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Jirijirimo: la cama de la anaconda | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-01-24 05:00:00

Jirijirimo: la cama de la anaconda

Luego de visitar la isla de Malpelo, el expedicionario santandereano Jorque William Sánchez Latorre se internó en la selva del Amazonas para recorrer el río Apaporis.  Crónica de viaje.
Jirijirimo: la cama de la anaconda

Despu√©s de m√°s de dos horas de¬† sobrevolar la espesa selva del sur del pa√≠s, ese viejo ¬ďlobo del aire¬Ē que es el capit√°n Fajardo pos√≥, con inusitada suavidad, su vetusto pero lustroso DC-3 en el potrero que hace las veces de pista de aterrizaje en el caser√≠o ind√≠gena de Pacoa (hoy La Victoria), en el departamento del Amazonas y que se erige a orillas del r√≠o Apaporis.

Diecinueve expedicionarios entre hombres y mujeres comandados por Andr√©s Hurtado Garc√≠a, con toda seguridad el mejor fot√≥grafo de naturaleza del pa√≠s, fuimos recibidos con gran expectativa por las distintas comunidades abor√≠genes que conviven en Pacoa y que se encuentran abandonadas desde que la bonanza coquera se esfum√≥ y desde que el Gobierno declar√≥ en interdicci√≥n esa precaria pista de aterrizaje que es la √ļnica comunicaci√≥n real con el resto del pa√≠s.

Madres con sus ventrudos y desnudos hijos en brazos suplicaban por una libra de sal. Los hombres se conformaban con unos pocos anzuelos y algunos metros de sedal. Otros reclamaban una barra de jab√≥n. Un grupo de andrajosos peque√Īos, entre los que se destacaba una ni√Īa que abrazaba una deteriorada y sucia mu√Īeca de pl√°stico, solicitaba dulces y caramelos.

El √ļnico habitante de Pacoa que se mantuvo distante de la algarab√≠a y revuelo que caus√≥ la excepcional llegada del gran p√°jaro met√°lico, y que todo el tiempo guard√≥ prudente silencio refugi√°ndose en su vivienda de tablas, fue Armando, el ¬ďblanco¬Ē de la comunidad, un cartagenero ya mayor, que hace casi tres d√©cadas lleg√≥ a ese perdido poblado a arreglar el motor de una lancha y nunca m√°s volvi√≥ a salir de √©l.

Pasado el mediod√≠a abordamos una gran canoa tallada en un gigantesco tronco, provista eso s√≠ de un eficiente motor fuera de borda, que ¬Ėal mando del servicial Camilo- nos llev√≥ aguas abajo, por el apacible y hermoso r√≠o Apaporis, que serpenteando nos introduc√≠a cada vez m√°s en la espesura de la selva.

El Apaporis es el río más bello y amable que haya visto: no es terroso como la mayoría de los grandes ríos colombianos. Sus aguas tienden a ser claras y tranquilas (salvo en los raudales), en ellas se refleja el verde de los imponentes árboles que apretados se levantan en sus riberas y sus escasas playas con arenas doradas brillan alucinantes cuando el sol las lame al amanecer o las despide al atardecer.

Navegamos por él apretujados en nuestra rudimentaria embarcación hasta que la luz natural se desvaneció.

Hacia las seis de la tarde, el cielo, que tras superar el perfil oscuro de los árboles se reflejaba en el agua, era una auténtica paletada de colores amarillos, bermejos, rojos intensos, ocres, fucsias, grises... Ya de noche, y ayudados por nuestras lámparas de cabeza, levantamos las carpas en una de esas playas de oro y no sin algo de temor por aquello de las anacondas y de los tigres- pasamos la noche arrullados por esa polifonía de voces que emergía de la selva a nuestras espaldas.

Rumbo al Jirijirimo

A la ma√Īana siguiente, bien temprano, nos despertaron los monos aulladores y los p√°jaros madrugadores. Despu√©s de un refrescante chapuz√≥n en las aguas del Apaporis y de un frugal desayuno, desmontamos nuestro campamento y abordamos nuevamente la embarcaci√≥n rumbo a las inmediaciones del raudal de Jirijirimo, nuestro destino.

Al cabo de varias horas de seguir el curso del Apaporis, encontramos en la densidad de la selva un discreto desembarcadero donde nos esperaban algunos miembros de la comunidad de los ¬ďcabiyaris¬Ē, quienes durante los siguientes d√≠as ser√≠an nuestros anfitriones.

Guiados por los nativos, nos adentramos en la selva por un estrecho sendero tapizado con hojas secas y flanqueado por corpulentos árboles. Al cabo de media hora de caminata se abrió ante nosotros una explanada donde se levantan las malocas de esta tribu, algunas construidas como palafitos a pesar de estar en terreno seco.

All√≠ fuimos recibidos por su anciano jefe, el cacique Gustavo, quien en un espa√Īol bastante precario nos dio la bienvenida a nombre de toda la comunidad y nos permiti√≥ instalar nuestras carpas en el interior de la maloca m√°s grande, construidas todas con tablas amarradas con bejucos y techos de hojas de palma.

