Una granja para ‘vidas minadas’ | Noticias de santander, colombia y el Mundo | Vanguardia.com
Publicidad
Dom Oct 22 2017
20ºC
Actualizado 05:55 pm

Una granja para ‘vidas minadas’ | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-02-28 05:00:00

Una granja para ‘vidas minadas’

Maranatha, una granja sobre la vía a Girón, se ha convertido, más que en un hogar de paso para  víctimas de minas antipersonales que están en proceso de rehabilitación, en una opción de vida  productiva para los que no pueden y no quieren regresar a sus tierras. Su existencia confirma que estas víctimas necesitan mucho más que la atención en salud.
Una granja para ‘vidas minadas’

En toda la entrada, al final de un camino en tierra que bordea un tramo de la quebrada La Iglesia, sobre la vía a Girón, cuelgan de un árbol unas cuantas margaritas que han sido acomodadas entre dos viejas prótesis de brazos.

- Eran de Heriberto, dice Guillermo Gil, quien está al frente de una casa pintada de verde donde hoy viven 10 personas, todas víctimas de accidentes con minas antipersonales venidas de las veredas más distantes del nororiente colombiano. Hay dos niños.

Pero más que una casa, este lugar es una granja -hay cultivos de tomate, gallinas ponedoras y hasta una vaca-, que hace dos años bautizaron Maranatha. Guillermo dice que significa ven señor Jesús, la última palabra de la Biblia.

El improvisado florero lo han puesto a propósito para que a los visitantes no les quede la menor duda de lo que allí sucede. Sus habitantes celebran la vida a pesar de la tragedia. Y no es para menos, porque durante su existencia, apenas dos años, 115 víctimas han pasado por la granja, unas para recibir tan solo un almuerzo y otras, como Enrique, para quedarse a vivir.

Heriberto no está en la granja por estos días. Lleva más de dos meses en Bogotá donde hace una semana le hicieron un transplante de córnea, porque además de haber perdido sus dos manos hace ya 14 años por culpa de una mina antipersonal en San Vicente de Chucurí, hoy todavía sus días transcurren en medio de intervenciones quirúrgicas.

No hace mucho que Enrique regresó de acompañar a Heriberto. Él es el habitante más antiguo de esta granja y llegó pocos días después de perder parte de un talón en una vereda de Santa Rosa del Sur en Bolívar, cuando pisó un palo grueso que resultó ser una mina.

Enrique saca del bolsillo del pantalón una fotografía desdibujada por el tiempo, donde medio se ve lo que él describe como las huellas de su tragedia. “Volé como 10 metros y luego como pude llegué al borde de la carretera donde ya no caminé. Mientras se fueron a conseguir un transporte estuve solo más de 30 minutos y pensé que me rematarían”.

Le han hecho dos cirugías. Lo que hoy tiene en su pie es un colgajo que le armaron usando piel de su espalda. Le incomoda. Y a pesar de que fue dado de alta en septiembre de 2009, Enrique decidió que no volvería al sur de Bolívar. Dice que le da miedo meterse al monte y pisar otra mina de nuevo, por eso, estar en la granja es su única opción.


Algo del campo

Pero Enrique tiene otra razón más para quedarse. Luego de buscar recursos con insistencia, finalmente este año empezó a ejecutarse en la granja un proyecto productivo con la Cruz Roja Internacional para que sea autosostenible.

Asutall, que es la empresa que ha liderado el desarrollo de la granja, de la que Guillermo Gil es su coordinador de proyectos y que además le presta sus servicios a la organización no gubernamental Campaña Colombiana Contra Minas, empezó en 2006 un proyecto productivo para víctimas financiado con recursos del gobierno de Noruega y en ese entonces con el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. De esos años le quedaron a Heriberto tres vacas.

Guillermo explica que la granja nació precisamente con el deseo de fortalecer los proyectos productivos de las víctimas, más que como hogar de paso. Y este es el gran talón de Aquiles. Las víctimas de minas antipersonales tienen cubiertos los servicios de salud, pero son otras organizaciones, generalmente de tipo humanitario y los gobiernos departamentales, quienes pagan alimentación, transporte y alojamiento. Sin embargo, los favorecidos no son muchos y los que sí lo son, reciben los beneficios por pocos días. La Gobernación de Santander, por ejemplo, ha destinado 50 cupos mensuales para víctimas de minas que significan 50 días con los gastos pagos. Pero una víctima puede durar semanas y hasta meses en medio de ires y venires de citas médicas y exámenes. Así que finalmente, estos cupos los estarían utilizando muy pocas personas. Y a esto se suma que muchas de las víctimas no quieren regresar, como Enrique, o no pueden volver, como le ocurre a uno de los dos menores de edad que hoy están en la granja.

