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Carrera 16, la vecindad que se resiste al cambio | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-07-25 18:12:14

Carrera 16, la vecindad que se resiste al cambio

Más de una década estuvo cerrada la carrera 16, entre calles 30 y 34. Pronto, al parecer, vuelve a servir de corredor vial para vehículos particulares en sentido norte – sur, con el fin de mejorar el tráfico de la ciudad. Vanguardia Liberal hizo un recorrido por esta caótica zona y encontró un territorio de diversos matices, un mundo que todos los transeúntes y conductores evitan, pero que es obligatorio por encontrarse en el corazón de la capital santandereana.
Carrera 16, la vecindad que se resiste al cambio

Cambiar la cara de la ciudad parece ser una preocupación primordial de la administración actual.

Se habla de la entrada de modernos buses del sistema de transporte masivo, de la construcción de flamantes ciudadelas de altos edificios, del diseño de grandes intercambiadores en zonas como la Quebradaseca y de sacar vendedores ambulantes de las vías y agruparlos en centros comerciales.

Sin embargo, para los habitantes y comerciantes de las calles 30 hasta la 34 sobre la carrera 16, el cambio no es tan fácil como se proyecta en el papel, pues “a los políticos se les ha olvidado que aquí crecimos, vivimos, comemos, trabajamos y esperamos seguir viviendo”, aseguran algunos de sus habitantes.

Vanguardia Liberal hizo varios recorridos por la zona e indagó a comerciantes, vendedoras ambulantes, transeúntes y hasta trabajadoras sexuales sobre lo que piensan del lugar y los cambios que se avecinan.

Entre malos tragos, residencias y hombres

Amanda*, una mujer de 60 años, se ríe al afirmar que desde que tiene uso de razón es prostituta.

Desde muy niña recuerda que fue testigo del crecimiento de la ciudad desde esa zona. Cuenta que veía la llegada de grandes camiones que descargaban café en sacos y que los campesinos descendían y buscaban hospedajes baratos para la noche. “Así conocí la chicha y el guarapo. Ahora nadie lo sabe hacer”, comenta y se ríe.

Su vida siempre ha estado entre las residencias (en las que se paga hasta $3.000 por una noche), las calles malolientes que rodean el Centro Metropolitano de Mercadeo, una que otra copa de aguardiente  y la competencia femenina.

“De un tiempo para acá ha llegado tanta ‘putica’ que el negocio está quebrando. A eso súmele la tropa de policías que llega y hace batidas por las drogas. Claro que siempre se las llevan porque son muy viciosas”, cuenta Amanda*.

Desde hace muchos años han querido sacarla a ella y a sus compañera de las calles argumentando que la ciudad se debe limpiar para que la gente frecuente y conozca el centro, pero ni la ubicación de un CAI (que ya fue derribado), ni los operativos de las autoridades, ni la conocida ‘mano negra’,  han logrado borrarlas de estas calles.

Mientras llega el momento, Amanda* busca mejorar la tarifa a sus clientes, pero como ella afirma, tan poco se puede dar tan barato. “Los hombres que vienen acá tienen con qué pagar. Lo que pasa es que se hacen los vivos. Además, $10.000 ó $12.000 es bueno”, añade.

Varias trabajadoras sexuales conocidas de Amanda* coinciden en que la zona es un despelote. “En campaña nos prometen todo, y nada. Somos los últimos en enterarnos y así, dígame, ¿quién puede cambiar?”, asegura la mujer.

“Creo que me voy a morir en medio de borrachos, de *** y de mercado barato. Lo digo abiertamente porque es una realidad”, sentencia.  

El vendedor sin tierra

Si el mundo de la prostitución de las calles 31 hasta la  34 sobre la carrera 16 no siente ni ve el cambio social y urbanístico, menos lo notan los vendedores ambulantes, quienes saben que tienen mercancías para ofrecer, pero nunca tienen claro en dónde.

A esta situación se le añaden las peleas con los policías, los miembros de Espacio Público de la Alcaldía, los delincuentes y los problemas por ’las mafias de los andenes’ (grupos de personas que cobran el arriendo de un pedazo del andén o calle).
Todo en medio de un ambiente nada agradable para el transeúnte, pues aunque predomine el olor ácido, el aroma a fruta fresca, especialmente en la mañana, al final del día es otra cosa.

“Vender entre la ‘pichera’ es jodido”, asegura Juan del Cristo, un hombre que tiene una carreta de frutas y que tradicionalmente se parquea en la calle 34 entre carreras 15 y 16.

Y cómo no, los olores almacenados en charcos, alcantarillas y rincones de la fachada del antiguo pabellón de carne, se despiertan y más en temporada de lluvia.

Huele a humedad, a desechos de indigentes y alimentos descompuestos. El ambiente es amargo.

Tal vez por el colorido de los alimentos, las hierbas y la ropa que los vendedores ambulantes ofertan (muchas veces a muy bajos precios), a los transeúntes se les olvida que pisan charcos con aguas negras, que caminan sobre cáscaras de naranja o banano arriesgándose a resbalar, que no pueden ir por el anden sino por la vía por la falta de espacio y que alguien, a lo mejor, les “viene haciendo la cacería para sacarles algo. Eso acá hay de todo”, asegura Juan.

“Estoy de acuerdo con la reubicación, con todos los planes que piensan para esta zona, pero nunca nos cuentan las cosas completas, siempre es con mentiras y por eso la gente no hace caso”, añade este hombre.

