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Santa sin quererlo | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-04-18 05:00:00

Santa sin quererlo

En Barrancabermeja existe una leyenda religiosa que narra los poderes milagrosos de una niña muerta hace 35 años. Tal ha sido el enigma, que incluso la creencia ha tomado fuerza  en gran parte del Magdalena Medio. Vanguardia Liberal visitó su tumba.
Santa sin quererlo

A la niña Ana María Gil no le gustan las velas. Las odia. Dice que la queman cuando las tiene cerca. Por eso pidió, según versión de un tío, que las quitaran de su tumba. Su familia desterró de las lozas del cementerio municipal “La Resurrección”, tales veladoras.

Con el tiempo, la Barrancabermeja que acude a este campo santo respetó también la decisión. Ahora no le encienden ni un fósforo. Sólo le llevan flores y le instalaron unas modestas luces de colores. Una ‘culebra’ de pequeñas bombillas cuelga sobre la tumba.

En este cementerio, donde entierran a los más pobres del Magdalena Medio, destellos rojos, azules y verdes iluminaron las noches del sepulcro de la llamada “Niña de los milagros de Barrancabermeja”.

Ella, muerta a los 14 años, suma ya 35 años haciendo el curso no oficial para inscribirse en la legión de santos de la Iglesia Católica. Aún no lo logra. Es más, no se ha documentado de forma oficial el primero de los cerca de 410 milagros o promesas cumplidas que le atribuye la cultura popular del Puerto Petrolero.

Durante las últimas tres décadas, a fuerza de estampitas y placas de metal adheridas a su tumba con mensajes de agradecimiento, esta niña encabeza el listado del santoral popular barranqueño.  

Sus logros mueven la máquina de la devoción. Cada vez llegan más flores y versiones anónimas de supuestas proezas en medicina y éxitos con el dinero. Todo se lo atribuyen a la intermediación que desde los mismísimos cielos hace Ana María Gil por sus devotos.

Su fervor, paradójicamente, nació de una vela, de esas que la llamada “Niña de los milagros de Barrancabermeja” tanto rechaza.

Tres años después de su muerte (que por cierto, luego se conoció que fue acompañada por una mentira que la pequeña en su inocencia construyó), su mamá, Elvira Jaimes Jiménez, recibió una supuesta revelación en forma de parafina derretida frente a su tumba.

Elvira estaba preparando el almuerzo el domingo 19 de enero de 1975 cuando llegó apresurado su hijo Simón, de 12 años. La mujer se desplomó en la humilde cocina, una de las tres habitaciones que tenía la vivienda en ladrillo pelado en la Calle de la Relojera, cuando se enteró que su hija había muerto y su cuerpo no aparecía.

“Una vez enterramos a mi hermana, ella quedó como adormecida. No reconocía a nadie. Desde entonces lloraba mucho, no reaccionaba. Visitaba todos los días el cementerio…”, relata Simón, sentado en una silla ubicada en el balcón de su casa en el barrio Buenavista de Barrancabermeja.

Pero todo cambió un día, según relata Simón, cuando Elvira observó que una veladora derretida dejó sobre el cemento una particular figura que se asemejaba a un ángel. “Para ella fue como un mensaje de mi hermana, una revelación…”.  

Simón, un hombre 48 años, saca de una pequeña caja de madera una bolsa en lana negra. De su interior extrae pedazos de parafina.

- Estos son.

Simón arma la supuesta figura de ángel que su mamá identificó 32 años atrás.          

- ¿Lo ve?
Simón narra que ese supuesto ángel fue una revelación para Elvira, quien falleció hace dos años en Barrancabermeja, a los 71 años. Ella se encargó de difundir en el barrio la revelación.

Vecinos que trabajan en la Plaza  de Mercado Central oyeron y contaron de la supuesta bendición de la niña Ana María Gil. En Barrancabermeja algunos le creyeron y así nació la historia de una santidad que en Roma aún desconocen.

Pero Elvira no fue la única que aseguró recibir revelaciones. Felipe Jaimes, tío de Ana María Gil, semanas después del episodio, aseguró que su sobrina le dijo en sueños que no le prendieran más velas. Un amigo de la cuadra de la niña, un día aseguró que ella le habló también en sueños parar describirle lo bonito que es el cielo.

La historia de la “Niña Milagrosa” sostiene la fe de cientos en Barrancabermeja, enclave de pescadores y navegantes de río. El mito de curar enfermedades o ganar dinero gracias a una difunta niña, para muchos, es cierto. Muchos lo atestiguan.

Quien pone en duda tal versión es la psicóloga Sandra Serrano Mora. La experta afirma que Elvira Jaimes Jiménez habría experimentado una tergiversación de la realidad al identificar en la parafina la figura del ángel.

“Una de las pérdidas más difíciles de afrontar es la de un hijo. En este caso pudo ocurrir una tergiversación de los procesos de percepción de la realidad por culpa del intenso dolor, es decir, puede ver ángeles de cera donde no existen y atribuirles poderes especiales…”.