Colombia había ocupado en los últimos años el primer lugar en accidentes de minas antipersonales, pero en 2009 fue superado por Afganistán, lo que no significa un gran triunfo.

Según cifras de la Quinta Brigada del Ejército con sede en Bucaramanga, un herido por mina antipersonal puede llegar a costarle al Estado $111 millones; frente a los $4.500 que le vale a los ilegales construir una mina, al Estado, destruirla, le cuesta $2 millones 900 mil.

La ilusión de ser niño

En los 8.800 metros cuadrados que tiene Maranatha, Luis Eduardo, el más pequeño de las víctimas, dice que a pesar de estar lejos de su familia, le gusta que “corre brisa y queda a una orilla del pueblo”.

Desde que llegó hace siete meses desde Carcasí en el sur oriente de Santander, este joven de 14 años ya subió nueve kilos. Fue una de las dos víctimas civiles que se registraron en el departamento en 2009. La otra fue una joven de 15 años que estaba embarazada.

No ve por su ojo derecho desde el 23 de julio, cuando agarró una granada y le quitó el seguro. “La explosión me tiró al piso y a los dos o tres minutos me paré. Me ardía mi ojo, no veía y echaba gotas de sangre”.

En su ojo tiene una cicatriz de color blanco y tres dedos menos. Y así como le sucedió a Heriberto, también esperará por un transplante de cornea. Regresar a su pueblo es incierto, no sabe cuándo, pero sí lo desea, por eso participa con ilusión de la nueva huerta que entre todos están construyendo.

Para Antonio, las cosas son muy diferentes. Él pisó una mina en una vereda de Acarí, Norte de Santander, el año pasado, donde se registraron, además, 14 víctimas más de las fuerzas militares y un muerto durante todo 2009. Tiene 15 años y gracias a un convenio, hace poco pudo terminar su primaria.

Cuando la mina explotó, estaba solo. “Tenía miedo, no escuchaba, sólo me quedó un zumbido”. Por eso hoy usa un audífono. Pero además, su estómago quedó lleno de esquirlas a las que no les presta mucha atención. Lo que sí lo preocupa son las amenazas que él y su mamá han recibido por parte de la guerrilla. Lo consideran un informante. “Después del accidente, el Ejército ha entrado. Ellos (guerrilla) dijeron que yo los había llevado”.

Pero ante la incertidumbre, Antonio pone su mejor cara. Hasta hace un año creía que no pasaría de tercero de primaria y ahora asiste al colegio. Su mamá salió desplazada de Acarí y autorizó a Ismael, otra de las víctimas que viven en la granja, para que sea como su papá.

Según datos de la Quinta Brigada del Ejército, durante 2009 fueron destruidas en Santander, Norte de Santander y sur de Bolívar, 3.442 minas y 75 cilindros, lo que significa que más de 8 mil vidas se salvaron. Sin embargo, además de los dos civiles heridos en Santander, murieron 10 militares y 40 más tendrán que vivir con las huellas de esta tragedia.

TRABAJO DE LAS INSTITUCIONES

En Santander existe un Mesa temática contra Minas Antipersonal desde hace 8 años, que coordina la Gobernación y que agrupa a más de 15 instituciones. Según Rosmira Castro, coordinadora del tema de minas del grupo de Paz y Derechos Humanos de la Secretaría de Gobierno, desde el año pasado se estableció hacer cobertura de todos los servicios que no están en la ruta de atención (salud) y por eso asignaron 50 cupos.

En la Mesa hay organizaciones humanitarias como la Cruz Roja Internacional, Campaña colombiana contra minas, Handicam Internacional, Cruz Roja Colombiana, entre otras, que apoyan el alojamiento y la alimentación en Bucaramanga, cuando las víctimas vienen a sus tratamientos. Pero no es suficiente. Y aunque Santander no es uno de los departamentos de mayor riesgo en el país -la lista la lideran Antioquia, Meta y Caquetá-, sí es un departamento receptor de víctimas de minas antipersonal. Según Castro, “podemos asegurar que cerca de un 30% de Santander está minado al hacer un balance de los municipios afectados”.

 

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad
Publicidad