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El ‘pony’ gigante | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-05-23 05:00:00

El ‘pony’ gigante

No está muy claro quién declaró a Asdrúbal Herrera el hombre más alto de Colombia, pero lo cierto es que sus 2,28 metros lo han convertido en una celebridad y mucho más cuando se sabe que no para de crecer. A este bumangués de 24 años sólo lo separan 17 centímetros del hombre más alto del mundo.
El ‘pony’ gigante

En medio de la sala de la casa de Asdrúbal Herrera en el barrio Zapamanga, al sur de Bucaramanga, cuelga un afiche en blanco y negro con la imagen del hombre más alto de Colombia. Es él, vestido como si fuera un jugador de baloncesto, 2,28 metros, 95 kilos, 24 años. La fotografía se la tomaron en Bogotá cuando viajó para posar junto a Eduard Niño, 68 centímetros, 9 kilos, también 24 años y el colombiano más bajito.

De ese viaje le quedaron dos cosas: el afiche y un par de tenis talla 18 (americana) que vendría a ser talla 58. Un alivio, porque en Colombia sólo se consiguen zapatos hasta la talla 15 y para hacerse a un nuevo par, Asdrúbal tiene que esperar a que algún conocido viaje a los Estados Unidos y a que su familia tenga $350 mil disponibles.

Asdrúbal es silencioso. No le importa que sean su mamá y una de sus hermanas las que hablen por él. Tampoco mira directamente a los ojos pero eso no quiere decir que no escuche con atención lo que ellas cuentan de su vida. Está acostumbrado a que lo observen con insistencia, a que quieran tocarle las piernas, a que se le paren al lado, a que le tomen fotografías sin pedirle permiso y a la pregunta: ¿uy, usted cuánto mide? Tal vez por eso se comporta como lo hacen los famosos que terminan por ignorar a sus frenéticos seguidores.

Pero el silencio no dura mucho. Se ríe cuando su hermana se acuerda de cómo celebró el último Halloween. Fue con unos amigos vestido de travesti a una fiesta en el salón comunal del barrio, y con semejante altura su presencia fue un éxito.

-Me pusieron una faldita, un par de bombas, un bolso y una peluca fucsia, dice.

El asunto de los disfraces no era nuevo. Ya otro amigo le había propuesto sacar provecho a su altura concursando en fiestas de disfraces. Hicieron un trato. Su socio asumiría el costo del disfraz y si ganaban, dividirían el premio por mitades. Una vez se ganaron un millón de pesos; Asdrúbal estaba disfrazado de Frankenstein. Otra vez se disfrazó de diablo y el tenedor gigante que mandaron a hacer, todavía lo guarda en su casa.

El ‘pony’ de los Herrera

Olga le lleva seis años a Asdrúbal, el menor de los seis hermanos Herrera. Ella cuenta que a su papá siempre lo llamaron ‘caballo’ por su altura, “porque medir 1,85 metros es ser alto”, así que cuando Asdrúbal nació todos coincidieron en que sería el ‘pony’ de la familia. Nadie pensó que lo que podría considerarse como herencia, superaría todas las proporciones y mucho menos, porque Asdrúbal nació con bajo peso.

Al año todo empezó a cambiar. Era más grande de lo normal, pero eso no despertó sospecha, ni siquiera en sus hermanos mayores que superaban los 1,90 metros.

Entró a estudiar antes de cumplir los cuatro años. Fue el más alto en primero de primaria, en segundo y en tercero, pero tampoco importó y realmente no hubiera importado tanto de no haber sido por unos dolores de cabeza fortísimos. “Desayunaba, alcanzaba a llegar a la esquina de la casa y luego vomitaba. Entonces la profesora me llamaba para que lo recogiera porque no se aguantaba el dolor”, cuenta Elsa, su mamá.

Fue un mes después de la Primera Comunión de Asdrúbal, que Elsa se preocupó realmente por su estatura. “No había cumplido los 10 años y al mes de la ceremonia los zapatos y la ropa que le habíamos comprado ya no le quedaban”, dice.  

Los médicos preguntaron por la altura del papá y de nuevo, todos coincidieron en que era cuestión de herencia. Sin embargo, para los dolores de cabeza no tenían respuesta. Un médico llegó a decir que el problema se debía a su gusto por la leche. Elsa, angustiada, lo purgó.

- Los dolores de cabeza me doblaban y lo único que me quitaba el dolor era el Postan 500, dice.

Ante tanta incertidumbre, no pudo regresar a clases y le organizaron un sofá en la sala para que se acostara durante el día. Así se le fue la niñez. No pudo jugar. Ni salir. No le gustaba que prendieran la luz, ni que le hablaran fuerte. Pasó por muchos exámenes que no arrojaron ningún resultado. Nada. Nada pasaba con Asdrúbal pero él seguía creciendo y teniendo esos fuertes dolores de cabeza.

El baloncesto, un sueño

A finales de 2009, cuando Asdrúbal regresaba de participar en un programa de televisión en Bogotá, se enteró por una azafata que el copiloto del avión en que viajaba era John Probst, su amigo de infancia. El reencuentro fue emotivo. John pasó de ser un jugador de baloncesto a un piloto de Avianca. Y si alguien compartió con Asdrúbal su crecimiento desmesurado, fue él.

