El arte de tejer recuerdos que marcan la memoria de la ciudad | Noticias de santander, colombia y el Mundo | Vanguardia.com
Publicidad
Sáb Sep 23 2017
22ºC
Actualizado 07:04 pm

El arte de tejer recuerdos que marcan la memoria de la ciudad | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-04-18 05:00:00

El arte de tejer recuerdos que marcan la memoria de la ciudad

Tres grandes obras del pintor y escultor Guillermo Espinosa, no sólo dan testimonio de su carrera artística, sino que se convierten en piezas clave para reconstruir parte de la historia de parques y avenidas de la capital santandereana.
El arte de tejer recuerdos que marcan la memoria de la ciudad

Más de cinco décadas plasmando sobre lienzo y papel sus trazos. Cinco decenios en los que durante varias horas al día, acompañado de música y de la naturaleza, Guillermo Espinosa se ha dedicado a convertir objetos simples y cotidianos como palas, picas, alpargates, bicicletas y hachas en los mejores modelos para una obra de arte que en algunos casos, ha decidido moldear en hierro y rellenar de concreto.

Han sido cinco períodos que lo han llevado a la madurez artística y a reconocer que sólo hasta ahora se está encontrando con su verdadera identidad.

Sin embargo, en medio de esa búsqueda, hace un alto en el camino y decide hablar de la aventura que ha sido su recorrido por el arte y de lo importante que ha sido Bucaramanga en su consolidación artística.

Se sienta en un taburete en el jardín de su casa, bebe unos sorbos de un jarabe de hierbas traído del Brasil para mejorar su salud, da instrucciones a sus ayudantes y conversa con Víctor ‘El cínico’ y Aníbal ‘El sapo’, dos pájaros que lo visitan diariamente, antes de dar la señal para prender la grabadora.

En el momento justo de oprimir ‘rec’, Guillermo Espinosa se conecta con su historia. Mientras la cuenta, la entreteje con la historia de Bucaramanga, con los recuerdos de su niñez en medio de talleres de mecánica, herrerías y zapaterías ubicados en la carrera 16 No 18 – 35, con sus primeras labores como limpiador de letreros donde finalmente terminó siendo dibujante.

Entrelaza su historia revelando que su inspiración es muchas veces mirar los trabajos de otros artistas y que le es difícil fijar su mirada en uno en particular.

Por momentos desteje sus recuerdos hablando sobre el arte en Santander, del que afirma que hay mucha gente sensible con ganas de hacer arte, pero que en esta dura tarea pocos tienen la capacidad de enfrentarse a la esencia de este oficio.

Definitivamente regresa a la trenza cuando se detiene en su jardín y ve una réplica de la escultura ‘Tubos y Tornillos’, que lo inspiró en una de las obras más importantes que hoy se conservan en Bucaramanga: La baranda del viaducto La Flora.

Allí fija su recuerdo y comienza a relatar la historia de tres de las obras artísticas que hoy son míticas en la capital santandereana: El Clavijero del Parque de Los Niños, El Camino de las Hormigas de la Puerta del Sol y por supuesto, la baranda del viaducto La Flora.  “Son mi testimonio como artista de esta ciudad”, asegura.

-A propósito, le pregunto, ¿ha pensado en un lugar específico de la ciudad donde le gustaría ver una de sus obras?
-No, por ahora trabajo en eso. Lo que sí puedo decir recordando estas obras, es que compré mi libertad vendiendo cuadros y esculturas y todo gracias por la generosidad de los santandereanos, afirma.

El camino de las hormigas en la Puerta del Sol

En 1988 tropas revolucionarias entraron en filas cargando sus armas de guerra con el objetivo de tomarse el caserío de la Puerta del Sol. Los recibió y enfrentó un pelotón de más de 400 hombres mandados por el gobierno. Durante varios días se libró una de las primeras batallas históricas en Santander que pretendía tomarse la ciudad.

Durante el hostigamiento murieron más de 300 hombres. Los pocos sobrevivientes lograron salir a caballo y huir del lugar en medio de heridos, cadáveres, animales, ciudadanos y destrozos.

Unos subían y otros bajaban. A lo lejos, el cuadro se divisaba como un montículo de hormigas arrieras tratando de ir en hilera, transportando sobre su cuerpo pedazos de hojas.  

Dos siglos después se escribió otra historia de este lugar. “Yo estaba leyendo la prensa y entró uno de mis trabajadores a decirme que tocaba ir por veneno porque las hormigas se estaba tragando Los Crotos (plantas) del jardín, que venían desde la casa vecina y que iban a acabar con todo”, cuenta Guillermo Espinosa.

“Miré lo que pasaba y de verdad que era un batallón. Sin exagerar tenía transitando por mi jardín una hilera de cinco centímetros de ancho, en orden, comandadas quién sabe por quién, que llegaban a un sitio donde unas tomaban a la izquierda y otras a la derecha. Cada una cargaba un pedazo de hoja en su espalda y se entremezclaban.

Pensé que venían a una guerra, pero ante tremendo espectáculo, llamé a mis hijos para que las miraran. No pude evitarlo, me tiré al piso y puse mi oído sobre la hilera y escuché una conversación confusa. Mis hijos cuchichearon: ¿será que mi papá se volvió loco?

Al final aceptaron que había belleza y pensé en algún día hacer una obra con el camino de hormigas”, relata el pintor.

