Desde febrero pasado no es fácil ser gato en el barrio Bucarica de Floridablanca.
Perezosos al abrigo de un árbol, encorvados entre la maleza masticando sus ronroneos, saltando entre los brazos de los techos o lamiendo sus cuerpos bajo los remolinos pegajosos de un sol que parece nunca calentarlos, convivieron por 18 años en una aparente armonía los humanos de Bucarica y 150 micifuz.
Un lote ubicado en la parte trasera de la sede del Cuerpo de Bomberos de Floridablanca, junto a los talleres de la Alcaldía y colindando una de las sedes del Colegio Gabriel García Márquez, fue una especie de patria gatúbela, un inmenso arenero donde pasaban las horas muertas esperando a ser alimentados.Acostumbrados a los hábitos felinos, algunos humanos de Bucarica los hicieron suyos, sintieron como propias las sonrisas bigotonas y los vacunaron, los castraron, los mimaron y les curaron sus heridas.
Pero de repente, la mañana del pasado jueves 28 de agosto fueron correteados para ser trepados a un volquete de la Empresa de Aseo de Floridablanca.
Fueron desterrados de Bucarica. Todo por culpa de un gatito, en apariencia inofensivo, que llegó el pasado 15 de febrero al Instituto Técnico de Santander de Quilichao, un pueblo del Cauca distante a 800 kilómetros de Bucarica. Ese gato armó el alboroto nacional con la muerte de dos niños contaminados con el virus de la rabia que les contagió.
Desde entonces no fue fácil ser gato en el barrio Bucarica. Fue imposible maullar tranquilo. Ya no los querían en casas o apartamentos. Todo lo que tuviera relación con gatos, se censuró. Al carajo mandaron al estereotipo de ternura que construyeron el ‘gato con botas’, Garfield, o la siempre querendona gatita de ‘Hello Kitty’. Desde ese febrero no hubo más vida para los gatos en ese barrio.
Pepa llegó primero
Ver video: Gatos desplazados de Floridablanca buscan hogar
Hace 18 años el peladero de tierra, la patria gatúbela, estaba poblado de una maleza desordenada de cabellos verdes tupidos. Los edificios insomnes de Bucarica estaban afuera y el maullido de una gata de pelaje blanco, amarillo y negro, a la que tiempo después le pondrían como nombre Pepa, rechinó dulcemente en la vida de Felisa Suárez Plata.
Una mañana de 1990, a sus 68 años, la mujer salía de su apartamento cuando se dio cuenta de que un hombre golpeaba a la gata.
- Oiga, ¿por qué le pega?
El hombre (recuerda Felisa) tenía un local donde el animal se escondía. Felisa tomó a Pepa, recriminó al agresor y buscó una caja de madera para armarle una cama.
“En ese entonces en ese lote no había nada. Me pasé por debajo de la cerca y acomodé a la gata. Tres veces al día le llevaba comida. Con el tiempo fueron apareciendo más y más animales. La gente empezó a colaborarme para alimentarlos. Les llevábamos arroz con hígado, cabezas de pollo sin hueso, leche y pan”.
Felisa recuerda que en una ocasión su hijo se molestó.
“Él me daba una plata mensual y con eso yo les daba de comer, todo me lo gastaba en los gatos”.
Hace seis años Felicia tuvo una caída que le generó una fractura en la pelvis. Desde entonces no regresó a su “gatera”. Debió conformarse con regar la maceta de su amor felino desde lejos.
Un grupo de vecinas se encargó de cuidar y alimentar al creciente número de animales. Al grupo se sumó la Fundación Amiga de los Animales y la Naturaleza, Fanal, cuyo representante legal, el médico veterinario Alejandro Sotomonte Niño, asumió la tarea de vacunarlos y esterilizarlos. “En promedio, en una semana llegaban cuatro gatos”, aseguró Sotomonte Niño.
Los días de Pepa terminaron hace seis años. Murió escupiendo sangre. Un perro la correteó, le clavó los comillos. Pepa bebió su agonía en largos tragos que le salieron por la boca. Un perfume mortuorio impregnó a Felicia, quien se quedaba sin su Pepa, la primera, la abuela, la primogénita de los hoy 150 desterrados gatos. Eso no es vida ni manera de morir.
Rabia de Bucarica
“Sólo toqué un momentico al gato porque me dio miedo. Pero todos empezaron a molestarlo y ahí fue cuando se alborotó. Nunca pensé que ese gatico podría causar tanto problema...”.
