Sáb Dic 3 2016
20ºC
Actualizado 07:35 pm

Paisaje de Mitú en ojos acuosos | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-03-13 02:41:39

Paisaje de Mitú en ojos acuosos

No sabrá más de las calles polvorientas y rojizas. De las casas de madera sólidas de tanto guardar secretos. Del esplendor de los atardeceres y las puestas de sol y los pájaros de voces multicolores sobre el silencio de la selva. De la voraz y abierta miseria, mercancía para politiqueros venidos de pueblos andinos y misioneros gringos empecinados en salvar las almas de los indios, aunque las de ellos también estén extraviadas. No sabrá más de los soldados y policías como única presencia del Gobierno.
Paisaje de Mitú en ojos acuosos

Cuando ya Mitú es sólo viento bailando entre las hojas y el barro, Yajaira recuerda a tantas adolescentes adhiriéndose como enredaderas a cualquier clase de uniforme verde oliva. Bajando braguetas, abriendo sus vulvas, trepándose ansiosas a esas carnes de guerra en el pujo por quedar preñadas y así limpiarse esa suerte de sarna que –ellas creen– es su condición de indígenas. Antes de que su hermana también pudiera hacer lo mismo, su padre la vendió a un ganadero gordo, rubicundo y apestoso a “Buchannan`s”. Tenía catorce años, dos más que ella, y estaba desnutrida, amarilla y resignada.

 

Su madre pegó sus ojos de pepas de guama al piso, mientras su hijo de cinco años restregaba en su vientre su cara sucia de mango deshilachado. Su padre, perpetuo perdedor de las grescas dominicales, recibió a cambio de su hija un fajo de billetes que no contó, más un sombrero de fieltro y dos ponchos de algodón que rezaban: ¡Qué bonito es mi llano!

El gordo haló del brazo a la joven; le palmeó las nalgas escuálidas y la metió en su camioneta cuatro por cuatro. Sin abrazos, besos o sollozos de despedida, la familia regresó a su casa a pie, y algo comentó el padre acerca de que en poco tiempo a Yajaira también le esperaba el mismo destino de marrana.

Esa misma tarde, su padre se “jartó” el fajo de billetes, y con lo que sobró le compró al negro Tobías algunos ayacos y una libra de mañoco para su mujer y sus hijos. El negro había llegado a Mitú un años atrás proveniente de Pavarandó (Chocó). Montó una venta callejera de viandas y desde el primer día se dio ínfulas de realeza. Decía que su raza era superior a la indígena, que debían rendirle pleitesía, y por ello prohibió el paso por el frente de su casa, a menos que pagaran peaje.

Tantos siglos de vejaciones y derrotas hicieron que cuibas, varasanos, curripacos y demás etnias acataran la norma, pero ese lunes en la madrugada el padre de Yajaira seguía lo suficientemente alicorado y envalentonado como para asomarse a la casa de Tobías, dejar su vaho en la ventana y alejarse zigzagueante. Cuando este último lo alcanzó, lo tiró al suelo y le metió la escopeta en la boca en un santiamén. Como pudo, el indígena señaló a su hija. Eso bastó. Tobías la reparó minuciosamente y con la misma escopeta le señalo el tórax. –Pero ni teticas tiene–, comentó; a lo que el padre ripostó –Pero es muy buena para el trabajo. –‘Ta bien, parientico; le perdono la vida a cambio de ella, pero si no me sale buena, se la entrego y le meto su pepazo–, concluyó amenazante. En menos de veinticuatro horas, la madre de Yajaira había perdido a sus dos hijas. Pero su mirada de guama tampoco se apartó del suelo esta vez.

Tobías la mandó a dormir al chiquero por ser la primera noche. Entre chillidos y lavaza, Yajaira rumiaba su incertidumbre, hasta que la luna furiosa le pegó en la frente como una revelación. Entonces, no tuvo miedo y supo que podía ser algo más que la enredadera de un uniforme militar, la cama de un blanco o la cocina de un negro. Con maña, agarró al chancho más pequeño, lo sobó para tranquilizarlo y huyó con él hacia el puerto. Tobías jamás sospecharía de sus intentos de fuga; de ser así, la hubiera amarrado, pero su engreimiento lo cegaba. –Menos mal, me cree tan poca cosa–, se dijo la niña mientras corría.

Tumbado en el malecón, el catire González estaba como siempre con el rostro hundido en la noche, aguardando un posible transporte en su canoa. Al verla, sólo le hizo dos preguntas: –¿El animalito es robado? ¿Usted sabe t’ua la mierda que le espera? – a lo cual Yajaira respondió: –Es mi pago a usted. Lo robé con ternura–. Ahora ella está en la canoa y el Mitú que está en sus ojos gota a gota se vuelve a encontrar consigo mismo, y va dejando un camino sobre la superficie del agua. Cada lágrima grita: “No volverás… No volverás… No volverás”. Pero ella sabe que está regándose sobre el río; que su alma de niña indígena se queda allí, para siempre.

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad