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El hombre de las cabras | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-06-27 05:00:00

El hombre de las cabras

Esta semana muri√≥ Don Juan Jos√© Rodr√≠guez, lo conoc√≠amos como el hombre de las cabras. Un infarto fulminante lo dej√≥ tendido a los 84 a√Īos; nada pudo derrotarlo sino su coraz√≥n. Uno se parece a lo que hace, √©l mismo era un caprino. Caprino de la especie caprina, del lat√≠n caprinus y del italiano capriccio, caprichoso, antojadizo.
El hombre de las cabras

No existe animal m√°s tozudo, caprichoso, que los cabros. As√≠ era √©l, como sus propios cabros, persistente hasta la necedad, con tal de conseguir su objetivo. Se empe√Ī√≥ en desarrollar la capricultura en confinamiento, contra la tradici√≥n en el pa√≠s que aconsejaba su desarrollo en apriscos montaraces, en las bre√Īas de espinos y cactus, en los riscos inh√≥spitos del Chicamocha o en las arenas ardientes de la Guajira. √Čl se empe√Ī√≥ en cambiar esa ancestral cultura en el pa√≠s.

Observador como era, quiso darles a las cabras un ambiente parecido al que tenían en la capricultura extensiva. Compró entonces en Zapatoca una cuadra rocosa en la zona urbana, a la que nadie le veía utilidad. Allí, entre las rocas construyó el aprisco y su casa, lo más parecido al ambiente agreste en el que vivían las cabras montaraces. Las cabras se fueron adaptando, haciendo malabares y cabriolas en las empinadas y filosas rocas de ese artificio creado por Don Juan Rodríguez. Luego fue cruzando sus cabras criollas con razas nobles de mayor producción lechera. Solicitó asistencia al Sena y allí, con Jorge Rodríguez y el equipo de instructores holandeses, fue adquiriendo destreza en salud animal y nutrición.

Otro enamorado de la capricultura, el veterinario Pedro Salazar, termin√≥ de pulirlo en la gen√©tica caprina hasta llegar a ser una biblia en esos campos. Pero la importancia de Juan Rodr√≠guez no est√° en lo que sab√≠a de este bello y caprichoso animal, sino en su personalidad de viejo sabio y fil√≥sofo. Para √©l la amistad era un precioso tesoro. La enriquec√≠a ense√Īando lo que sab√≠a sin ego√≠smo, guardaba en los bolsillos semillas para todos sus amigos, cre√≠a engrandecer ese concepto con el nacimiento de un √°rbol. A mi me regal√≥ un libro precioso sobre el Almendro y el Arce. En los √ļltimos a√Īos fue perdiendo el o√≠do y en sus visitas a mi casa los domingos habl√°bamos a gritos, por lo que los vecinos cre√≠an que discut√≠amos sobre pol√≠tica o sobre el origen luciferino de los cabros.
Desiderio, su fiel escudero, una especie de Sancho Panza, lo acompa√Īaba despu√©s de orde√Īar las cabras y racionarlas, le amplificaba al o√≠do lo que le dec√≠an.

Don Juan contestaba cosa distinta. En fin, era divertido o√≠rlo relatar historias de cuando fue empleado de la Colombiana de Tabacos, entre cosecheros de tabaco, de las tabaqueras que alisaban las hojas de capa en las piernas, que era donde estaba el aroma y de las r√ļsticas cabras ciegas vagando por los cerros, debido a los puyonzazos en los ojos por la temible guas√°bara. Con Do√Īa Ana √Āvila conform√≥ una numerosa y bella familia de siete hijos. Una de sus nietas, Luna, la recuerdo como una ni√Īa muy bella e inteligente que logr√≥ que las cabras de su abuelo la imitaran saltando y haciendo moner√≠as en las peligrosas rocas. Fue Don Juan Rodr√≠guez un personaje inolvidable.
Paz en su tumba.

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