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No robar | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-01-24 05:00:00

No robar

La política en Colombia se hace con base en frases. ¿Si no es Barco entonces quién?, dijo López.  La economía va bien pero el país va mal, Echeverrí Mejía. Lo importante no es renunciar, es no aceptar, frase de Pastrana, quizás la única, dicha cuando Noemí renunció a la embajada en Londres y afirmó que el gobierno de Samper era mafioso.  Reduciremos la corrupción a sus justas proporciones: lo dijo Turbay.
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Frase que cobra actualidad en un momento en el que el país se ve saqueado por zapadores con retroescabadoras para sisarlo rápido y mejor. La corrupción carcome al Estado, impide que funcione la salud, que el país tenga buenas carreteras, que la educación le llegue a las mayorías, en fin, un desastre en todo lo que significa función de Estado. ¿Qué hacer ?, preguntaba Lenín. El Papa dijo que el infierno no era posible. Los orientales creen en infinidad de demonios que los espantan a la hora de pecar. La verdad es que a nuestros muchachos que se apuñalan al salir de los estadios hoy no  los atemoriza nada ni nadie. El mundo era mejor cuando creíamos en el diablo. De tiempos inmemoriales el hombre estableció centinelas a los intentos de saqueos al erario.

El temor y la ley. Leyes rigurosas como en el caso de China, en donde desde siempre las uñas en el dinero público significaban la muerte. Pero parece que el simple temor no basta. Un ejemplo de la irresistible tentación que generan los dineros públicos está en lo escrito por Plutarco. Algo tan antiguo como el pecado original. Cuenta Plutarco que Lisandro el espartano, quien no conoció vicios ni concupiscencias, envió a Lacedonia con Gilipo, el más fiel de sus generales, el tesoro que recaudó en la guerra de Atenas. Gilipo recibió el tesoro en sacos. Por el camino el gusanillo de la avaricia le comenzó a taladrar su corazón, él, que  resistió a tantas tentaciones en el pasado. Rompió entonces por debajo los sacos del tesoro y sustrajo de ellos pequeñas cantidades de oro que creyó no se notarían, sin saber que por dentro iba el listado del peso de cada uno de los fardos. Descubierto Gilipo, el dolor de Lisandro fue mayor que la vergüenza de aquel. Se decidió que en el país no debería existir ninguna moneda de oro ni de plata, metales corruptores como lo fue del valiente Gilipo. Se creó entonces una moneda muy pesada de hierro, forjada al rojo y sumergida en vinagre a fin de que resultase un temple agrio y quebradizo, lo que le daba muy poco valor. Por su tamaño se le denominó óbolo, el hoy  aporte que se da por misericordia a los pobres.

El dinero público sigue siendo de irresistible tentación para el hombre. Los mismos corruptos ablandaron la ley para estos delitos. Hoy nadie le teme a la ley. Y los que la aplican juegan en una alegre tómbola con la flagrancia y el vencimiento de términos. Nos salvaría  volver a creer en las llamas del infierno.

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