Así relató Felipe Gómez, uno de los estudiantes de Santander de Quilichao, que vio el animal cuya mordedura llevó a la muerte a dos de sus compañeros.
Desde entonces el temor al contagio por el virus de la rabia arropó al país.
La alarma llegó al barrio Bucarica, que tomó la decisión de exiliar a los micifuz. Los padres de familia y directivos del Colegio Gabriel García Márquez elevaron la solicitud para el destierro amparado en el reporte del Instituto Nacional de Salud, que advertía que el 40% de los perros y gatos que existen en el país no han sido vacunados contra la rabia.
En julio pasado los papás advirtieron que si no se reubicaba a los gatos no llevarían a sus hijos al colegio.
El médico veterinario Alejandro Sotomonte Niño recuerda que “la gente dejaba abandonados a los gatos. Los lanzaban. Nadie quería tenerlos en las casas. Se hicieron reuniones y se acordó con la Alcaldía buscarles un nuevo lugar”.
Fue duro ser gato en esos meses. Los gatófilos escasearon. Pero todavía faltaba lo peor.
Al exilio
Diez bomberos de Floridablanca llegaron antes de las seis de la mañana del jueves 30 de agosto. Los acompañaban algunos funcionarios de la Secretaría de Salud Municipal. Ese día la patria de los gatos se derrumbó.
A ellos los sacaron de sus días tranquilos maullando, para meterlos en jaulas. Muchos lograron zafarse de los brazos que los sujetaban y otros mordieron. La batalla concluyó con bajas en ambos bandos. Treinta felinos fueron encerrados mientras tres bomberos recibieron heridas menores.
A medida que el camión se alejaba de Bucarica, los gatos obtenían su extranjería. Ahora eran habitantes de la vereda Mortiño de Floridablanca, en el kilómetro 18 de la vía a Pamplona. Allí la Administración Municipal acondicionó un refugio. Al día siguiente fueron capturados y trasladados más animales.
El pasado sábado 30 de agosto, integrantes de las asociaciones defensoras de animales, quienes no fueron notificados del traslado, llegaron al refugio para verificar las condiciones y se armó el conflicto.
El médico veterinario Alejandro Sotomonte Niño asegura que el lugar carece de encerramiento y el 50% de los gatos se escapó al monte, en un hábitat que desconocen por su grado de domesticación.
Norma Pradilla, defensora de los gatos, adviertió que “el sitio es muy pequeño y tiene pendientes. Al no tener encerramiento es muy difícil cuidarlos o identificar a los enfermos”.
Pero el secretario de Salud de Floridablanca, Héctor Jesús Hernández, asegura lo contrario.
Silvia Maldonado, de la Fundación Amigos de los Animales y la Naturaleza denunció además que fue encontrado en el camino veredal que lleva al refugio, un gato encerrado en un costal.
“Se supone que deben haber más gatos amarrados en costales”. agregó.
Ante esta situación, el pasado miércoles un grupo de la Defensa Civil revisó la zona. Al final de la jornada no se halló ninguno.
La Alcaldía de Floridablanca negó el maltrato.
Sin embargo, los defensores de animales llevaron jaulas y sin autorización recogieron los gatos. Cristóbal Santos, un campesino encargado por la Alcaldía de vigilar a los gatos, notificó a sus superiores. La Policía fue avisada de un “robo de gatos”.
A las siete de la noche del sábado 30 de agosto los patrulleros llegaron al kilómetro 18 y no sabían qué hacer. Un grupo de personas tenía una veintena de costales y jaulas con gatos.
Una hora después arribó al lugar el secretario de Salud de Floridablanca, Héctor Jesús Hernández, quien dejó por escrito que la responsabilidad de los animales recaía en los defensores de éstos.
Luego de dos jornadas de recuperación de gatos, fueron atrapados en el Mortiño 46 de los cerca de cien que fueron reubicados. Estos animales fueron llevados de forma temporal a una casa no habitada en el barrio San Francisco y se espera que en un mes sean trasladados a un lote en el municipio de Lebrija, Santander.
De los 150 felinos callejeros, unos cuantos se esconden aún entre la maleza de Bucarica, otros le abren agujeros con sus miaus al cielo, en lo más profundo de la vereda Mortiño, y los restantes esperan un mejor futuro en el barrio San Francisco. En estos tres sitios están ahora vagando, preguntando y preguntando dónde carajos quedó el buen amor de doña Felicia. Por qué desde febrero pasado no fue fácil ser gato en Bucarica, si ya estaban vacunados.
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