Serrano Mora agregó que si esa situación ocurre en una sociedad proclive a crear mitos, especialmente en la religión, puede nacer una leyenda religiosa.

En el Puerto Petrolero, donde cambian los acentos y el mundo cachaco termina para darle paso a una región caribe, la niña tiene la reputación de provocar milagros.  La literatura oral se ha encargado de llevar ese mensaje sin mayores cuestionamientos. Pocos conocen su historia real. Incluso ignoran que su temprana muerte se alió con una mentira, como su hermano Simón, quien la vio morir, lo confesará con dolor más adelante.

Visitas semanales

La palabra cadáver proviene del latín “caro data vermibus”, que significa carne dada a gusanos. Los cadáveres en Barrancabermeja son sepultados en tres cementerios. El más económico y popular fue bautizado como “La Resurrección”. Una fosa ahí cuesta cerca de $56 mil, mientras que en los otros dos la cifra se puede triplicar.

Faltando seis meses para cumplir 15 años, Ana María Gil fue enterrada en el cementerio municipal. Era enero de 1975. Pasados los primeros años su familia pagó la cuota de la bóveda. Tiempo después, cuando la administración del cementerio requirió el lugar, hubo molestia.

La niña ya era un mito religioso. Por ejemplo, en promedio 12 misas por mes se celebraban en la Iglesia la Inmaculada a nombre de Ana María Gil. Nadie quería que se moviera de allí por temor a perder la gracia divina. Pero hubo un salvador.

El entonces senador de la República Gabriel Galvis Molina, en pago por un favor recibido, aportó el valor de una década de arriendo de la bóveda a la Administración Municipal.

Monseñor Jaime Prieto Amaya, quien los últimos tres lustros estuvo al frente de la Diócesis de Barrancabermeja, aseguró que “nunca se entabló un proceso para determinar la veracidad de los milagros atribuidos a la niña”.

El cementerio

Entre semana parece un desierto de tumbas menoscabado por el descuido. Se trata de una necrópolis vieja, con más flores opacas que vivas, lápidas desgastadas, y tumbas con tan mala suerte que se disputan la tierra con las raíces de árboles, que parecen gruesos tenedores que las levantan desde el sótano de la tierra.

En el centro del cementerio se levanta el osario de la niña Ana María Gil. Su tumba se destaca de todas. Se trata de un muro con flores naturales y artificiales. Doce ángeles de piel rosada la custodian.

Nicodemo Gordillo, sepulturero del cementerio, asegura que son muchas las personas que visitan a la “Niña Milagrosa. “Todo tipo de personas, ricas y pobres, le traen flores”, asegura Gordillo, quien ha encontrado en el lugar desde cartas a Ana María por la salud de un ser querido hasta copias del chance.

Hace un mes, Ernesto Chica Gaviria visitó La Resurrección para llevarle su hoja de vida, pues lleva tiempo desempleado.

Como Ernesto, son varios los relatos de personas que se acercan a la tumba y como si le hablaran al oído, susurran protección, consejos para un negocio, beneficios en salud y hasta ayuda para el amor.   

Al respecto, el sociólogo Libardo León asegura que el caso de la niña responde a un fenómeno de revestir un hecho natural de aspectos sobrenaturales para encontrar solución a los problemas que el Estado no resuelven.
Pero Simón Gil cree que su hermana sí es una santa. Es forma de devoción, de conexión con su hermana, la misma que vio morir hace 35 años mientras jugaba en el agua de la ciénaga Casabe, en Yondó.

“No la vi más...”
El día que la niña Ana María Gil murió se programó un paseo a la ciénaga Casabe con una vecina. Pasadas las 10:30 a.m., mientras los adultos alistaban lo necesario para el sancocho, Ana María y Simón fueron a jugar al agua, retirados del fogón de leña.

“Ella empezó a jugar al ahogado. Gritaba que se ahogaba y luego salía. Estábamos en un lugar que no era hondo, así que no había problema. Sus gritos alertaron a unos pescadores que estaban cerca. Se fueron enojados por el juego. Ella estaba jugando a lo mismo cuando pasó una lancha, perdió el equilibrio y se fue a un hueco.

“Resulta que el terreno bajo el agua tenía un desnivel. No lo habíamos visto. Pedíamos auxilio, pero los pescadores no vinieron. Creyeron que seguíamos jugando.  Mi hermana sacó las manos pidiendo ayuda, las sacó otra vez y luego se hundió. No volvió a salir. No pude ayudarla porque no sabía nadar...”.

Dos horas después, Simón le contó a su mamá, Elvira Jaimes Jiménez, que el amor de su vida se había ahogado. La mujer se derrumbó. Tres días después apareció su cadáver y tiempo después nació su leyenda, que hoy se resiste a morir.

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