Como él, un grupo de aproximadamente mil 500 personas, entre hombres, mujeres y niños, se ganan el sustento en esta zona vendiendo frutas y verduras, ropa interior, accesorios para mujer y otra clase de pequeños artículos.

Ahora la preocupación aumenta, pues la apertura de la carrera 16 hasta la Quebradaseca los dejará sin espacio para vender. “Hay más control de las autoridades, situación que no sólo nos puede dejar sin empleo sino que nos expone a perder lo poco que invertimos en la compra de mercancía”, asegura Juan.

Todos los días los vendedores de esta zona enfrentan un panorama distinto. “La gente cree que nos hacemos ricos con lo que vendemos y no es así. Hay días en que se pasa en blanco y no conseguimos ni para los hijos. El remedio de todo tal vez sería que nos dejaran como estamos”, concluye este hombre.

Una historia sin fin
Sea dentro de lugares cubiertos, dentro de tiendas o al aire libre, esta zona siempre ha sido un punto de encuentro del comercio formal e informal. Según el historiador y sociólogo Emilio Arenas, antes de 1900 sólo existían potreros y pocos alojamientos para los campesinos que llegaban de paso.

Después de ese año y por el intercambio de productos, se fundaron chicherías, guaraperías y prostíbulos.

“La imagen del lugar se  intentó cambiar cuando decidieron construir un mercado cubierto. Pero eso incentivó más el mercado informal, el movimiento de vehículos y personas especialmente hacia la carrera 15”, asegura Arenas.

Para este historiador la llegada del automotor  fue decisiva en el crecimiento de la zona. “No hay que olvidar que Copetrán y otras empresas de transporte intermunicipal se ubicaron en el Parque Centenario para crear la primera central de transporte de la ciudad. Por eso floreció lo que hoy se conoce como residencias de mala muerte. Además, se instalaron peluquerías de  homosexuales y muchas de las casas se convirtieron en expendios de droga”, explicó Arenas.

A pesar de que la zona se vea como algo deprimido y sin futuro, Emilio Arenas cree que no todo está perdido y que la Administración Municipal debe apostarle a la recuperación del sector pero trabajando con la gente.

“Hay dos frentes, Metrolínea que significa innovación en la zona y el Centro Cultural del Oriente. Si estos dos proyectos no logran sanear la problemática con trabajo urbanístico y social, nada va a cambiar”, asegura el historiador.
Finalmente, añade Emilio Arenas: “se deben acabar los terminales ilegales o ‘piratas’ que existan”.

El que paga impuestos y su lidia

Para Carlos Gómez* su lucha diaria no se da sólo con el pago de impuestos, la venta de mercancía, el pago de facturas y la delincuencia. Se da con los vendedores ambulantes, a quienes tiene que espantar todos los días de la puerta de su negocio formal.

Es dueño de un granero ubicado entre las calles 33 y 34, en plena vía peatonal, al que la gente del sector y de tiendas de distintos barrios acude buscando mejores precios.

Él, como otros comerciantes de la zona, no ve mal los cambios en las vías y la recuperación del lugar. A diferencia de Amanda* y Juan del Cristo, espera que lleguen pronto.

“No es un secreto que la zona es peligrosa, pero también hay gente sana y trabajadora como los dueños de locales. Con la apertura de la calle nos ha visitado más la Policía y eso ya es ganancia”, explica el comerciante.
Sin embargo, su experiencia en la zona lidiando con atracadores, indigentes, prostitutas y uno que otro estafador, también lo hace desconfiar.

“Esta calle desde 1998 es peatonal, es angosta y colonial. La recuperación que logramos fue bastante. Si esto no se maneja bien a lo mejor empeoremos”, añade.

Desde el negocio de Carlos Gómez* se puede apreciar entre las calles 31 y 34 una ciudad que conserva un patrimonio cultural que se resiste a desaparecer a pesar de la modernidad.

El lugar ha soportado el abandono, el cambio de generaciones y el comercio tradicional. Pero, ¿hasta cuándo?
Por algunos momentos se tiene la sensación de estar recorriendo la zona céntrica de un pueblo típico santandereano, con almacenes que ofertan productos para el campo, abono, insecticidas y sillas para montar caballos; productos de ferretería, mangueras especializadas para el riego y hasta ventas de escobas de paja, cazuelas de barro y sillas de madera.

Sus propietarios sentados en butacas o mecedoras esperan que los clientes lleguen, mientras departen con otros comerciantes sobre la situación del país y los muertos que aparecen en los diarios locales.  

Pero al cambiar de andén, a pocos metros de donde se ubicaba el CAI, el paisaje cobra otra imagen.

Tiendas con mesas tupidas de botellas de cerveza y aguardiente de $2.000; hombres cuyos cuerpos prácticamente inertes se escurren de las sillas sin importar la hora del día; mujeres robustas de poca cintura, grandes pechos y ropas ajustadas, que los besan, se sientan en sus piernas y les dicen secretos al oído.

También hay jóvenes pegados a grandes tarros de pegante, cuyos rostros sor indescriptibles por el mugre, los golpes y el maltrato de la calle.

De vez en cuando llega el olor a bazuco o marihuana, que junto con el olor a aguas negras se camufla y pasa desapercibido.

“Todos hemos convivido así durante muchos años y nadie hace nada. Lo que pasa es que la gente como no conoce pues le parece raro, pero para todos esto es más normal”, añade Carlos Gómez.

*Nombres cambiados por petición de las fuentes.

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