Así nació uno de los murales más emblemáticos que tiene Bucaramanga  desde hace más de 10 años, que hizo parte de una campaña de recuperación de paredes de puentes y andenes sobre importantes vías de la ciudad.

El extenso y ancho muro no resistía sólo una pintura según los administradores municipales de esa época. Se necesitaba una obra agresiva, un referente simbólico de la tradición santandereana, que fue entregado a Espinosa para que hiciera historia.

“Hice fotos del muro y dibujé las hormigas con tinta china sobre las fotografías. Cuando llevamos la propuesta a la Alcaldía a todos les gustó y fijaron como fecha de entrega la celebración del cumpleaños 468 de Bucaramanga. Se convocaron empresas privadas y públicas para que dieran una donación y yo, la verdad, no cobré mucho”, contó Espinosa.

Hechas en láminas gruesas de hierro y empotradas en la pared, el camino de hormigas no ha pasado desapercibido después de una década de su creación. Aunque ha padecido la baja de más de 100 de sus militantes, la hilera sigue viva como símbolo de Santander. “Algún día la gente se cansará de perseguirlas y de robarlas”, aseguró Espinosa.

La baranda del viaducto La Flora

“Visito un lugar campestre cerca de mi casa (vía a Piedecuesta) donde construí un taller en medio de una cañada. Es pequeño, con paredes de aluminio y techo de vidrio para ver toda la belleza del lugar. Por allí pasan armadillos y mariposas gigantes, y en las noches, cuando uno se queda callado, se siente el sonido de una mini selva.

Un día estaba acostado mirando para el cielo y noté como la brisa acomodaba a su antojo una cantidad de gajos de dos árboles ubicados a cada extremo de la loma. Estuve mirándolos durante horas y no resistí tomar un lápiz y un papel y dibujar el entramado.
Al otro día conseguí unos cartones grandes, de 2 metros por 2 metros, e hice dos cuadros de ese entramado. Llegó un loco que quedó fascinado con la obra y me los compró”.

Esto recuerda Guillermo Espinosa de su escultura ‘Tubos y Tornillos’, obra que lo inspiró en el diseño de las emblemáticas barandas del viaducto La Flora.

Un objetivo claro tenía la administración municipal de 1995 que le encargó el diseño de este balaustre de hierro: evitar que los suicidas encontraran un segundo lugar para lanzarse al vacío y así reducir los índices de muertes que llegaban a 300 en el viaducto García Cadena, una realidad  que sin tomar respiro, era registrada por los habitantes del barrio San Martín, quienes veían caer cuerpos como cae la noche, las hojas o la lluvia a través del techo de vidrio que tiene Espinosa en su taller de la montaña.

Desde el municipio de Cerinza en Boyacá, fue traído un grupo de hombres amantes de las alturas para trabajar en la construcción de la mole de 318 metros donde aún reposa la baranda inspirada en la naturaleza y el aire.

Datos de la época de la construcción del viaducto La Flora muestran que su costo total fue de 3 mil 978 millones de pesos. Guillermo Espinosa, como en otros momentos de su historia, se guarda la cifra que le pagaron por este diseño, y aprovecha  para pedir a los encargados de su mantenimiento que velen por ella, pues como una rama que se despega de un árbolde la noche a la mañana, puede provocar una tragedia.

EL CLAVIJERO DEL PARQUE DE LOS NIÑOS

En el siglo pasado, específicamente en 1910, un lugar comenzó a marcar la pauta como modelo de parque en Bucaramanga: El Parque de Los Niños. Rompiendo con el formato cuadrangular de pocas sillas y sólo árboles, el lugar levantado en la administración del alcalde Sinforoso García contó con senderos peatonales, juegos infantiles y un terreno más amplio para que se tejieran historias de amor y complicidad, y los amantes de la naturaleza encontraran a las afueras de la ciudad un lugar de descanso.

El Parque de Los Niños, compuesto por cinco cuadras y media, bordeado de pomarrosos y sarrapios, floreció en una época próspera, en medio de la bonanza del tabaco y de la apertura del comercio de la ciudad hacía el oriente.  

El lugar fue protagonista y testigo de los primeros encuentros de los santandereanos con la cultura, de las presentaciones de la banda municipal en las retretas de domingo, de las escapadas de aquellos que quería interpretar el tiple y dedicar sus composiciones a los amores imposibles.

El que no tenía instrumentos también llegaba y se sentaba bajo los kioscos a escuchar las melodías, a pasar la tarde.

Guillermo Espinosa nunca se imaginó que una de sus obras –El Clavijero- haría parte de este lugar y menos que con ella le rendiría homenaje a uno de los instrumentos que siempre quiso interpretar: El tiple.  

“El Clavijero nació porque gané una convocatoria que se hizo a artistas santandereanos para hacer un monumento en homenaje al maestro José A. Morales. Me entusiasmó participar porque trajo a mi memoria la época en que compré un tiple, le pegué dos suanasos y luego lo colgué en mi pared, pues nunca aprendí a tocarlo”, comenta.

“Para el diseño de esta obra me dije: No necesité hacer todo el tiple; además, voy a enterrar en el parque. Los diseñé y cada clavija la hice con picas. Creo que me pasé un poco y terminé al estilo Julio Iglesias (romántico)”, sonríe al contar la historia.

Hoy día parte del boceto de El Clavijero yace en el jardín de la casa de Guillermo Espinosa. Ante su fracaso en la música lo reconforta el hecho de que su hijo Mauricio sea músico y que viva de su trabajo.

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad
Publicidad