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La Isla Negra de Pablo Neruda | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-06-12 02:27:47

La Isla Negra de Pablo Neruda

Nos acercamos a Isla Negra, la casa de playa de Pablo Neruda. Allí se ve clara la sintonía que mantenía él con la naturaleza y que le daba el privilegio de interpretarla, sacándole los versos más bellos y sonoros, como los veinte poemas de amor que le dedicó a Matilde Urrutia y que seguramente los pescó a la orilla del mar. Esa casa merece un capítulo especial.
La Isla Negra de Pablo Neruda

Bien nos imaginamos que cuando Pablo Neruda llegó a ese sitio, por allá en 1.937, quedó enamorado de las olas más bellas que se pueden ver creo yo, en el mundo, pues ese concierto que se establece allí no aparece en parte alguna, cuando empieza la danza desde el centro del mar y luego avanza y se va colando, acercándose hasta nosotros para dejarnos ver un color verde profundo, y se impulsa y, vuela para que entre la luz y lo destiña un tanto y, continuar luego su curso en gruesas espumas como si se destaparan muchas botellas de champaña y su espuma se va sobre las rocas de la playa, bañándolas con un duchazo frío y cortante. Por eso diría, que “La costa salvaje de Isla Negra, con el tumultuoso movimiento oceánico, me permitía entregarme con pasión a la empresa de mi nuevo canto”. El canto general. ¿Pero así quién no.? Y luego en su libro Una casa en la arena, añadiría:

“Era a media tarde. Cuando llegamos a caballo por aquellas soledades ... Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba ... Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos …” Ya para 1.943, cuando este cronista acababa de hacer la primera comunión, el arquitecto catalán Germán Rodríguez Arias le fue construyendo su casa a la manera del poeta, siempre buscando la forma del barco, del cual sería ahí sí , su más intrépido capitán, porque el mar de veras, le daba pánico. Primero se construyó una torre, que es la que se ve de entrada, desde la playa. Y allí, una sala de estar con sus mascarones de proa que vuelan entorno a las sillas que se ordenan en el centro de la sala y que parten la mirada hacia una quilla que las mira hacia abajo.

Y si seguimos hacia más adentro, llegaremos al dormitorio que nos fascinó en su elementalidad y en su esencialidad, pues la cama está tirada allí únicamente para ver el mar. Seguramente el poeta, luego de inundarse con un par de piscos sour o de whisky escocés, se recostaba en ella, y dejaba que la imaginación y la realidad se confundieran para ver eternamente el rompimiento de las olas contra las rocas. Allí se fundían el mar y él, no importa el pánico que le inspiraba. Por eso también diría: “El océano Pacífico se salía del mapa. No había dónde ponerlo. Era tan grande, tan desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana”.

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