Vie Dic 9 2016
20ºC
Actualizado 09:18 pm

Carrera 16, la vecindad que se resiste al cambio | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-07-25 18:12:14

Carrera 16, la vecindad que se resiste al cambio

M√°s de una d√©cada estuvo cerrada la carrera 16, entre calles 30 y 34. Pronto, al parecer, vuelve a servir de corredor vial para veh√≠culos particulares en sentido norte ¬Ė sur, con el fin de mejorar el tr√°fico de la ciudad. Vanguardia Liberal hizo un recorrido por esta ca√≥tica zona y encontr√≥ un territorio de diversos matices, un mundo que todos los transe√ļntes y conductores evitan, pero que es obligatorio por encontrarse en el coraz√≥n de la capital santandereana.
Carrera 16, la vecindad que se resiste al cambio

Cambiar la cara de la ciudad parece ser una preocupación primordial de la administración actual.

Se habla de la entrada de modernos buses del sistema de transporte masivo, de la construcci√≥n de flamantes ciudadelas de altos edificios, del dise√Īo de grandes intercambiadores en zonas como la Quebradaseca y de sacar vendedores ambulantes de las v√≠as y agruparlos en centros comerciales.

Sin embargo, para los habitantes y comerciantes de las calles 30 hasta la 34 sobre la carrera 16, el cambio no es tan f√°cil como se proyecta en el papel, pues ¬ďa los pol√≠ticos se les ha olvidado que aqu√≠ crecimos, vivimos, comemos, trabajamos y esperamos seguir viviendo¬Ē, aseguran algunos de sus habitantes.

Vanguardia Liberal hizo varios recorridos por la zona e indag√≥ a comerciantes, vendedoras ambulantes, transe√ļntes y hasta trabajadoras sexuales sobre lo que piensan del lugar y los cambios que se avecinan.

Entre malos tragos, residencias y hombres

Amanda*, una mujer de 60 a√Īos, se r√≠e al afirmar que desde que tiene uso de raz√≥n es prostituta.

Desde muy ni√Īa recuerda que fue testigo del crecimiento de la ciudad desde esa zona. Cuenta que ve√≠a la llegada de grandes camiones que descargaban caf√© en sacos y que los campesinos descend√≠an y buscaban hospedajes baratos para la noche. ¬ďAs√≠ conoc√≠ la chicha y el guarapo. Ahora nadie lo sabe hacer¬Ē, comenta y se r√≠e.

Su vida siempre ha estado entre las residencias (en las que se paga hasta $3.000 por una noche), las calles malolientes que rodean el Centro Metropolitano de Mercadeo, una que otra copa de aguardiente  y la competencia femenina.

¬ďDe un tiempo para ac√° ha llegado tanta ¬Ďputica¬í que el negocio est√° quebrando. A eso s√ļmele la tropa de polic√≠as que llega y hace batidas por las drogas. Claro que siempre se las llevan porque son muy viciosas¬Ē, cuenta Amanda*.

Desde hace muchos a√Īos han querido sacarla a ella y a sus compa√Īera de las calles argumentando que la ciudad se debe limpiar para que la gente frecuente y conozca el centro, pero ni la ubicaci√≥n de un CAI (que ya fue derribado), ni los operativos de las autoridades, ni la conocida ¬Ďmano negra¬í,¬† han logrado borrarlas de estas calles.

Mientras llega el momento, Amanda* busca mejorar la tarifa a sus clientes, pero como ella afirma, tan poco se puede dar tan barato. ¬ďLos hombres que vienen ac√° tienen con qu√© pagar. Lo que pasa es que se hacen los vivos. Adem√°s, $10.000 √≥ $12.000 es bueno¬Ē, a√Īade.

Varias trabajadoras sexuales conocidas de Amanda* coinciden en que la zona es un despelote. ¬ďEn campa√Īa nos prometen todo, y nada. Somos los √ļltimos en enterarnos y as√≠, d√≠game, ¬Ņqui√©n puede cambiar?¬Ē, asegura la mujer.

