Envíe su correspondencia a nuestras oficinas o al correo electrónico: hagaseoir@vanguardia.com

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El gobierno venezolano
El Sr. Nicolás Maduro gobernante venezolano de origen expúrio, ha venido intentando remedar a su antiguo Jefe, el extinto Sr. Chávez en lo que a su chabacanería se refiere, pero sin la gracia y cierta picardía que el otro le imprimía a sus insultos. El Sr. Maduro se dedicó a agraviar a todos aquellos gobiernos y entidades que han manifestado la necesidad de una revisión total al conteo de los votos que el sistema electoral venezolano chavista hizo para su elección presidencial. Pero lo que verdaderamente ofende, por lo menos al 90 por ciento de la población colombiana, es la manera rastrera cómo ha venido calumniando al expresidente Álvaro Uribe con la indiferencia de la clase dirigente colombiana y el silencio, tal vez cobarde y temeroso de nuestro Gobierno. Nosotros no esperamos que doña Piedad y el señor Cepeda se indignen con esas ofensas calumniosas, porque ellos se arropan con la misma cobija, pero nos ofende que mezquina e impunemente se ataque un patrimonio moral que, como el de Uribe, va ligado al decoro mismo de la patria.
Hacinamiento carcelario
Es bastante complejo, caótico y lleno de errores resolver el problema carcelario en Colombia, país que ha sido desde épocas pasadas territorio de la impunidad y medio para consumar múltiples delitos, de todos los pelambres en todos los estamentos sociales.
Pues bien, ahora se propone acabar con el hacinamiento, construyendo cárceles de máxima seguridad o mega cárceles; restituyendo la inseguridad y falta de condiciones óptimas para que los internos paguen sus condenas sin violar sus derechos humanos.
Sabemos que el problema de la delincuencia no se resuelve construyendo cárceles, ni aumentando las penas; la salida a esta crisis radica en la pérdida absoluta de valores en la familia, en el trabajo, aumentada por la nula educación que reciben los hijos en sus hogares sumado a las pésimas relaciones interpersonales que en este mundo moderno ha conllevado a que el ser humano se pierda en su integridad y ética.
De igual manera, qué le espera a este país, cuando todos los días somos bombardeados por series televisivas como los “Tres Caínes” que emiten mensajes antivalores ayudando con ello a la masificación de los odios que mezclado con el consumo de drogas, alcohol hacen de estos ciudadanos terreno abonado para perpetuar crímenes, violaciones etc.
Cuántos delitos tenemos que ver a diario, sin esperar castigos ejemplares cuando los avezados delincuentes se ufanan de ello; de la mano de abogados corruptos en donde prevalece el dinero por encima de todo.
Reconocimiento cultural
Todo lo que propenda por la cultura debe ser reconocido. Artistas, allegados y admiradores de ellos con frecuencia se quejan del poco apoyo que se les brinda, lo cual por consiguiente desanima y conduce al detrimento. Tenemos que aceptar que la cultura es fundamental en el desarrollo de cualquier comunidad y tanto entidades gubernamentales como privadas y medios de comunicación deben manifestarse en una u otra forma conduciendo al ser humano a través de esa senda que engrandece y posiciona con altruismo. Pero, no todo es negativo, hay por fortuna medios de gran cubrimiento que son expresión fiel de estímulo a todas las manifestaciones del arte y que en esta forma se han convertido en baluarte indiscutible, digno de reconocer, agradecer y presentar como ejemplo ante la comunidad en general.
Es el caso de la revista “Gente de Cabecera” y su excelente periodista Belky Tatiana Celis Rosas quien ha venido desarrollando una actividad digna de admirar en pro de personajes y actividades de nuestro medio, contribuyendo en esta forma a que nuestra ciudad sea admirada por su movimiento cultural y el que gran parte de nuestra población se incentive asistiendo masivamente a todas las programaciones. Esto es hacer patria.
El regreso
Después de larga ausencia volví a mi pueblo un día y lo encontré lo mismo que cuando de niño caminé por sus calles. El negro cementerio con cruces desteñidas, las viejas callejuelas con sus charcas de siempre. La plaza solitaria, los árboles desnudos, la iglesia con las campanas mudas, el río en la hondonada con su eterna quejumbre. Y ancianos encorvados, enfermos y afligidos caminando despacio por las angostas y polvorientas calles. Y tapias carcomidas y solares inmensos donde disputan cerdos y gallinas por la escasa comida. Y el cerro en el oriente por donde el sol se asoma y baja en la noches la neblina, más pelado y amarillo que nunca. Ah.... Nada ha cambiado en el pueblito de mi infancia.











