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La triste historia de un bar de ‘mala muerte’ | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-02-28 05:00:00

La triste historia de un bar de ‘mala muerte’

Algunos piensan que un bar de ‘mala muerte’ lo es por su ubicación, que suele señalarse como peligrosa. Pero para otros, sin ánimo de ofender, es sólo un lugar que algunos desprecian porque su mobiliario es pobre, la cerveza es barata y los clientes son los marginales de una ciudad.
La triste historia de un bar de ‘mala muerte’

Viernes en la noche

Desde afuera, el bar parece una tienda con la alegría típica de un  viernes en la noche en una semana de quincena.

Pero en las caras de los clientes, cuando se da un vistazo más cerca, se pueden percibir sus soledades, identificadas en tres tipos: aquella del que se siente solo, la del que aparenta estar solo y la del que está realmente solo.

El bar está ubicado en una esquina de la nada y del todo. Arriba, por la calle, está la plaza de mercado central con el caos de quienes venden y compran los últimos resquicios de mercancía a las 7 de la noche.

Y por la carrera 15, nada. Los vendedores desaparecieron con la llegada de Metrolínea.

Así que el lugar, que quizá otro viernes estuvo lleno de bullicio, parece contenido en un mar de silencios, apenas acompañados por el ruido ambiente.

La mayoría de los clientes son hombres entre los 25 y los 60 años. Sólo hay dos mujeres. La cerveza es barata y es quizá por eso que no hay menos de 10 botellas sobre sus mesas.

Por la forma como miran el reloj, es posible que a muchos de ellos los esperen en la casa.

Para completar el cuadro, en una de ellas están sentados tres jovencitos poco habituales en el bar. Un hombre y dos mujeres. Cuando entraron, los presentes los miraron con atención, pero después se acostumbraron a su presencia, con sonrisas de vez en cuando.

Una morena en una noche loca

En otra de la mesas, junto a una rocola de color verde que tiene insertada una pantalla de televisión, un hombre de no más de 30 años, negro y vestido para una entrevista de trabajo –como camarero o ayudante de un restaurante- se despabila con lo que será su undécima cerveza de la noche.

La mesera se la lleva sin mucha diligencia, pendiente de otra cosa. La deja junto a las demás mientras el hombre levanta el torso para tratar de acomodarse la carpeta amarilla con su hoja de vida, que lleva doblada y escondida entre la correa de su pantalón.

Está solo, pero tiene un anillo de plata en uno de sus dedos. Quizá lo esperan y para su fortuna, no ha perdido la conciencia.

Las sillas son incómodas y el espacio es pequeño. La luz en el centro del salón es chillona y le da directo a la cara.

La mesera se devuelve a la barra, que es una repisa parecida a la de una tienda: llena de chicles, mentas y paquetes de chucherías. Una vez ubicada sobre el vidrio, toma de su cerveza.

Con la vista sigue a una morena que entra en el bar sigilosamente, a la espera de que no la sorprenda el administrador: un veinteañero pequeño pero con músculos que está completamente sobrio.

Se acerca a la mesa de los tres foráneos y les solicita ayuda para sus hijos. No dice su edad, pero suministra suficiente información: es desplazada de Málaga, Santander y tiene dos hijos, ambos llamados Óscar. No quiere robar, asegura, pero tiene que alimentarlos, conseguir para la pieza y además, hoy están cumpliendo cinco años. Está a punto de llorar, o eso parece. Solicita que le compren una bolsa para el aseo.

Un vallenato sabroso se desprende de la rocola, acompañado de imágenes de una adolescente en ropa interior. Nadie la mira en realidad. Es como otra clienta solitaria en medio del bar. Una de las mujeres de la mesa le ofrece mil pesos. Ella lo agradece pero estira su brazo hacia el chico: le da consejos con respecto a las dos damas que están con él.

-¿Usted qué es de ellas?

-Amigo.

-Cuídelas, valórelas.

De repente y en una acción que parecía poco probable por el comportamiento medianamente discreto que había llevado, la morena se dirige al resto del auditorio de borrachos, se toca el pecho y a gritos cuenta la misma historia, con ribetes un poco más dramáticos.

-¡¿Cuánto me van a dar por bailar?!

Los tipos se ríen. También la mesera, que está un poco más borracha que los borrachos a los que atiende.

El administrador se le aproxima en susurros y es entonces cuando se roba todo el show.

