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Yo también fui armamentista | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-06-26 05:30:09

Yo también fui armamentista

Yo también fui armamentista

Cualquier ofensa de un borracho a mi partido, y eran habituales, la recibía como algo personal. Pálido y sin poder disimular mi turbación, me convertía en blanco de miradas socarronas y comentarios a media voz que aumentaban aun más mi recelo y mi aislamiento social.

No salía sino a lo de mi deber y a tomar de vez en cuando un tinto al café, siempre con la compañía de algún libro que simulaba leer. Seguramente esa no era buena forma para entablar alguna amistad. Debían catalogarme como engreído y raro, además de liberal. Odiosa mezcla, debía parecerles, difícil de tragar. Así lo reconozco ahora, pero entonces era otra situación, además de que tenía estropeado el sentido del humor. Temía que me mataran, como a tantos en el país. No tenía en quién confiar, mucho menos en la autoridad. Necesitaba armarme para mi defensa personal, pero ¿quién podría venderle un arma a un liberal? Sería traición a su sacrosanto partido y hasta causal de excomunión. En mucho secreto y bajo juramento de reserva un carpintero tuerto a quien había curado una venérea accedió a venderme un 38, como favor especial. El artefacto me costó lo de mis dos primeros meses de sueldo. Con el revólver bajo la pretina desaparecieron mis temores; hasta intrépido me sentí, a grado tal que una noche de luna llena cuando ya todos dormían salí a pasear por la plaza principal. Iba embelesado en la contemplación del firmamento cuando creí oír pasos distintos a los míos. Me detuve sobresaltado. ¿Quién será? El ruido de los pasos continuó. Aceleré. El que me seguía también. Crucé en otro sentido para asegurarme de que en realidad me perseguía. El desconocido cruzó también. No cabía duda: Iba por mí. ¿Y para qué más podría ser sino para matarme? Pensé en correr. Un resto de orgullo me lo impidió, además de que las piernas casi no me obedecían ya. En ese momento supremo de angustia recordé que iba armado. ¡Bendito Dios!

Se me vinieron a la cabeza muchos dichos que había oído al azar: “Es muy triste ver un muerto armado”, “la mejor defensa es el ataque”, “el que pega primero pega dos veces”.  No tuve tiempo de pensar, mi enemigo me alcanzaba ya. La mano me temblaba al empuñar el arma, mi sudor la hacía resbalar. Jamás había disparado en mi vida, sería la primera vez.

Aguardé todavía unos segundos, una eternidad. Por fin, cuando lo tenía a pocos pasos disparé; a esa distancia no podía fallar. En ese preciso momento tuve conciencia de la gravedad de mi acto y agonicé. Era tarde para arrepentimientos. La bala no se podría ya detener. A punto de desmayarme escuché una voz muy lejana que me decía con timidez: “Perdone, ¿Es usté el dotor Jranco? Es que lo necesito pa’ que me vaya a ver a mi mujer”

Lo abracé agradecido de que estuviera vivo. También para sostenerme y no caer. Aún me horrorizo de pensar en la tragedia que habría ocurrido si el carpintero tuerto me hubiera vendido un revólver de verdad.

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