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La confusión nacional | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-02-14 05:00:00

La confusión nacional

¬ďA los colombianos se les corri√≥ la raya y ya no distinguen lo bueno de lo malo ni lo cierto de lo falso¬Ē. Eso me dijo hace¬† ya muchos a√Īos una amiga chilena que viv√≠a asombrada con Colombia. Y en estos d√≠as, desde el extranjero, me puse a ver la prensa y sent√≠ que, en efecto, nuestro problema fundamental es la confusi√≥n sobre las cosas m√≠nimas que en otras latitudes son muy claras.
La confusión nacional

Un ejemplo patente, esta semana, fue la oferta de los obispos cat√≥licos de alguna mediaci√≥n con los jefes de las ¬ďbandas emergentes¬Ē. El Presidente autoriz√≥ el di√°logo con la advertencia p√ļblica de que eso ¬ďno implica ninguna negociaci√≥n¬Ē y que ¬ďno habr√° ninguna concesi√≥n¬Ē.¬† El obispo de Monter√≠a declar√≥ que las bandas estaban ¬ďesperando alguna prebenda del Gobierno¬Ē. Los obispos a√Īadieron que ¬ďla Iglesia no necesita permiso para dialogar¬Ē con esas bandas y que en el di√°logo no abordar√≠an ¬ďtemas jur√≠dicos ni pol√≠ticos¬Ē.

No sé yo si la cosa paró ahí aunque imagino que vendrán más episodios. Ni por supuesto pongo en duda el valor superior de la paz ni la palabra de quienes han intervenido en el debate. El punto que me interesa ahora es otro y es muy simple: la mediación, diálogo, negociación o como quiera llamársele en este caso implica alguna concesión o un trato por lo menos ligeramente distinto del que tendrían los jefes de las bandas si  la Policía sencillamente los captura.

Y lo asombroso del caso es que en la conversación inicial de los obispos con el Presidente ese dato crucial se hubiera embolatado. Es claro que el Presidente autorizó algo, pero ni los sabios de Jerusalem podrían decirnos qué.  Eso sí: luego supimos que el famoso permiso no era necesario y, por ahora, acabamos en que los obispos hablarán con los jefes de las bandas sobre cualquier cosa menos sobre  lo que les interesa conversar a los jefes de las bandas.

Hay una forma en que esa supresi√≥n del dato b√°sico podr√≠a acabar en algo peor que una simple inocentada. Si uno recuerda la historia no muy vieja de Colombia, digamos desde que L√≥pez se reuni√≥ con el Cartel de Medell√≠n en Panam√°, desde que Leyva llev√≥ al monte a Pastrana a charlar con Marulanda, o desde que el mismo obispo de Monter√≠a inici√≥ las conversaciones con las AUC, tiene bases fundadas - estas s√≠- para prever que desde ac√° desemboquemos en un proceso de negociaci√≥n tan confuso, traum√°tico y contrahecho¬† como en su tiempo y en su escala lo fueron la Catedral para Pablo Escobar, la ¬ďzona de distensi√≥n¬Ē en El Cagu√°n y la ley que llaman ¬ďde justicia y paz¬Ē.

Lejos de m√≠ hablar mal de la paz, el di√°logo y la negociaci√≥n como maneras de poner fin al desangre y al absurdo que representa esta guerra tan larga de perdedores. Vea Usted: es una guerra cuya existencia misma nos negamos a admitir -en Colombia no existe ¬ďconflicto armado¬Ē-¬† y cuyos intentos de negociarla nos negamos a llamar negociaciones: no hubo pactos con Escobar, ni pasamos del ¬ďdi√°logo¬Ē en el Cagu√°n, ni las AUC tuvieron ¬ďestatus pol√≠tico¬Ē.

Es el pedazo esencial de la verdad que no se dice  y que nos condena al juego circular de las decisiones mal fundadas.  Con Escobar, con Marulanda y con las AUC nunca hubo claridad sobre las cosas mínimas: con quién, para qué y hasta cuáles concesiones puede y debe negociar un Estado. Y el caso de los obispos es apenas un ejemplo, porque lo mismo pasa con la reformas en salud, el referendo Caribe o el cierre de la revista Cambio. Y seguirá pasando.

 

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