
Antes de existir estas cooperativas el Ingenio Azucarero era el patrón y respondía a sus trabajadores por las prestaciones, les pagaba directamente su mesada, les proporcionaba a sus hijos educación y una vivienda digna. Hoy son subcontratistas, a quienes se les engaña con el aliciente de supuestos ingresos, muy por encima del salario mínimo que a la larga se convierte, por razón de los descuentos amparados por el Gobierno, en un salario del miedo, que a veces alcanza irrisorias sumas de $350.000 mensuales, y quien se lleva la mejor parte es la CTA que los engaña. Este sistema se ha extendido como pólvora y se aplica, incluso, en organismos oficiales como el Hospital Universitario de Santander, donde operan algunas cooperativas de dudosa reputación. Así, no sería raro que mañana muchos empresarios opten por esta aberrante forma de contratación laboral. Es tan lucrativo el negocio, que para mantener su imagen las cooperativas han hecho donaciones a través del Estado, por US$110 millones en los últimos cuatro años. Su crecimiento ha sido tan veloz, que al iniciar este gobierno había 100.000 asociados y hoy creció a 556.000. La Superintendencia de Economía Solidaria registra 12.000 CTA en 30 departamentos y las Cámaras de Comercio sostienen que sólo un poco mas de 2.000 están registradas. La Corte Constitucional ha dicho que esas cooperativas deben pagar los rubros parafiscales como Sena, ICBF y subsidio familiar. Sin embargo actúan como intermediarias laborales y en su gran mayoría violan la ley. Los ingenios azucareros no contratan directamente a los cortadores, a quienes les pagan un valor de acuerdo con el peso global de caña cortada. Lamentablemente esos trabajadores no tienen estabilidad laboral, ni prestaciones sociales, no les cubren los riesgos profesionales ni, en muchos casos la salud. Personalmente no me opongo a la filosofía con la cual fueron creadas las cooperativas, sino a la forma como operan y a la ausencia de vigilancia por parte del gobierno, convertido en cómplice silencioso de un sistema mafioso. Lo peor es que los asociados a esas cooperativas, humildes trabajadores subordinados por su supuesta condición de asociados, quedan por fuera de las normas del Código Sustantivo del Trabajo. El etanol no paga impuestos como la gasolina. Eso hace que los ingenios azucareros obtengan enormes utilidades, amparados por el gobierno, que les garantiza un precio por el etanol muy superior al que le pagamos a Ecopetrol por producir gasolina. Bonito así. Nota al margen: El crimen organizado ha permeado tanto la sociedad colombiana, que ya ni se sonroja y mucho menos renuncia el Ministro de Justicia, pese a tener un hermano vinculado con el narcoparamilitarismo. ¡Qué vergüenza! Dios guarde a la justicia. Es nuestra única esperanza.Senador de la República*