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Morir en la bruma | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-04-04 05:00:00

Morir en la bruma

√ćbamos tras Numa Pompilio y su compinche. Asaltantes de carreteras que parec√≠an tener el don de la ubicuidad. De entonces desconoc√≠amos sus nombres, eran dos sombras. Desayunaban en Chiflas, los enloquec√≠a la arepa con chicharr√≥n, la carne de cabro adobada con or√©ganos cortados al pie de las guaz√°baras. Pagaban, y luego al anochecer asaltaban un cami√≥n en el alto de Aratoca. Luego se perd√≠an en la bruma del amanecer.
Morir en la bruma

Pasan con la fresca el Chicamocha bordeando el caser√≠o de Chicacuta, los perros ladran a las sombras. Dec√≠an ser dos almas en pena de un horrible crimen, que deambulaban sin descanso entre los espinosos cactus. Eran una sombra alta y una peque√Īa, como la del alma de un enano. Fue la referencia que siempre tuvimos en las rutas de escape. D√≠as despu√©s en la bruma g√©lida del p√°ramo del Almorzadero, piedras inmensas deten√≠an una caravana de camiones. Nadie se movi√≥ hasta que las sombras se hicieron visibles. El ronquido de los motores ces√≥. Las mercanc√≠as cargadas en mulas desaparec√≠an como por encanto en la neblina.

Un disparo de fusil que se repet√≠a en eco en la monta√Īa era la se√Īal de que todos pod√≠an partir. Ir tras Numa Pompilio y su sombra era como ir tras Bonnie & Clyde. Todos los conocen, pero nadie dice d√≥nde, afirmaba ¬ďG√ľesito¬Ē el secretario del Juzgado de Instrucci√≥n Criminal del que yo era juez titular. Concepci√≥n ese es mi pueblo, all√≠ tengo amigos, creo que me dir√°n todo, sabremos qui√©nes son, me dijo. Obtenida la comisi√≥n partimos. Era ir acompa√Īado de un ciego porque ¬ďG√ľesito¬Ē lo sab√≠a todo. Coincid√≠amos con la Semana Santa. Vamos a la procesi√≥n del desande. En la procesi√≥n tras la cruz de caoba, iban los nazarenos cirio en mano, rezaban en voz alta el rosario enfundados en sus sayales de pa√Īo negro, cinturones de crines de caballo y puntiaguda capucha que escond√≠a el rostro. Mire, ¬ďG√ľesito¬Ē, ¬Ņese alto que sobresale del grupo de los Nazarenos y el enano, no ser√°n nuestros hombres? Le dije. No, el alto es mi compadre Numa Pompilio, es un apagavelas en el templo, y el enano es el que reparte el correo en El Cerrito.

Fuimos luego a un cafet√≠n de poca luz, con escasos contertulios que beb√≠an en las mesas de lata, todos con anchos sombreros y proteg√≠an las caras del frio con sus ruanas. Son amigos dijo ¬ďG√ľesito¬Ē, nada que temer de mis paisanos. Beb√≠amos copas de aguardiente una tras otra, por el fr√≠o o por el miedo, nunca lo supe. Cuando ya el alcohol me adormilaba, sonaron como disparos. Nos lanzamos bajo la mesa y ¬ďG√ľesito¬Ē tir√≥ toda la carga de su revolver 38 agujere√°ndola. Luego el silencio fue absoluto. Me deben el valor de la mesa y las cuentas de los que se echaron a correr, dijo un hombre del que no le ve√≠amos sino las piernas. ¬ŅQui√©n nos dispar√≥? le preguntamos a las piernas. Nadie. Es la cerveza ¬ďPerra Loca¬Ē de M√°laga, que se destapa sola y parecen tiros. A Numa Pompilio y al Enano, la fatalidad se encarg√≥ de apartar la neblina y quitarles la capucha, cuando una vez en el reparto de un bot√≠n, un d√≠a de mercado, se cruzaron a tiros.

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