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Dos caras | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-12-21 05:00:00

Dos caras

Mis primeros pasos por el ejercicio de la medicina los di en el Ancianato de las Hermanitas de los Pobres, frente al San Juan de Dios. Curs谩bamos 煤ltimo a帽o en la Nacional, mis dos compa帽eros y yo. Una experiencia fascinante. Nos sent铆amos todopoderosos. Cosech谩bamos cari帽o y respeto. Nos trataban de 聯Doctor聰. Cualquier dolor de est贸mago que quit谩ramos era motivo de felicidad. Se afianz贸 la autoconfianza y creci贸 el entusiasmo por saber y por curar.
Dos caras

Un d铆a me toc贸 atender a una enferma, recuerdo que se retorc铆a de dolor de pecho. No dispon铆amos entonces de Isordil sublingual pero curiosamente ten铆amos a mano unas ampolletas de Nitrito de Amilo en una presentaci贸n similar a la de un gusano de seda en su capullo, que se deb铆a romper frente a la nariz del anginoso para que aspirara el gas. 隆Tass! son贸 entre el silencio general. En seguida, como por encanto desapareci贸 el dolor. Me sent铆 como si levitara. No cab铆a tanta dicha en m铆. No logr茅 conciliar el sue帽o esa noche, tal mi grado de emoci贸n. Madrugu茅 al siguiente d铆a para revisar a la enfermita. Entre un murmullo de plegarias y en medio de cuatro cirios la encontr茅. Me negu茅 a aceptar lo que ve铆a, si yo la hab铆a dejado tan bien! Le busqu茅 afanosamente los pulsos perif茅ricos, la auscult茅 con furor, coloqu茅 un espejo para ver si lo empa帽aba. El titilar de las velas me hab铆a producido la ilusi贸n de que el t贸rax se mov铆a. Por fin tuve que rendirme a la realidad. Ese d铆a result茅 yo recibiendo p茅sames hasta de los familiares de la difunta. Sabore茅 entonces la otra cara de la medicina, la del dolor.

Conoc铆 despu茅s otros sinsabores: La hermana M贸nica era una francesa menudita de hablar gracioso, que irradiaba felicidad. La superiora, igual que ella era una santa, pero una santa fr铆a que entend铆a el dolor como un don.

Enferm贸 sor M贸nica de un mal tan doloroso que la hac铆a gemir y que soportaba estoicamente, cualquier analg茅sico le restar铆a m茅ritos ante Dios. Nos parti贸 tanto el alma verla padecer de tal manera, que a escondidas y con la complicidad de una joven monja, le suministramos gotas de opio que fueron milagrosas. Creo en nuestro descargo que fuimos el instrumento de que se vali贸 el Se帽or para obrar el milagro.

Le pusimos tanto entusiasmo a nuestro trabajo que logramos mantener el ancianato tres meses sin ninguna defunci贸n. Un gran logro, nos envanec铆amos. Pero al regresar de vacaciones no encontramos a muchos de nuestros viejitos, se hab铆an ido a la eternidad. Pero en su lugar encontramos rostros nuevos y felices de otros igualmente viejitos que por fin hab铆an encontrado un cobijo digno. Todo tiene dos caras.

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