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Árboles centenarios: gente centenaria | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-03-28 05:00:00

Árboles centenarios: gente centenaria

En noviembre de 2009, murió en Bucaramanga Ana Joaquina Orduz viuda de Hernández a los 104 años de edad. Ella era considerada, según datos de la Registraduría, la mujer más longeva que vivía en la capital santandereana. Su sucesora sería María Ramírez viuda de Lizarazo, que tiene la misma edad y vive en medio del cañón del Chicamocha.
Árboles centenarios: gente centenaria

Trasegando con un grupo de caminantes por lo más profundo de los cañones de los ríos Guaca y Chicamocha en busca de los centenarios árboles barrigones -cuya espectacular metamorfosis de color acaba de concluir-, encontramos, en una pequeña casa que pende de una de las paredes que forman la cuenca del Guaca, más exactamente en el punto conocido como “El Embudo”, a una también centenaria matrona, doña María Ramírez viuda de Lizarazo.

Ella nació en este sector, que pertenece al municipio de Cepitá, el 18 de enero de 1906 y a sus 104 años doña María se puede vanagloriar de ser una de las personas más longevas de Santander.

Para acceder a su elemental vivienda de deterioradas paredes de tapia pisada, desvencijadas puertas, pisos desnudos y tejas de barro y zinc, tuvimos que ascender un buen trecho por la empinada y abrupta ladera de tierra rojiza donde se incrusta la humilde morada.

Desde el corredor de la casa pudimos apreciar en toda su majestuosidad e imponencia el cañón del Guaca, y vislumbrar el sinuoso camino de arriería que, bordeando el caudal, conduce al hermoso puente colgante de la Cabrerita, a Perico (punto de encuentro con el Chicamocha), al poblado de San Miguel y, por último, a Cepitá, a sólo 35 kilómetros de Bucaramanga.

Esa mañana se encontraba doña María acompañada únicamente de un par de bulliciosos perros y de un inquieto cabrito, ya que el único hijo que vive con ella, anciano también, había madrugado a atender -como todos los días- un pequeño sembradío de yuca levantado en una de las franjas de tierra ganadas al río Guaca.

Al ser su casa de puertas abiertas (como todas las del sector), la sorprendí de pie frente al fogón de leña de la ennegrecida y oscura cocina preparando su frugal desayuno. Estaba descalza y cubría su cabeza con un viejo y multicolor gorro de lana tejida. La abracé con cuidado temeroso de estrujar  su enjuto y frágil cuerpo y le pregunté en voz alta para que mis compañeros de expedición escucharan- que cuál era el secreto para conservarse a sus 104 años de edad, tan entera, tan vital, tan lúcida.

- ¡Y yo qué culpa!, me contestó de sopetón con una gran sonrisa y con un marcado acento santandereano. Sus pequeños y vivaces ojos sonreían también.

- ¿Y cómo así doña María, de que yo qué culpa?, le repliqué. Y con la sonrisa mucho más franca, que permitía que su único diente se asomara, me respondió: “Pues sí, yo qué culpa que El de Arriba no se acuerda de mí y no viene a recogerme”.

Como una ceiba

En maltrechos taburetes nos sentamos en el pasillo a conversar. Todos estábamos gratamente sorprendidos de lo lúcida, memoriosa, dicharachera, locuaz y alegre que se conserva esta tierna anciana en medio de la pobreza extrema en un territorio difícil, semidesértico, donde la tierra reverbera y las piedras se calientan hasta quemar.

Ella, al igual que las ceibas barrigonas, se mantiene vital y persiste tercamente en sobrevivir en condiciones tan adversas. Nos habló de su infancia en ese mismo terruño, de su difunto esposo, cuyo retrato hace parte del altar que iluminado por una vela se advierte en el fondo de su oscura alcoba, de sus numerosos hijos, unos ya muertos y otros dispersos por esas agrestes tierras, de los arrieros que transitaban por ese lugar con “las cargazones de papa pa San Gil y tráian azúcar y cacao en grano pa San Andrés”.

Nos contó de sus andanzas juveniles por la Laguna, Coscuta, Chicacuta, Cepitá y Aratoca y se quejó de algunos achaques menores que en la actualidad la afectan, especialmente calambres en sus piernas que no le han permitido volver a realizar esas largas caminatas, pero que, sin embargo, no le impiden movilizarse por toda la vivienda y hacer los oficios de rigor. Su audición y visión, además, son buenas, a pesar de tantos años encima.

Elegancia particular

En un momento dado le pedí permiso para tomarle unas fotografías, y en un arranque de vanidad me regañó diciéndome que cómo se me ocurría ir a tomarle fotos en esa facha, que tenía que esperar a que se arreglara un poco. Dicho y hecho, se encerró en su habitación y al cabo de algunos minutos emergió sonriente, con un sombrero de felpa, zarcillos de oro, vestido limpio y alpargatas negras, con los cuales posó para mi cámara.

Una de las tomas muestra a doña María erguida, junto a la puerta de su alcoba, con los brazos cruzados, la mirada al frente y un sutil toque de elegancia.

Después vino la despedida, los afectuosos abrazos, las bendiciones que repartió a diestra y siniestra augurándonos una feliz culminación de nuestra expedición, y las recomendaciones que nos hizo para lo que nos restaba de la travesía. Insistió mucho en agradecernos la visita y nos pidió que no olvidáramos el camino que conduce a su pequeña casa.

Son varios los casos de longevidad que he podido constatar en este ambiente extremo de los cañones de los ríos Guaca y Chicamocha: Don Clemente Hernández (casi centenario) en la Laguna de Ortices; y don José de la Paz (con prácticamente un siglo a cuestas), quien, encorvado como muchos de los árboles barrigones, cultiva aún la flor de Jamaica entre San Miguel y Cepitá. Santandereanos recios y fuertes que se niegan a doblegarse ante el peso de los años.

¿Será mera coincidencia que en las mismas difíciles condiciones, y en ese mismo terruño persisten las enormes y centenarias ceibas barrigonas que adornan y embellecen las bermejas y agrestes laderas de ambos cañones?

Definitivamente, doña María, al igual que los árboles barrigones, es un indiscutible símbolo de la santandereanidad.

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