¬ďCreo que me voy a morir en medio de borrachos, de *** y de mercado barato. Lo digo abiertamente porque es una realidad¬Ē, sentencia. ¬†

El vendedor sin tierra

Si el mundo de la prostitución de las calles 31 hasta la  34 sobre la carrera 16 no siente ni ve el cambio social y urbanístico, menos lo notan los vendedores ambulantes, quienes saben que tienen mercancías para ofrecer, pero nunca tienen claro en dónde.

A esta situaci√≥n se le a√Īaden las peleas con los polic√≠as, los miembros de Espacio P√ļblico de la Alcald√≠a, los delincuentes y los problemas por ¬ílas mafias de los andenes¬í (grupos de personas que cobran el arriendo de un pedazo del and√©n o calle).
Todo en medio de un ambiente nada agradable para el transe√ļnte, pues aunque predomine el olor √°cido, el aroma a fruta fresca, especialmente en la ma√Īana, al final del d√≠a es otra cosa.

¬ďVender entre la ¬Ďpichera¬í es jodido¬Ē, asegura Juan del Cristo, un hombre que tiene una carreta de frutas y que tradicionalmente se parquea en la calle 34 entre carreras 15 y 16.

Y cómo no, los olores almacenados en charcos, alcantarillas y rincones de la fachada del antiguo pabellón de carne, se despiertan y más en temporada de lluvia.

Huele a humedad, a desechos de indigentes y alimentos descompuestos. El ambiente es amargo.

Tal vez por el colorido de los alimentos, las hierbas y la ropa que los vendedores ambulantes ofertan (muchas veces a muy bajos precios), a los transe√ļntes se les olvida que pisan charcos con aguas negras, que caminan sobre c√°scaras de naranja o banano arriesg√°ndose a resbalar, que no pueden ir por el anden sino por la v√≠a por la falta de espacio y que alguien, a lo mejor, les ¬ďviene haciendo la cacer√≠a para sacarles algo. Eso ac√° hay de todo¬Ē, asegura Juan.

¬ďEstoy de acuerdo con la reubicaci√≥n, con todos los planes que piensan para esta zona, pero nunca nos cuentan las cosas completas, siempre es con mentiras y por eso la gente no hace caso¬Ē, a√Īade este hombre.

Como √©l, un grupo de aproximadamente mil 500 personas, entre hombres, mujeres y ni√Īos, se ganan el sustento en esta zona vendiendo frutas y verduras, ropa interior, accesorios para mujer y otra clase de peque√Īos art√≠culos.

Ahora la preocupaci√≥n aumenta, pues la apertura de la carrera 16 hasta la Quebradaseca los dejar√° sin espacio para vender. ¬ďHay m√°s control de las autoridades, situaci√≥n que no s√≥lo nos puede dejar sin empleo sino que nos expone a perder lo poco que invertimos en la compra de mercanc√≠a¬Ē, asegura Juan.

Todos los d√≠as los vendedores de esta zona enfrentan un panorama distinto. ¬ďLa gente cree que nos hacemos ricos con lo que vendemos y no es as√≠. Hay d√≠as en que se pasa en blanco y no conseguimos ni para los hijos. El remedio de todo tal vez ser√≠a que nos dejaran como estamos¬Ē, concluye este hombre.

Una historia sin fin
Sea dentro de lugares cubiertos, dentro de tiendas o al aire libre, esta zona siempre ha sido un punto de encuentro del comercio formal e informal. Seg√ļn el historiador y soci√≥logo Emilio Arenas, antes de 1900 s√≥lo exist√≠an potreros y pocos alojamientos para los campesinos que llegaban de paso.

Despu√©s de ese a√Īo y por el intercambio de productos, se fundaron chicher√≠as, guaraper√≠as y prost√≠bulos.

¬ďLa imagen del lugar se¬† intent√≥ cambiar cuando decidieron construir un mercado cubierto. Pero eso incentiv√≥ m√°s el mercado informal, el movimiento de veh√≠culos y personas especialmente hacia la carrera 15¬Ē, asegura Arenas.