-¡¿Es que acaso es malo que yo baile?!

Se golpea el pecho. No lleva sostén, apenas una camisa de algún equipo de fútbol que le queda muy justa y un ‘jean’ apretado. En su época –no parece vieja pero sí que ha sufrido- debió haber tenido un cuerpo firme.

La negra inicia su danza. Baila el vallenato sin ritmo. La mesera camina con su cerveza hasta la rocola y pone música electrónica. Dj Tiesto y la morena le imprimen más surrealismo al ya depresivo ambiente.


Una guerrera realmente sola

Dos hombres mayores –de unos cincuenta años- que están apoyados en la barra, se ríen del espectáculo. La morena tendrá unos 40 años y no parece drogada. Uno de ellos asegura que está loca, como si la conociera.

Ese mismo cincuentón desvía su atención hacia otra mujer, una –también cincuentona- que luce como una guerrera en sus peores épocas.

Tiene el pelo crespo, alborotado y maltratado. Tiene ojeras. Es de carnes rellenas y lleva una blusa cortita que muestra su abultado estómago. Viste una minifalda con pliegues que deja ver sus no-depiladas-en-días piernas.

Es trigueña y en general, luce derrotada.

El cincuentón que la mira se le acerca y le susurra algo al oído.

En un segundo y enfurecida, la guerrera derrotada se levanta de la mesa reclamándole al viejo cincuentón, aparentemente, una oprobiosa proposición. Eso sí, adornados los reclamos con palabras soeces fuera de lo ordinario.

El viejo le contesta, sin insultos y en voz baja, que se calle. Pero la ofendida se levanta de la mesa, riega la cerveza y desde su puesto, cerca de la silla, sigue aullándole al hombre.

Nadie interviene.

Desairada, después de cinco minutos, la mujer trigueña se sienta en la mesa y pide una cerveza que el administrador se niega a darle. Finalmente, la mesera, cómplice, le trae una nueva y un vaso. Sin bulla, se levanta de su silla para subir al baño, ubicado en un segundo piso, al cual sólo se puede llegar saltando la cabeza de un bebedor compungido. De allí no volvería a salir el resto de la noche.

La mesera selecciona “Another bites one the dust”, de Queen, en la rocola.

Al ver el poco interés de los bebedores en colaborar con su causa, la morena decide acercarse al negro de la hoja de vida para hacerle una especie de ‘striptease’, pero sin quitarse del todo la ropa.

Sólo lo tienta al mostrarle sus senos caídos. Pero a él y a los demás, sólo se les forma una sonrisa irreal.

Resignada, compra una cerveza con el billete de mil, que es lo único recolectado. Empieza a beberla con un pitillo, con la esperanza de que le aguante el resto de la noche.


El final

El alcohol se ajusta perfectamente a la personalidad sicótica de la morena.

Con un poco más de ánimo, otorgado por el alcohol, baila de nuevo, ya sin auditorio.

El baile parece una apología a la desilusión con un toque de danza egipcia, cuando la morena trata de ajustarse al ritmo de Dj Tiesto, otra vez.

Junto al lugar hay otras tabernas, un poco más escondidas y que parecen más hechas al estilo del lugar: rancheras, un bombillo rojo pálido, como de motel barato, y muebles de madera.

Pero este bar, el de la morena bailadora, la mesera borracha y los solitarios bebedores, es el más concurrido.

Aparecida de la nada, otra morena, vestida con una braga blanca desajustada en uno de los hombros, observa a su compañera desde el umbral de una de las puertas del bar.

Se conocen. La morena de braga blanca sonríe condescendiente al baile de la otra, quien al notarla, empieza a bailar para ella de la misma forma provocativamente triste.

Finalmente sale tras su amiga. Ambas suben por la calle de la plaza. Para cuando termina “Mi tierra”, de Juanes, recibida con júbilo por lo cincuentones, el moreno se levanta con la intensión de conquistar a una jovencita de no más de 20 años que va vestida de la misma forma que la desaparecida guerrera, sólo que con un cuerpo más afable a la vista.

Como no concreta nada, le paga su cuenta y abandona el bar, con rumbo hacia la calle 33, subiendo.

Los tres amigos también salen cuando las mesas son recogidas, como señal de que el bar debe cerrar.

Se van por la misma puerta, que parece tragarse a los clientes en la oscuridad. Quizá por eso la trigueña guerrera no salió por ahí.

 

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