José A. Morales / Universal e inmortal | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-09-20 01:17:09

José A. Morales / Universal e inmortal

Con motivo de conmemorarse los 30 a√Īos del fallecimiento del compositor socorrano, la Casa de la Cultura Horacio Rodr√≠guez Plata revive hoy el tradicional concierto en el Teatro Municipal Manuela Beltr√°n con un selecto grupo de artistas de talla nacional.
José A. Morales / Universal e inmortal

Un testigo presencial recuerda algunos de los momentos que se vivieron durante los días de su funeral.

Jaime Llano Gonz√°lez lleg√≥ al Socorro la noche del 23 de septiembre de 1978 y encontr√≥ el f√©retro de su amigo del alma en la Casa de la Cultura acompa√Īado √ļnicamente por los guardias del Batall√≥n de Artiller√≠a, porque los m√ļsicos y sus amigos ¬Ėlos mismos, unos y otros¬Ė se hab√≠an retirado ya. Y hubo rega√Īo para todos, aunque la realidad es que apenas hasta hac√≠a unos minutos hab√≠a estado muy bien acompa√Īado por una serenata con los mejores artistas del pa√≠s, que resolvieron dejarlo en paz luego para reunirse en sus casas o en alguna tienda a enfrentar la dura realidad y, de paso, por supuesto, cantar sus canciones y contar sus an√©cdotas; y qu√© m√°s hubiera querido el compositor que sus amigos se hubiesen reunido esa noche a recordarlo antes de la despedida final. En eso estaba todo el mundo, compartiendo la m√ļsica en medio de tanto dolor y encontr√°ndose con la inconmensurable herencia que acab√°bamos de recibir, y que hab√≠amos de compartir y predicar durante el resto de nuestras vidas. Era tal vez la manera de entender que est√°bamos en el Socorro, cantando lo de Jos√© A. Morales, sin su presencia f√≠sica, aunque estaba realmente con nosotros: algo verdaderamente duro y dif√≠cil de comprender.

Al d√≠a siguiente, la misa del funeral ocup√≥ la catedral entera. El pueblo socorrano y los obligados visitantes se volcaron al templo. Los m√ļsicos y los oradores clamaban por intervenir, y todos quer√≠an cantar y llorar, y no hab√≠a orden ni protocolo, ni se supo con precisi√≥n cu√°ndo termin√≥ la ceremonia religiosa ni cu√°ntas personas lloraban entre lamentos y expresiones po√©ticas. Entonces, Luis Enrique Figueroa, con voz poco protocolaria pero con energ√≠a de l√≠der, fue presentando, uno a uno, en orden, una larga fila de saludos que, en ese momento tan amargo, procuraron un buen sabor para esa inmensa cantidad de seres afligidos.

Y en el cementerio fue m√°s duro. Al Socorro no le cab√≠a una persona m√°s durante el cortejo entre el Parque de la Independencia y el cementerio. Todos quer√≠an cargarlo; todos quer√≠an tocarlo. Y la llegada se enmarc√≥ con el canto de ¬ĎRinconcito amable¬í, un tema suyo que le cre√≥ alguna controversia con sus amigos, pero que tal vez compuso pensando expresamente en ese momento.

Luego, ya en el camposanto, tres hechos, que por s√≠ solos hubiesen bastado para humedecer los ojos, se sumaron en el mismo instante y acompa√Īaron la entrada del f√©retro a la tumba de la familia Dur√°n y la tornaron mucho m√°s dolorosa: las voces tristes del Coro de la Casa de la Cultura entonaron un ¬ĎPueblito viejo¬í lento y melanc√≥lico; se oy√≥ al fondo el ¬ĎSilencio¬í que Ramiro Pilonieta interpret√≥ con el bronce desde lo alto de una tumba, y estall√≥ el incontenible clamor vuelto llanto y lamentos de un pueblo entero que ve√≠a c√≥mo se iba su maestro, su compa√Īero, su amigo.

Despu√©s vinieron los homenajes que se le deb√≠an, y que a√ļn se le deben, y que no cesar√°n, porque el compositor socorrano, como contrariando la naturaleza de los seres humanos, permanece vivo, y mantiene una llama imbatible frente a lo que siempre aborreci√≥: la veneraci√≥n por lo extranjero, el olvido de los valores nacionales, el olor a gasolina y la superficialidad.

As√≠ se cerr√≥ el ciclo de vida corporal y terrena de Jos√© Alejandro Morales L√≥pez el 24 de septiembre de 1978. Hab√≠a muerto dos d√≠as antes en Bogot√° frente a la mirada de √Ālvaro Camacho, impotente y dolorida, porque, adem√°s, horas antes hab√≠a tenido que cantarle ¬ĎDos corazones¬í, un bambuco de Virgilio Pineda que le encantaba o√≠r. Y la ma√Īana del 22 despert√≥ Colombia con el inmenso dolor de haber perdido a uno de sus hijos predilectos: el compositor insigne, el santandereano aut√©ntico, el caballero elegante, el fiel amigo, el Cantor de la Patria.

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad
Publicidad