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Yo sobreviví a un ataque homofóbico | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-06-06 03:35:28

Yo sobreviví a un ataque homofóbico

Pablo, Jorge y Diego* fueron atacados el pasado 18 de mayo mientras estaban sentados en una acera, a la salida de una discoteca Lgbt (lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas). Pablo, docente de un colegio, asegura que el ataque fue provocado por la homofobia de unos agentes de Policía, quienes los amenazaron y golpearon. La denuncia ya fue interpuesta en la Fiscalía. Testimonio.
Yo sobreviví a un ataque homofóbico

Justo un momento antes de que un policía me diera el primer golpe, la noche había trascurrido bastante normal para los tres.

Jorge, Diego y yo habíamos salido a las 3:00 de la madrugada de una discoteca gay en la zona rosa. Ya no había música y las luces dentro del local estaban encendidas. El dueño del lugar estaba afuera y aún varias personas salían; caminaban dispersas por la carrera 33.

Nos sentamos como muchas otras veces en la acera frente al local, para fumar un cigarrillo antes de irnos a casa.

La noche estaba fría. Habíamos bailado y no estábamos ebrios. Apenas tomamos tres cervezas porque había que cuidar el bolsillo y estábamos en plan austero.

Jorge y Diego hablaban mientras yo veía hacia un punto más adelante, donde uno de los dos había parqueado la motocicleta. Aproveché para dar un sorbo a  la cerveza que había comprado adentro y que estaba por la mitad.  

