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Temas Urbanos | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-08-10 05:00:00

Temas Urbanos

Vallejo triste.- “Si Fernando Vallejo no existiera, habría que inventárselo para que esto –la situación generalizada- no la comencemos a ver como normal”, escribió Ana Mª Cano en El Espectador y decidí leer su último libro “El don de la vida” (Ed. Alfaguara, 2.010, 162 pgs.), que resultó ser finalmente un diálogo con la muerte en un parque de Medellín, no recomendable para gente de bien, creyentes, ni para patriotas de país rosa.
Temas Urbanos

Cineasta formado en Roma en tiempos famosos del cine italiano, filósofo autor de unos 18 trabajos mayores, la mayoría escritos en México, es leído a escondidas o condenado en público sin leerlo, porque pareciera que aún se necesita permiso del confesor, como en tiempos de Vargas Vila.

Libro de nostalgias reiteradas sobre tiempos idos que lo acercan a la Pelona y de epítetos, a veces innecesarios por conocidos, contra toda institucionalidad, aquí Vallejo continúa dando muestras de ser pensador que camina entre la reflexión densa y lo panfletario. Contrario a las miradas políticas estigmatizadoras, es un derechista confeso como lo recuerda narrando un episodio policial violento, con su hermano del alma, del cual le quedó la cabeza ladeada hacia la izquierda, “pero soy de derecha” (111) afirma rápidamente; lo demuestra con su repudio a la plebe, los pobres, las luchas sociales. Es intelectual no improvisado, ilustrado, años sesenta, de los que no se fueron por la vertiente revolucionaria buscando la transformación radical del país, sino por la del hipismo individualista de rebeldía sibarita y liberadora de toda normatividad. “Soy el caos sumido en el caos. Sumando el caos de afuera al caos de adentro llego a la conclusión de que no aguanto al mundo y no me aguanto yo.” (148)

Incluída poesía: “Le pediré al viento que disperse mis cenizas. No fui a su funeral, no por no querer sino por querer demasiado”. Con el país que tenemos sorprende que no tengamos más Vallejos contestatarios, críticos; su estrategia ha consistido en acudir a los extremos para que lo oigan, solitario, golpeando decencias y santurrones, con lenguaje descarnado, impropio de cortesanos; mientras llega la muerte porque “el muerto no necesita psiquiatra, tiene el alma en paz. O mejor dicho, no tiene alma. O mejor dicho, sí la tiene, pero tener alma y tenerla en paz es como no tenerla” (88). Se pueden tener discrepancias con las opiniones de Vallejo, como es natural en todo tipo de opiniones. Pero lo que no se puede es desconocerlo.

 

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