Jue Dic 8 2016
20ºC
Actualizado 06:16 pm

La experiencia de vivir al ‘mínimo | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-08-01 05:00:00

La experiencia de vivir al ‘mínimo

Para sobrevivir con el salario mínimo legal mensual se necesita más que una buena calculadora.  La experiencia lleva a algunos bumangueses a convertirse en unos ‘duros’ del manejo de las finanzas familiares, a tal punto de tener entre dos o tres trabajos más, sin pensar en descansos y menos en proteger su salud.  ’
La experiencia de vivir al ‘mínimo

Esther Rueda, quien atiende una pequeña cafetería del centro, asegura que no tiene una lámpara (con genio incluido) para frotar, pedir un deseo y duplicar los billetes que cada mes les llegan en el sueldo.

Sergio Arias, quien trabaja en la zona industrial de Girón, se ríe al afirmar que ni como última opción lanzaría monedas a un pozo de los deseos para que éstas se multipliquen, pues se le descompletaría el dinero de la gasolina de la semana.

Claudia Mejía Santos* le pone más fe a la veladora que cada ocho días le enciende al ‘altísimo’ en la Catedral de Girón. Según esta mesera va a la seguro con sus súplicas al cielo.

En algo coinciden los tres y es que cada mes reciben $573.000 (sumando el subsidio de transporte), cifra también conocida en Colombia como el salario básico, que es el valor mínimo estipulado legalmente por el Gobierno Nacional, entregado cada mes a los empleados de quien los contrata.

Pero, ¿alcanza este valor para suplir las necesidades de alimentación, transporte, vivienda, salud, estudio de los hijos, salir de vacaciones y salir a divertirse los fines de semana?
Aquí también coinciden los entrevistados: “Nadie sobrevive con el salario mínimo. Esa plata es como su nombre, ‘poquita’, y el que logra hacerlo es porque no tiene hijos, no le gusta salir a tomarse unas cervecitas”, asegura Esther Rueda.

Entonces, ¿cuál es la fórmula hacer rendir el dinero? Según el grupo de ciudadanos consultados por Vanguardia Liberal hay que tener más trabajos, descansar menos y hacer cuentas. “Sólo si es necesario, pues cuando hay tan poco dinero y se cuenta, uno siente que menos alcanza”, añade Sergio Arias.

No se arrepienten de guardan una oración a la Virgen María en la cartera, no niegan que tienen un Divino Niño con iluminación artificial en algún lugar de sus casas y que cada mañana y cada noche no pueden dejar de pedir que en los lugares de trabajo los mantengan en sus puestos.

*Nombre cambiado por petición de la fuente.

En la comida es donde más se hacen sacrificios

Pan, huevos, leche, azúcar, sal, café y panela son básicos en el menú diario de cualquier familia que come en su casa.
Entran también en ese paquete lo granos como la lenteja y el fríjol, además las verduras y legumbres (papa, yuca, plátano, cebolla cabezona y tomate), la harina, la avena, el arroz, la carne, el pescado y el pollo.

A estos productos se le suman los artículos de aseo como los jabones para el baño y el lavado de la ropa, el pape higiénico, el champú, la crema de dientes, los cepillos y el desodorante.

En teoría, aseguran los entrevistados, esto sólo se tiene en la imaginación. “Usted qué prefiere: ¿oler a rico o comer huevos; usar jabón para lavadora o lavar a mano; comprar comida en restaurantes o visitar las plazas de mercado de la ciudad para conseguir lo más barato? Hay que hacer la prueba”, asegura Esther Rueda.

Si bien los precios varían en plazas, supermercados de cadena, graneros y tiendas, la tendencia es al alza según los entrevistados.

“Un mercado con lo básico (alimentos y productos mencionados anteriormente) se logra con un presupuesto entre $350.000 y $400.000 al mes. Si el mínimo es de $560.000, ¿con qué se pagan buses, colegios, cuotas de electrodomésticos y servicios?”, dijo Rueda.

Muchos escogen comer en restaurantes el conocido ‘corrientazo’ cerca a los lugares de trabajo y pedirles a sus hijos uno plato igual para que coman en la casa.

“Pagamos entre $4.000 ó $5.000 un almuerzo de estos. Alcanza bien para dos personas, especialmente si son niños. Además, uno se ahorra los $2.800 del transporte que invierte en la comida”, explica Sergio Arias.

Otros hacen la famosa ‘vaca’ con sus compañeros de trabajo y se rotan la preparación del almuerzo. Algunos llevan la popular lonchera donde el arroz nunca falta y se combina con huevo, un tomate y se hay suerte con un pedazo de salchichón.

“Cuando llego a mi casa velo porque mis hijas hayan comido. Trato de combinarles para que no se aburran muchos: aguadepanela, café negro o con un poquito de leche, limonada o té de sobre, acompañado de pan o unas galletas”, aseguró Miriam Ardila*, aseadora.

Ardila también cuenta que otro menú frecuente en su casa es lo que sus hijas no consumen al almuerzo. “Ellas lo guardan y en la noche lo calentamos. Claro está, siempre ellas son la prioridad en mi mesa”, concluye esta mujer.