Para este historiador la llegada del automotor¬† fue decisiva en el crecimiento de la zona. ¬ďNo hay que olvidar que Copetr√°n y otras empresas de transporte intermunicipal se ubicaron en el Parque Centenario para crear la primera central de transporte de la ciudad. Por eso floreci√≥ lo que hoy se conoce como residencias de mala muerte. Adem√°s, se instalaron peluquer√≠as de¬† homosexuales y muchas de las casas se convirtieron en expendios de droga¬Ē, explic√≥ Arenas.

A pesar de que la zona se vea como algo deprimido y sin futuro, Emilio Arenas cree que no todo está perdido y que la Administración Municipal debe apostarle a la recuperación del sector pero trabajando con la gente.

¬ďHay dos frentes, Metrol√≠nea que significa innovaci√≥n en la zona y el Centro Cultural del Oriente. Si estos dos proyectos no logran sanear la problem√°tica con trabajo urban√≠stico y social, nada va a cambiar¬Ē, asegura el historiador.
Finalmente, a√Īade Emilio Arenas: ¬ďse deben acabar los terminales ilegales o ¬Ďpiratas¬í que existan¬Ē.

El que paga impuestos y su lidia

Para Carlos Gómez* su lucha diaria no se da sólo con el pago de impuestos, la venta de mercancía, el pago de facturas y la delincuencia. Se da con los vendedores ambulantes, a quienes tiene que espantar todos los días de la puerta de su negocio formal.

Es due√Īo de un granero ubicado entre las calles 33 y 34, en plena v√≠a peatonal, al que la gente del sector y de tiendas de distintos barrios acude buscando mejores precios.

√Čl, como otros comerciantes de la zona, no ve mal los cambios en las v√≠as y la recuperaci√≥n del lugar. A diferencia de Amanda* y Juan del Cristo, espera que lleguen pronto.

¬ďNo es un secreto que la zona es peligrosa, pero tambi√©n hay gente sana y trabajadora como los due√Īos de locales. Con la apertura de la calle nos ha visitado m√°s la Polic√≠a y eso ya es ganancia¬Ē, explica el comerciante.
Sin embargo, su experiencia en la zona lidiando con atracadores, indigentes, prostitutas y uno que otro estafador, también lo hace desconfiar.

¬ďEsta calle desde 1998 es peatonal, es angosta y colonial. La recuperaci√≥n que logramos fue bastante. Si esto no se maneja bien a lo mejor empeoremos¬Ē, a√Īade.

Desde el negocio de Carlos Gómez* se puede apreciar entre las calles 31 y 34 una ciudad que conserva un patrimonio cultural que se resiste a desaparecer a pesar de la modernidad.

El lugar ha soportado el abandono, el cambio de generaciones y el comercio tradicional. Pero, ¬Ņhasta cu√°ndo?
Por algunos momentos se tiene la sensación de estar recorriendo la zona céntrica de un pueblo típico santandereano, con almacenes que ofertan productos para el campo, abono, insecticidas y sillas para montar caballos; productos de ferretería, mangueras especializadas para el riego y hasta ventas de escobas de paja, cazuelas de barro y sillas de madera.

Sus propietarios sentados en butacas o mecedoras esperan que los clientes lleguen, mientras departen con otros comerciantes sobre la situación del país y los muertos que aparecen en los diarios locales.  

Pero al cambiar de andén, a pocos metros de donde se ubicaba el CAI, el paisaje cobra otra imagen.

Tiendas con mesas tupidas de botellas de cerveza y aguardiente de $2.000; hombres cuyos cuerpos prácticamente inertes se escurren de las sillas sin importar la hora del día; mujeres robustas de poca cintura, grandes pechos y ropas ajustadas, que los besan, se sientan en sus piernas y les dicen secretos al oído.

También hay jóvenes pegados a grandes tarros de pegante, cuyos rostros sor indescriptibles por el mugre, los golpes y el maltrato de la calle.

De vez en cuando llega el olor a bazuco o marihuana, que junto con el olor a aguas negras se camufla y pasa desapercibido.

¬ďTodos hemos convivido as√≠ durante muchos a√Īos y nadie hace nada. Lo que pasa es que la gente como no conoce pues le parece raro, pero para todos esto es m√°s normal¬Ē, a√Īade Carlos G√≥mez.

*Nombres cambiados por petición de las fuentes.

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad