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La doble cara de la calle 33 | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-07-13 02:39:29

La doble cara de la calle 33

De día, en la calle 33 con carrera 21, la Curia tiene abiertas sus puertas y los niños alimentan las palomas. De noche, prostitutas y travesti suben y bajan por el mismo andén. Tres cuadras más abajo, en los alrededores del Centro Cultural del Oriente -uno de los recintos más elegantes de la ciudad-, se vende droga, las mujeres se prostituyen y los habitantes de calle se refugian en la oscuridad. Cara y sello.Calle 33 con carrera 18Si se eligiera al azar un espacio de la calle 33 que atraviesa la ciudad de oriente a occidente, las tres cuadras que separan al parque Centenario del parque Antonia Santos, entre carreras 18 y 21, resultan de una ironía perturbadora. Y eso que las cosas han cambiado, según coinciden quienes circulan por allí diariamente. A la sombra de la fachada íntegramente restaurada del antiguo colegio Nuestra Señora del Pilar, el parque Centenario es una pequeña ciudad que contrasta sus bondades con sus pecados.Allí, a las tres de la tarde, en toda la entrada de un mini centro comercial que está en medio de residencias, ventas de repuestos, de minutos de celular, lustrabotas y vendedores de tinto que suben y bajan con su carrito, cinco jóvenes juegan dominó. Todos llevan puesto el chaleco de motociclistas. En general, los que se encuentran en los tres pisos de Bucacentro, llevan ese chaleco. Desde el segundo piso se ve entero el parque Centenario que afortunadamente –pensaría un delincuente- de día se camufla entre los árboles y de noche entre la media luz en que lo tienen sus farolas. Esta semana, el movimiento en Bucacentro estuvo agitado por el caos que se armó para pagar los aportes a salud y pensiones. Los dueños de la cafetería que está en el primer piso sonríen emocionados.Aparentemente, lo que sucede en la calle frente a Bucacentro no pasa de ser lo que comúnmente ocurre en un parque con una historia no tan amable. La gente espera los buses a lo largo de la calle 33. Al frente, un vendedor de minutos se fuma un cigarrillo y dos lustrabotas han acomodado sillas a lado y lado de un aviso donde se lee “se arreglan zapatos”, para que los clientes descansen mientras esperan su turno.Hace poco que Jesús Evaristo cumplió 50 años y lleva ocho trabajando en el parque Centenario. Camina diariamente desde el barrio Campo Hermoso y si le va bien, lustra 20 pares de zapatos y arregla cerca de doce. Es por eso que el lugar huele a bóxer. Él es uno de los que asegura que el parque dejó de ser “perdidísimo”. “Por lo menos conmigo no se meten, los habitantes de calle vienen es a descansar y lo otro que pasa… pues uno ni se entera o no le para bolas al cuento de las mujeres”. Se refiere a las prostitutas.De fondo está la fachada del Centro Cultural del Oriente, que parece viva por su color amarillo pero está muerta o casi muerta. Sus espacios se alquilan de vez en vez y no hay una programación permanente, como debería ser. O como muchos quisieran. Justo en la esquina de esta hermosa fachada por donde pasa la calle 33, huele a orina. Diagonal, el Teatro Santander, declarado patrimonio de la ciudad en 2007, también huele a orina. Todos pasan apurados. El transeúnte no tiene opción. Atrás quedan las legendarias peluquerías unisex con sus legendarios barberos. Y al empezar la carrera 19, sobre uno de los muros del parqueadero del antiguo colegio, se ve una escalera pintada con rociador. Se lee: Una escalera para soñar.¿Un respiro?Subiendo por la 33, ante el mal olor, el transeúnte podría pensar que la calle que sigue será un respiro. Es cierto que el olor se dispersa, pero la soledad lo invade todo, a cualquier hora. De un lado, un muro interminable hace cruzar la calle, donde hay una sastrería, una venta de químicos, un desayunadero y más residencias. En la noche, cualquiera que no pertenezca a la zona, preferiría quedarse en el parque Centenario agazapado en cualquiera de las ventas de caldo a 3 mil. Es mejor que aventurarse en esa soledad.Calle 33 con carrera 21Durante este año, el hecho más dramático que quedó gravado en los que diariamente permanecen en el parque Antonia Santos, fue el infarto que sufrió Pedro Santos Rubiano, un vecino del sector al que le robaron un celular de su venta de minutos. Dicen que intentó perseguir al ladrón, pero el corazón le falló.La crisis la tuvo justo en el CAI del parque cuando iba a poner la denuncia, el pasado 9 de abril. El lugar está lleno de prostitutas que trabajan desde las ocho de la mañana y de travesti que empiezan a llegar al final de la tarde y se toman la calle durante la noche. Pero a pesar de esta situación, la sede de la Arquidiócesis de Bucaramanga, en uno de los costados de la calle, da un halo de tranquilidad a este tramo. Sus puertas abren a las ocho de la mañana. Carlos, que trabaja cuidando carros desde hace dos años, dice que jamás ha visto al Arzobispo y que a ninguno de los curas y monjas que entran y salen se les ocurre sentarse a tomar el aire en el parque.“La Curia le da (a la calle) un aire más elevado”, dice este hombre que gana diariamente entre 20 y 25 mil pesos. Incluso una venta de avena en toda la esquina hace juego con los niños, no muchos, que dan de comer a más de un centenar de palomas.Carlos agrega que antes el parque era una “marranera”. “Ahora no dejamos que se acerquen los vagos. Incluso ellas (las prostitutas) ayudan a espantar a los ladrones porque eso aleja a los clientes”. -¿Estudia en la Curia?, pregunta un hombre.- No, ¿por qué?- “Es que tiene una cara de Santa…”, responde.El piropo describe el lugar. Es común ver a las prostitutas caminando con sus bolsos de arriba abajo y atravesando el parque. Faldas cortas, piernas gruesas, poco maquillaje. Marina habla bajo. Ella trabaja en horario de oficina. Primero dice que la noche es para dormir y luego, que nadie en su familia sabe que se prostituye.“Para ellos yo vendo comidas rápidas y ya”, dice mientras apura un café con leche de 500 pesos.Una mujer se esconde tras un poste. Un hombre le entrega algo rápidamente, luego se persigna y ambos siguen su camino. Un carro blanco se acerca al parque. Una de las mujeres que espera saluda de beso al ocupante, se sube y se van. Esto sucede a las once de la mañana.Pero la mayoría de prostitutas llevan a sus clientes a las residencias que rodean el parque. -¿Hay clientes tan temprano?Risas.- ¿Y cuál es la tarifa?- Veinte mil el rato. Y un día bueno se hacen hasta cinco.El precio es sagrado. Tanto que uno de los vendedores de tinto cuenta que no hace mucho, una de ellas quiso pasarse de lista, rebajó el precio y las otras le contabilizaron.“Se hacía más de 10 ratos. Pusieron la queja en el CAI pero no las escucharon. Quién sabe cómo resolvieron la cosa, porque por aquí no volvió a aparecer”, dice.Cerca de las ocho de la noche, el primer travesti sube por la calle 33. Lleva un pantalón oscuro ajustado, el pelo negro y largo perfectamente arreglado y un maquillaje impecable. Como cualquier travesti que se respete no tiene nada que envidiarse a sus compañeras de parque. En la Curia tal vez duerman.
La doble cara de la calle 33
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