El ahorro, así no se coma lo suficiente

Miriam Ardila* es una mujer de 43 años, que tiene a su cargo dos hijas adolescentes, una de 14 y otra de 16 años. Mientran una espera ingresar a una universidad pública y la otra se graduará este año como bachiller.

Una vez al año salen con su mamá de compras a la zona conocida como ‘Los Paisas’, en el centro de Bucaramanga; nunca van de fin de semana a comer helados a un parque y tampoco saben qué es un viaje de vacaciones.

Su mamá afirma que siempre ha vivido con el salario mínimo y que esa plata es sagrada para las tres. De ahí Miriam saca para darles ‘el diario’ a sus hijas ($1.000), paga la cuota de la casa ($157.000), el agua ($38.000), la luz y la mensualidad de la lavadora ($94.000), el gas ($5.000), la parabólica ($7.000) y la vigilancia ($8.000).

También paga los $2.800 de los recorridos diarios en bus y lo que le sobra lo invierte en comida: café, pan, galletas y huevos para el desayuno y las comidas de sus hijas y los almuerzos. “Sale más barato comprarlo en los restaurantes del barrio que hacer mercado”, añade.

Ella encontró en el ahorro una buena opción para sobrevivir, pero la medida resulta ser drástico, pues mientras asegura que los billetes no se esfumen sin control, arriesga su vida comiendo sólo una comida generosa en el día.

“No desayuno, ni como. Compro un almuerzo sencillo en un asadero de pollo cerca a donde trabajo (dos alas de pollo y dos papas por $2.000) y con eso me mantengo. Es suficiente”, asegura.

Sin embargo, ella cree que por su buena labor como aseadora en un edifico de la calle 35, en el centro de la ciudad, recibe recompensas.

“Muchos compañeros de trabajo me regalan un plato de sopa, una papa o me comparte un jugo. Creo que mi cuerpo ya está acostumbrado. A veces completo con aromáticas o un tinto que me fía un vendedor conocido”, explica.

Durante los fines de semana de descanso trabaja planchando, haciendo aseo o de mesera para completar sus gastos. “En eso también me va bien, pues me regalan cositas para mis hijas y para mi. La gente me estima por mi trabajo y eso me da satisfacción”, añade.

venta de sábanas y accesorios para completar lo del mes

Yamile L. trabaja en una empresa de confecciones de la ciudad como planchadora. Es madre cabeza de familia y sostiene a dos pequeños niños.

El secreto de su economía está en comprar el mercado en la plaza del barrio Zapamanga y los graneros del barrio. Asegura que todo es más económico y que también le queda cerca. “Así me ahorro lo del transporte y mis niños me pueden acompañar”, añade.

Su sitio de esparcimiento los fines de semana es el Recrear de San Bernardo. Antes iba a Cajasan porque es la caja de compensación de su lugar de trabajo, pero “el Recrear me queda más cerca a la casa y me ahorro los pasajes”, cuenta.

En promedio gasta en diversión con sus hijos $20.000 en su rato de esparcimiento, una cifra que es sagrada para ella porque es uno de los mejores momentos de la semana para su familia.

“El salario mínimo no me alcanza, pero sumar y sumar tampoco es la solución. Toca trabajar más, por eso yo me la rebusco vendiendo sábanas y accesorios a mis conocidos. Me pagan cada 15 días y eso es otra entrada”, asegura.

Sus hijos se educan en colegios públicos del barrio y por ellos paga una cuota al año de $23.000. “Antes de levantarme todos los días le pido a Dios que me de salud para sacar a mis  hijos adelante. Como ya tengo mi casita propia ahora tengo que velar por su estudio”, concluye.

De día entre tornillos, de noche entre botellas

Sergio Arias es casado, tiene a su esposa y tres hijos. Hace varios años anduvo en muchos lugares buscando un mejor sustento para su familia. Finalmente, “me cansé y entendí que cuando uno no tiene sino el bachillerato le toca hacer lo que sea. Yo decidí trabajar lavando tornillos en engrasando ejes de carros. Me va bien, pero el ‘mínimo’ no me alcanza”, añade.

Vive en Piedecuesta y su trabajo es en la zona industrial de Girón. “Se me iba el sueldo en buses así que en la empresa me dieron el chance de hacer un préstamo y comprarme una moto. Sólo ‘tanqueo’ $7.000 ó $8.000 a la semana y con esos sobrevivo”, asegura.

Sus hijos pequeños estudian en la escuela del barrio y el mayor, de 16 años, este año termina el bachillerato. “Lo voy a mandar a prestar el servicio militar haber si por allá consigue un trabajo”, agrega.

Su esposa le ayuda empleándose en casa de familiares y amigos realizando labores del hogar (lava y plancha ropa, hace aseo y cuida niños). Sergio asegura que eso es esporádico pero que sirve de mucho. En un día de trabajo ella puede conseguir $25.000, plata que les ayuda en los gastos del mercado.

“Nunca comemos carne,  ni pollo, logramos reemplazarlos por lentejas o fríjoles. No sabemos de gaseosas, de helados y de paseos. La verdad estamos pagando la cuota de la casa. Un vecino nos presta películas y el DVD los fines de semana o nos sentamos en el andén a conversar. Ese es nuestro entretenimiento”, concluye.

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad