unidad de Quemados del Hospital Simón Bolívar.

El calvario apenas comienza

La primera vez que intervinieron a Diego en el Hospital Simón Bolívar, Sandra recuerda que le dijeron que el niño debía quedarse ocho días hospitalizado. “Pero como no había camas me lo entregaron enyesado y anestesiado ese mismo día”.

Mientras Diego sufría el trauma de la intervención, sus padres contaban a cuentagotas las monedas que personas en el hospital les dieron para pagar el taxi hasta la casa.

A los 9 años y después de nueve intervenciones quirúrgicas para intentar reconstruir el cuerpo de Diego, él y su madre no evidenciaron mejorías. “En una de las cirugías le dio un paro respiratorio. Casi se me muere. De allí paré con el tratamiento. Además porque nunca le dieron asistencia psicológica”.


Secuelas de por vida

Las cicatrices que surgen después de una quemadura van más allá del cuerpo. Diego llegó a la Fundación del Quemado, donde le han practicado cinco cirugías que lograron reconstruirle parte de su rostro y su cuello. No obstante, la gravedad de las quemaduras le dejó una úlcera en la parte trasera de su rodilla derecha, que por falta de recursos no han podido operar.

La directora de la Fundación del Quemado, Linda Guerrero, quien atiende a Diego en su recuperación, explica que la úlcera se puede convertir en un cáncer de piel. El problema es que el tipo de intervención que necesita, el hoy adolescente quemado, cuesta 10 millones de pesos, dinero con el que no cuenta la familia.

Aunque el proceso de recuperación física de Diego ha sido lento, las terapias psicológicas lo han ayudado a aceptar su apariencia. Según la doctora Guerrero, el paciente quemado necesita un tratamiento psicológico porque al principio presenta un estado de negación, de rechazo, de agresividad que se debe conducir a un proceso de aceptación.

Diego recuerda que ese fue uno de los pasos más difíciles que tuvo que afrontar: encarar con su cuerpo quemado el espejo y a la sociedad. En efecto, producto de las múltiples cirugías y tratamientos, Diego solo pudo entrar al colegio a los 7 años de edad. De allí las críticas y las burlas constantes lo hicieron decaer varias veces.

Guerrero explica que “el concepto de salud implica no solo el bienestar físico, sino emocional, psicológico y social, aspectos que compromete al paciente quemado. Una cicatriz los afecta para toda la vida”.

Su madre se convirtió en el apoyo y la guardiana de su hijo. “En el colegio le ponían apodos. Lo criticaban. Llegó un momento en que no quería volver. Me tocó ir en repetidas ocasiones a hablar con los profesores para que lo ayudaran. Cuando salió de primaria entró al Técnico. Las chicas no le paraban bolas. Por eso su vida ha sido muy aislada”.


Sanciones que matan

Antes de ser la directora de la Fundación del Quemado, la doctora Linda Guerrero fue la directora de la Unidad de Quemados del hospital Simón Bolívar, donde se dio cuenta de que a los pacientes les falta apoyo en la etapa de recuperación, un proceso que dura años.

Según la Directora, los padres aún no son conscientes del riesgo al que someten a sus hijos cuando dejan que manipulen pólvora. De hecho, recalcó que en algunos casos los padres prefieren hacerles curaciones caseras a sus niños cuando se queman con pólvora, para no ser sancionados. Por eso los menores llegan complicados, con infecciones y con profundización de la quemadura.

Hoy Sandra expone el caso de su hijo para que otros padres sean conscientes de que las secuelas de una quemadura por pólvora son para toda la vida. “Es algo que le cambia la vida al hijo y a los papás porque son tratamientos muy costosos. Es algo que no se puede remediar, que afecta a la familia de por vida”.

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