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Desde la infancia | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-08-26 05:00:00

Desde la infancia

Eran mundos de marginalidad donde la vida luchaba por serlo y surgía de los más oscuros rincones. Aún así los recordaba cálidamente; fueron circunstancias desconocidas en toda su dimensión. Había aprendido que la meta era ser el mejor, triunfar, tener hijos; pero allá en el fondo algo gritaba que lo único valedero, el amor, no era claro. No podía entender lo que veía: niños maltratados, hombres casi niños bajo el peso de superhombres; hambre, soledad, ceguera, ceguera para mirar en esa terrible oscuridad.
Desde la infancia

Mujeres aplastadas pero fuertes como sus circunstancias; uno, dos, diez maridos con sus respectivos hijos; cuerpos hermosos deteriorados por el paso de lo incomprensible y no por el paso de los días. No sabía qué era más violento si el clima ardiente de aquella tierra primitiva o la desolación que los hombres siembran entre sí. Y quizás equivocadamente asumió como Atlas su castigo: había que cargar el peso del mundo en las espaldas. Se sentía culpable ¿cómo tener cristales y tapetes, un clima especial en una casa acogedora, cuando al traspasar su puerta los niños morían de hambre? Se decía que en sus sentimientos había algo melodramático.

Conocía los cerdos comiendo desperdicios en grandes palanganas de madera, pero nunca se imaginó que en las orillas del Gran Río de la Magdalena vería a niños recién nacidos comiendo como cerdos en bateas de madera tiradas en el suelo. Entonces se juraba hacer algo y los vales escolares de la historia de dividían en dos colores antagónicos: rojos como los cámbulos de la canción le censuraban su comodidad, su inconciencia y hasta su ignorancia, ante esto que descubría real sin creerlo. Los otros, azules como los gualandayes, tenían tentadoras serpientes que la invitaban a gozar de su paraíso. Tal vez de éstos no se libraría nunca totalmente.

Era un mundo imposible sumergido bajo las montañas del poder y se alegraba de no haberse dejado poner cadenas construidas con eslabones de oro, que le hubieran impedido aún más la libertad y la vida. Como un ardiente fuego luchaba por entender una sociedad que no podía ser la realidad o por lo menos no toda la realidad, aunque aparentemente lo fuera. Solo aparentemente porque la realidad era un misterio casi incomprensible, pero susceptible de encuentro, y la sociedad no lo era; por eso tratar de vivir según sus normas era absurdo. Sin embargo, era tan poderosa que no dejaba vivir y esto la llevó a intensificar su búsqueda de la verdad acerca del destino del hombre, mientras acumulaba las tarjetas que como vales escolares seguía guardando en su rincón interior. Se negaba a creer que la meta fuera almacenar cosas, evidentemente no esenciales, que solo podían servir como soportes para alcanza otro universo. Ese universo era el que percibía y se sentía obligada a alcanzar, no solo para sí sino para el Hombre que clamaba por ser, en medio de un mar de hambre y destrucción. (Extractado de obra de Sonia en producción).

 

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