-Se me van.
Un policía, a pie, nos increpó. No tenía gestos en el rostro, sólo nos miraba y movía su bolillo hacia los lados.
Ninguno tenía ganas de discutir. Diego y Jorge se quedaron callados. Sin pensarlo mucho pero tranquilo, le respondí que sí, que en un momento nos íbamos. Me fumaba el cigarrillo y ya.
-Aquí no pueden tomar.
El policía dirigió la vista hacia mi vaso de cerveza. No quería problemas. Suspiré resignado y derramé el contenido en la calle. Me quedé con el vaso y también, con una espina atravesada en la garganta.
El policía me miraba.
-Se me van.
Lo miré, ya no tan sereno. ¿Por qué teníamos que irnos? No estábamos haciendo nada malo, nada que otras personas no hicieran, nada que yo no hubiera hecho antes. Entonces, la espina que se me había atravesado se incrustó aún más.
-¿Y por qué tenemos que irnos?
-Porque yo lo digo. Ustedes son ciudadanos de un Estado de Derecho y tienen que cumplir la ley.
¿Cuál ley me obligaba a irme a mi casa inmediatamente, si sólo fumaba un cigarrillo?
Soy una persona racional. No soy violento ni tenía, en ese momento, intención de serlo. Quise razonar con él, saber cuál era la causa de su insistencia.
-¿Es que hay toque de queda?
-Se me van porque yo lo digo.
Suspiré indignado. “¡Porque yo lo digo!”. Pero antes de que pudiera pensar en una respuesta, otro policía se acercó a Diego y le lanzó pimienta en la cara. No era gas. Era un polvo que logró ponerle los ojos rojos y que llegó a salpicarme a mí también.
Jorge se había alejado un poco durante la discusión y había estado tranquilo en su lugar hasta que Diego empezó a toser. Entonces se acercó a él para tratar de ayudarlo: Diego sufre de asma y la pimienta obstruía sus vías respiratorias.   
Me puse nervioso. No había visto al otro policía llegar por detrás de nosotros. No se me ocurrió otra cosa que tomar mi teléfono celular y fingir que llamaba a mi abogado.
Quizá no venga al caso pero recomiendo, después de los 25, conseguir un abogado si eres gay. Será necesario en algún momento.
Conozco mis derechos y aunque no me había sucedido antes, recordé que en casos de agresión de la autoridad, es importante conocer el apellido del agente en el momento de instaurar una queja.
-Déme su apellido para poner la denuncia.
Lo alerté. Y, por supuesto, el policía se fue. Giré mi rostro para ver el apellido de quien nos había atacado por la espalda pero se cubrió y echó a andar hacia atrás.
Divisé un camión que avanzaba por la vía. No entendí lo que pasaba. Se bajaron unos veinte agentes que se aproximaban con sus bolillos. Fue lo único que vi. En segundos estaban sobre nosotros, nos golpeaban, nos gritaban “malditos ***s”.   
Sólo sentía dolor. En los brazos, en la espalda. Finalmente, después de varios minutos los golpes cesaron.
Por un momento pensé que había pasado todo, pero para mi desconcierto nos empujaban hacia el camión.
Jorge forcejeó con quien se llevaba a Diego. Fue inútil. A los tres nos subieron.
El camión avanzó por la vía. Tuve miedo. “Malditos ***s”, volvieron a gritarnos, “los vamos a dejar en el Norte a cada uno por separado”. No sabía qué esperar. Ya no distinguía entre el dolor de los golpes, las amenazas y la incertidumbre.
Pero algo pasó. De repente, el camión se detuvo y uno de los agentes nos ordenó bajarnos. Era el sector de la Universidad Cooperativa de Colombia. Estaba totalmente solo.
Nos sentamos en el piso, resentidos por los golpes. El camión se perdió inmediatamente de vista. Diego estaba bastante afectado todavía por la pimienta y Jorge se bajó en estado de ‘shock’, impresionado.
Tomamos un taxi para la clínica. Le contamos lo sucedió al médico que nos atendió y aunque no quiso escribirlo en su informe, también se sintió afectado por la pimienta.
No sé por qué nos dejaron ir, pero el dueño de la discoteca le contó después a uno de mis amigos que un agente motorizado había llegado al lugar y éste le había contado del ataque. Él asegura que el agente hizo una llamada por radio-teléfono y luego se marchó.
Me bañé varias veces al llegar a casa y al día siguiente todavía me ardían los ojos.
Diego es amigo de los integrantes del Grupo de Estudios de Género y Sexualidad. Lo llamé para que me ayudara a contactarlos y contarles lo que había sucedido. Quería saber si se podía interponer una demanda.
Ellos ubicaron a una abogada del Centro de Derechos Humanos y Litigio Internacional, Cedhul, Ángela Espinosa, quien nos asesoró durante todo el proceso de demanda.
Diego y Jorge también se decidieron a demandar y dos integrantes del Grupo de Estudios de Género y  Sexualidad nos acompañaron a la Fiscalía. Era lunes festivo. Sólo había una funcionaria a cargo de recibir las denuncias.    
-No les aseguro que los pueda atender hoy, pero si quieren esperar…
La abogada nos sugirió hacerlo. Durante cuatro horas estuvimos sentados en las escaleras mientras esperábamos. Alrededor de las seis de la tarde pude entrar a poner la denuncia. Fue como un desahogo.
Al salir, mis amigos, los jóvenes del grupo y la abogada, me esperaban.
¿Y ahora?
El siguiente paso sería interponer la denuncia en la Procuraduría.
Afortunadamente, no tuve lesiones mayores y los golpes con el tiempo desaparecen.
En cierto modo, puedo decir que sobreviví a un ataque homofóbico.
La humillación se queda conmigo, pero con la demanda, defiendo mis derechos. Lamentablemente y aunque no hay cifras actualizadas, 67 personas murieron en Colombia en 2007, según cifras de la ong Colombia Diversa, debido la rabia incontenible que despierta en algunos las orientaciones sexuales diversas.  

Hablan las autoridades

El mayor Nelson Rodrigo Sepúlveda, comandante de la Policía Comunitaria de Bucaramanga, aseguró a una periodista de este diario que lamenta la situación que se presentó, sobre todo, porque es como dar marcha atrás en el trabajo que ya han adelantado con la población Lgbt.

“Cuando se presentan estos casos de agresión a cualquier ciudadano y especialmente a la población Lgbt, pueden presentar su queja en la oficina de atención al ciudadano, en el comando, e inmediatamente pasa a un organismo integrado por el comandante, subcomandante, defensores de derechos humanos, donde se analiza el caso y se establece si se adelanta una investigación disciplinaria o se compulsan copias para adelantar una investigación penal”.

El viernes pasado, llegó un correo electrónico al Grupo de Estudios de Género y Sexualidad, donde se señala que “teniendo encuentra los hechos ocurridos el día 17-05-10 en el que están implicados algunos uniformados de la Policía Nacional que agredieron física y verbalmente a un grupo Lgbt, el Comité en pleno encontró meritos para encausarla en los medios correctivos”.

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