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Domingo 23 de Julio de 2017 - 12:01 AM

Mi compadre Chepe

Dio sus primeros pasos a comienzos del siglo veinte; era el mayor de siete hermanos.

Fue a la escuela con ilusión, pero tropezó con compañeros que lo obligaron a hacer justicia por su propia mano con uno de ellos cuando le arrancó de un tajo un pedacito de oreja que le costó su destierro por temor al castigo de su padre, un militar fuerte con voz que no arrullaba, sino que mandaba y maltrataba. Su buena madre lo adoraba, pero el temor la hizo desistir de enfrentarse con ese padre violento que nunca supo de la ternura que marca con amor, sino del macho que devora con odio las ilusiones a su alrededor. Chepito camina sin prisa, pero firme. Aprendió que no había fantasmas, ni monstruos nocturnos; que las aves que chillan en la noche también son parte de la vida, esa que no se escoge, pero que hay que lucharla. Sin rumbo, sin familia ni amigos, supo que su destino estaba solo en sus pequeñas manos. Recorría las montañas vírgenes de su patria, esa que en cada árbol que marcaba con letras que a la ligera aprendió pero que lo hacían grande empezó a soñar con cosas que no conocía, pero adivinaba. Cuando al fin encontró esa civilización no se deslumbró; fue grabando como por arte de magia todo lo bueno que podía aprender su inteligencia superior. Cuando tenía oportunidad leía libros que memorizaba porque su cerebro vivaz era su fortuna, esa que no se queda en una esquina, sino que va en lo profundo de cada ser. Siempre encontró la bondad en la gente que lo conocía y aprendía de él que los sueños no son para contarlos, sino para vivirlos. Llegó a un pueblo de esos de la época, ya violentos, pero con gente que amaba la vida y se sobreponía. Como era fuerte para el trabajo, pero también fácil para la palabra, esa que a muchos les cuesta, pero que a él le sobraba, solucionaba problemas, curaba animales enfermos, servía a quien lo necesitaba, y así se ganó el cariño de la gente con la que no lo unían lazos de sangre, pero sí de confianza y aprecio. Allí una bella mujer, tal vez la más hermosa, lo cautivó, y a pesar de que la gente le decía a ella que no se casara con ese hombre, lo hizo para jamás arrepentirse, porque la amó y mimó a sus hijos como ningún padre lo ha hecho, él, que no recibió eso de cuna, pero la vida fue su mejor escuela.

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