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Desde el fondo de mí | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-03-09 05:00:00

Desde el fondo de mí

En el romancero morisco hay un poema de Aben Humeya que dice que la “muerte es esperanza larga”. He vuelto en estos días sobre ese y otros textos que plasman lo frágil que es la vida, lo fugaz que es todo, que la única verdad es que pronto seremos olvido.
Desde el fondo de mí

¿Por qué? Porque así externamente no se capte, el fondo de mi ser está triste, arrugado cual papel que bruscamente se estruja y se lanza al piso. ¿La causa? Nací y crecí oyendo música, aquella que saliendo del piano de mi mamá se esparcía por la modesta casuca en que transcurrió mi infancia y música y piano lograron el milagro de brindarnos el magro sustento que posibilitó que nos criáramos. Desde entonces la música ha sido parte de mí. Ella permite que piense y me sobreponga a los vaivenes del destino. En todo momento necesito oír una canción que brote ya del hermoso tecleo de un piano, o del metálico rasgar de un tiple, o de una guitarra, o de un violín. Si no hay música en mi entorno, algo me falta.

Y la Parca, esa que se ha llevado todo lo que me ha atado al mundo de los vivos, ahora decidió que debía cargar con aquellos que lograron el milagro de que desde mi infancia tuviera adherida al alma la música de este terruño.

Así, un día, no ha mucho, se llevó a Jaime R Echeverría, ser que compuso exquisita música que fue vital para mi adolescencia y juventud, aquella sin la cual no hubiera degustado el primer amor, ni entonado la primera canción. ¿Acaso “Serenata de amor”, “Cuando voy por la calle”, “Noches de Cartagena”, no las escribimos todos los que fuimos jóvenes en los años 60 de la pasada centuria? ¡Ah, Parca! Lograste que quedáramos con el alma rota.

La “mandinga”, no satisfecha, regresó y cargó con Jaime Martínez para que su violín y su guitarra no volvieran a interpretar bellas canciones, se desmoronara el mejor dueto de música colombiana que había y se castrara aquel violín que llevaba por los aires de la patria el melodioso saltar de las aguas del río Fonce de piedra en piedra, de vado en vado.

Y hace pocos días regresó por Jorge Villamil, para que nadie le volviera a cantar a los guaduales, ni a las espumas del río, ni el aire anidara en la sombra de un caracolí, ni las nubes jugaran con una luna roja, ni le cantara a mi añoso San Gil.

¿Por qué las cabañuelas no anunciaron que este año quedaríamos huérfanos de un piano, una guitarra, un violín y un tiple que eran parte de nuestra esencia?

 

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