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Palabras Inútiles | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-10-07 05:00:00

Palabras Inútiles

La desvergüenza de la hipocresía nacional no tiene límites mediáticos.  No existe colombiano -excepto quienes cometieron el crimen- que no sienta indignación, a veces visceral, y por tanto peligrosa, por el homicidio del niño de Chía.
Palabras Inútiles

Casi llegamos al linchamiento. Pero produce tanta o más indignación la exacerbada obscenidad de los medios, en especial la televisión. Por supuesto nada es gratuito. Eso de estimular las bajas pasiones movilizadoras, agregando sal y limón a todas las heridas nacionales, y de convertirlas en distracciones de todos los escándalos nacionales, no es gracioso.  

De ahí que de inmediato saltan los amigos de promover la “democracia plebiscitaria”  a pedir firmas en pro de referendo para la cadena perpetua. Nada sacamos aumentando el quatum de las penas si el sistema de justicia no funciona. El Señor Presidente, también ha derramado una lágrima, misma que no se le ha visto en los cientos de fosas comunes, que nunca ha visitado. Aquí no hay condolencia ni piedad.

Contrasta el manejo mediático del horror-espectáculo del caso del niño de Chía con la relativa pasividad con que el Estado asume el escabroso tema de las muertes en serie de los jóvenes de Soacha. Lo caricaturiza bien Vlado en Semana: no promovemos la pena de muerte, pero la recompensamos (por el caso Rojas, de las FARC) A los medios les cabe toda la crítica por ese cultivo del horror-espectáculo, que como dice Josep Ramoneda, en reciente artículo en El País (Madrid), hace difícil distinguir entre ficción y realidad, para satisfacer la insaciable morbosidad del público, que mañana pedirá más -y peor- de lo mismo.

La repetición incesante del horror-espectáculo lleva a la banalización del mal. Lo mismo pasa con todos los horrores: los de la guerra, los de los desastres naturales, económicos y políticos; negados o convertidos en eufemismos. Hasta se vuelven chistes de diletantes de salón, que se divierten con todas las desgracias humanas, con una perversión sin límites.

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