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La nostalgia anida en un pentagrama | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-05-14 05:00:00

La nostalgia anida en un pentagrama

Y el amor se alimenta de canciones.
La nostalgia anida en un pentagrama

Entonces, al recordarlos, se me aparecen las risas, las ocurrencias, los chistes y, por supuesto, la música. A lo mejor bailable y entonces me acuerdo de que, al tiempo que todas las mujeres, con los primeros acordes, empezamos a bailar desde nuestro asiento, a los hombres hay que encañonarlos y prometerles insufribles torturas si no se deciden a salir a la pista de baile con nosotras.

Hay otro tipo de ratos que también pasamos con nuestros amigos. Son los momentos tristes, en los que nos pesa el alma y nos sentimos traicionados, dolidos, abandonados. En ellos, los que son nuestros verdaderos parceros hacen una discreta aparición, más o menos silenciosa, más o menos frentera, pero siempre para hacernos saber que están ahí, por si los necesitamos. ¡Y claro que los necesitamos! Principalmente, para que nos permitan enfrentar nuestros fantasmas, que con frecuencia vienen cabalgando en un bolero.

Algunos necesitan tener música en su entorno, para poder concentrarse en su trabajo o para estudiar. Otros la requieren para decir todo lo que no pueden expresar con palabras. Y todos preferimos despertarnos con la música simple, y a la vez elaborada, de una profusa variedad de pajaritos que cantan para celebrar el milagro de un nuevo día.

Pero nada que nos llene más de nostalgias que la música. Especialmente, cuando hay algo que se añora y no se tiene, como cuando uno está lejos de lo que ama. ¿Quién no se ha conmovido oyendo el Himno Nacional después de estar un tiempo largo en el extranjero? ¿Quién puede decir que la música colombiana no le toca hasta las más remotas fibras, cuando la escucha estando lejos? ¿A quién no lo ata la música a sus amores y a sus orígenes, tanto como la comida de su infancia y los olores de su tierra?

A mí me pasa eso. A mí la música colombiana me trae inmediatamente a mis afectos, aferrados tercamente a Santander. Mis muchas querencias de estas latitudes, se me sublevan en el alma cada vez que escucho sonar una guabina, un bambuco o un torbellino. Y me asaltan las imágenes del Festivalito. De ese indescriptible evento que congrega amigos y reparte abrazos. Que reúne artistas y emociona legos. Que aglomera risas, silencios y gritos de alegría, en una inconcebible amalgama de sentimientos y expresiones.

Gracias a los organizadores, por el inmenso esfuerzo de haberlo mantenido vivo durante estos 20 años, para nuestro inconmensurable deleite.

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