Los ¬ďcabiyaris¬Ē

Los ¬ďcabiyaris¬Ē nos hicieron part√≠cipes de sus ritos, de sus cantos, de sus bailes, de sus historias ancestrales, de sus comidas. Nos explicaron el origen del mundo, nos mostraron sus cocales sagrados y el proceso a que someten la hoja para ¬ďmambear¬Ē con ella.

Fuimos testigos de la caza de un venado al que los perros de la comunidad persiguieron hasta que no le quedó otra alternativa que lanzarse al agua donde los nativos, desde sus canoas, lo pudieron sacrificar.

Tambi√©n probamos el delicioso pescado ¬ďmoqueado¬Ē (especie de bagre cocido al humo), al que acompa√Īan con tortas de fari√Īa hecha de yuca brava, pr√°cticamente insabora y de una textura muy √°spera.

Cama de ¬Ďcurur√ļ¬í

Jirijirimo significa ¬ďLa cama de la Anaconda¬Ē y es quiz√°s el raudal m√°s hermoso e imponente de Colombia.

El río Apaporis que, como ya se dijo, discurre lento y tranquilo en su predecible cause, empieza a ser perturbado en su recorrido por enormes y pulidas rocas que emergen de su lecho. Entonces el caudal se amplía a varios centenares de metros y ante la intempestiva aparición de una gran isla rocosa en forma de corazón, se divide en dos dando comienzo así al indómito raudal que se compone de saltos y cascadas, entre las que predomina el más alto y ancho, que ruge en su caída levantando una nube de vapor de agua que dificulta captarlo con total nitidez con nuestras cámaras.

Muchas de estas corrientes se precipitan al vac√≠o sobre una cama de apretujados bejucos verdes llamados ¬ďcarur√ļ¬Ē que, en combinaci√≥n con los colores terrosos de las piedras y marrones de los musgos que parcialmente las cubren, hacen que, desde el punto de vista pict√≥rico, el espect√°culo sea inolvidable.

Para poder acceder a este majestuoso raudal, partimos en nuestra canoa desde el asiento de la comunidad ¬ďcabiyari¬Ē hasta el punto en que las piedras que emergen en la corriente del Apaporis nos imped√≠an la navegaci√≥n.

Tuvimos que desabordar nuestro r√ļstico medio de transporte fluvial y adentrarnos en la jungla guiados por los nativos, en un recorrido que nos tom√≥ m√°s de dos horas para salir a ese ¬ďmarem√°gnum¬Ē de rocas, cascadas, saltos y nubes de agua que es el Jirijirimo.

En el recorrido por la selva nos intimidaba, además de la posibilidad de un encuentro con alguna criatura poco amigable, la manera como la luz del sol prácticamente desaparecía, obstaculizada por ese dosel de ramas y de hojas de los altos árboles que escasamente permitían que algunos rayos de luz se filtraran hasta nosotros.

Caminábamos en un mágico claroscuro que nos generaba sentimientos encontrados: temor, ansiedad, alegría infinita, paz.

Fue sorprendente encontrar a nuestro paso por la jungla hermosos riachuelos de aguas cristalinas y frescas que aliviaban nuestros deshidratados cuerpos. Nos topamos incluso, en medio de la espesura, con una peque√Īa y saltarina cascada que depositaba sus aguas en un pozo con un fondo multicolor en el que predominaban el vino tinto y el rub√≠.

As√≠ transcurrieron los d√≠as que permanecimos en inmediaciones de la ¬ďCama de la Anaconda¬Ē. Sal√≠amos temprano de la maloca y regres√°bamos al atardecer extasiados y exultantes por las maravillas de la naturaleza.

El √ļltimo d√≠a de nuestra convivencia con los ¬ďcabiyaris¬Ē, √©stos se pintaron sus rostros seg√ļn su tradici√≥n para despedirnos de la mejor manera. Dentro de los infantes pintados estaba Blanquita, una ni√Īa cobriza de seis a√Īos, pelo negro y corto, que en un comienzo nos hizo creer que se trataba de un varoncito y que nos rob√≥ el coraz√≥n con su eterna sonrisa, sus picarescos gestos, con su expresiva mirada y con sus dotes de modelo.

Esa despedida estuvo precedida de un fren√©tico trueque de collares, banquetas, cerbatanas, remos y otros r√ļsticos elementos elaborados por estos amistosos ind√≠genas, que los ofrecieron a cambio de gafas para sol, art√≠culos de pesca, carteras estilo ¬ďcanguro¬Ē y elementos de aseo.

Despu√©s de un fuerte abrazo con el cacique Gustavo, el que hicimos extensivo a todos los dem√°s ¬ďcabiyaris¬Ē, abordamos nuevamente nuestra canoa y remontando el Apaporis regresamos ¬Ėen dos jornadas- a Pacoa, a la espera del gran p√°jaro met√°lico del capit√°n Fajardo que nos sac√≥ de esa embrujadora selva para depositarnos de nuevo en la cruda y asfixiante realidad de la civilizaci√≥n.

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