John conoció a Asdrúbal cuando tenía 10 años y aunque le llevaba seis, pronto se convirtió en su amigo porque él también era muy alto. “Encontramos en la altura una excusa para convertirnos en buenos amigos”, dice John, que mide 1,93 metros. Y pronto empezaron a jugar baloncesto.

Por fin, los médicos detectaron que Asdrúbal tenía un tumor en la hipófisis, la hormona del crecimiento, así que a los 11 años lo operaron y todo pareció volver a la normalidad.

“En ese tiempo, él medía 1,90 y yo 1,93, pero le llevaba seis años más. Para donde iba John iba Asdrúbal. Lo adopté como si fuera mi hermano, pasábamos juntos mucho tiempo y yo creo que él sentía que había otra persona, cercana, igual a él”, dice.

Para John y Asdrúbal, ser tan altos no fue un problema. El baloncesto se convirtió en su mundo. John fue jugador profesional pero Asdrúbal no pudo lograrlo aunque recibió ofertas para jugar en los Estados Unidos. El motivo es sencillo pero también doloroso: luego de la operación los cuidados se intensificaron y su doctor terminó prohibiéndole jugar por miedo a que se golpeara la cabeza.

A los 16 años, como Asdrúbal siguió creciendo aceleradamente, le hicieron otra cirugía para terminar de extirparle el tumor. Para ese entonces ya medía 2,10 metros y había superado de lejos, a todos sus amigos. “Pensábamos en cómo subirnos a un bus, a un taxi y también en las mujeres, pero como vivíamos en medio de jugadores de baloncesto, las mujeres también eran altas”, recuerda John.

Al grupo de amigos se unió Jorge Iván Moreno, otro bumangués que jugó en la Selección Colombia de Baloncesto y que mide 2,10 metros. “Nos sentíamos en nuestro mundo, nosotros éramos los normales y los anormales estaban del otro lado”, dice el piloto.

Les alentaba pensar que Asdrúbal, algún día, tenía que parar de crecer. “Hablábamos en medio de risas sobre la posibilidad de comprar una camioneta cuando él ya no pudiera subirse a los buses. Con frecuencia, cuando nos montábamos en un taxi, yo iba adelante con las piernas encogidas y Asdrúbal atrás, ocupando todo el espacio. La gente nos miraba como diciendo “¿estos de dónde salieron?””.

Ser adulto

Tal vez de esa época le quedó el gusto por vestirse como deportista. Camisas gigantes, talla XXXL, pantalones gigantes, gorras. Hoy, eso también tiene que ver con su pasión por el Hip Hop. Asdrúbal hace parte de un grupo que se llama Zona Cuarta, que agrupa a amigos de infancia que se reúnen todos los domingos a bailar. Ensayan en un salón comunal y son buenos; incluso los invitan a fiestas y eventos. “No bailo igual que ellos pero ahí se hace el esfuerzo”, dice Asdrúbal.

Su ropa tiene un toque característico porque por su tamaño no se encuentra en ningún almacén. Así que Asdrúbal cuenta con dos modistas, una que vive en su barrio y la otra es una hermana que se encarga de las pantalonetas. En el caso de los zapatos, el último año ha sido como ganarse la lotería. Le regalaron dos pares porque sus dueños, vendedores de calzado, lo vieron en la calle y no se aguantaron las ganas.

Pero no todo ha sido color de rosa para Asdrúbal. Al contrario, su salud es débil y su altura sigue aumentando, lo que le impide, por ejemplo, tener un trabajo estable. “Se me abren muchas puertas porque los amigos me sobran. Pero hay otras que necesito que se me abran y no ha sucedido. Yo tengo mis propios gastos y a mi edad no puedo seguir contando con el dinero de mi papá y mi mamá”.

Hace poco una señora le dio un empleo en una zapatería, pero al segundo día lo abandonó porque se golpeó con un ventilador de techo. Se asustó. También lo contrataron en un almacén para trabajar en la bodega y no funcionó porque se cansaba con facilidad. “A él le va tocar tener su propio negocio, así sea una venta de minutos”, es la sentencia de doña Elsa. Asdrúbal es más optimista y piensa en un cibercafé.

Ahora va a controles médicos con un endocrinólogo y toma dos clases de vitaminas que, dice, le espantan el sueño y el aburrimiento. Tiene ilusión de viajar a Cuba desde que un abogado le contó que allá podían darle otra opinión, que tal vez, en esa isla de la que no sabe nada, podían lograr que dejara de crecer.

Mientras intenta encontrar un trabajo y buscar respuestas médicas a su crecimiento, la gente, entusiasta, lo sigue considerando un hombre famoso. Por eso cada nuevo día vuelven a pararlo en la calle, lo miden y le preguntan lo mismo de siempre, muchas veces sin escrúpulos y con mala intención. Asdrúbal no puede ocultar su cansancio. “Imagínese, si el hombre más alto del mundo mide 2,47 metros, sólo me faltan 19 centímetros para alcanzarlo”. Entonces trata de calcular la medida con su propia mano. “No creo que en Colombia alguien me supere”.

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