Miércoles 07 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

HAGASE OIR

De balas y tomates

De balas y tomates

Ver pavonearse victoriosos y sonrientes a los guerrilleros de las Farc, quecon sus sucias conciencias se presentan ante el pueblo a pedir que elijamos a Timochenko presidente y a sus secuaces senadores, genera rechazo de la población y una enorme decepción.

Santos prometió que primero “pagarían cárcel" (simbólica) y después tendrían derecho a la elección política. ¡Qué burla! ¡Qué descaro! Pero es costumbre que el Presidente de manera cínica mienta y así tenemos a estos “líderes” alardeando salvar el país. Pues ahí está la respuesta: rechiflas, insultos y tomates adobados con huevos podridos para expulsarlos de sus pueblos. Ofendidos están los “señores”. No toleran estos “ataques”; pero olvidaron que hace muy poco ellos atacaban esos mismos lugares con balas, bombas y granadas y al marcharse dejaban en las calles el horror de la muerte y las paredes manchadas de rojo; pero no de tomate sino de sangre de civiles y militares.

Enrique Rueda Pinilla

El voto en blanco

El voto en blanco nos parece que no es lo indicado para lograr el cambio estructural de la política y la derrota de la corrupción en este país. Lo que tenemos que atacar de frente y desarmar pieza por pieza es la vieja maquinaria política, integrada por la parentela de los políticos de siempre, los empresarios beneficiarios de contratos amarrados por la corrupción, la compraventa de votos, las coaliciones o contubernios hasta con el mismo diablo según la teoría de la dinámica social y la unidad mental de las multitudes de Gustavo le Bonn, según la cual si en una ciudad una persona se queda mirando un punto fijo en el cielo, pronto se le suman otros y otros hasta formar una masa crítica. Justamente lo que se necesita para destruir esa maquinaria enfrentada al voto de opinión. Por eso, que el grito de las masas sea: viva el voto de opinión. Abajo las maquinarias.

Carlos Martínez Rojas

La generación del miedo

Soy parte de la generación del miedo. Cuando niño, conocí la palabra “secuestro “en las noticias y en los afiches de una niña colgados por todas partes. De ese mismo hecho conocí la palabra “extorsión”. Ya mis padres habían conocido la famosa “violencia”, escapando de los asesinos rojos o azules.

Crecí viendo los famosos “raponazos” de relojes. Fui creciendo y no pocas veces tuve que ver hombres muertos en las calles. Conocí por los voceadores de Vanguardia Liberal el retrato de la “víctima”, por ende conocí la palabra “homicidios”.

En la juventud crecimos viendo la guerra, la violencia, el terrorismo. Muchos periodistas y escritores nos mostraron los rostros de la violencia. Fusilamientos, violaciones, desplazamientos, torturas, masacres. Después vivimos bajo la violencia del narcotráfico.

Hoy, nuevas palabras se agregan al diccionario de nuestro miedo: corrupción pública y privada, narco financiación de campañas, corrupción en la justicia, en el gobierno, en el legislativo. La inseguridad con los atracos es el pan de cada día en campos y ciudades. Maltrato intra familiar, agresiones sexuales de una depravación absoluta. Niños que mueren de hambre en muchas regiones y un etc. muy largo.

Dámaso Londoño

Génesis, calvario y

epifanía del ambiente

Si la mayoría de la gente supiera cuán largo y áspero es el camino que debe emprender para sanar el ambiente contaminado, seguramente faltará abnegación para seguirlo. Si se aleja la mirada egoísta pensando que las obras pueden prestar un servicio importante a la humanidad, el hombre ya no será visto como codicioso y surgirán las condiciones altruistas, el beneficio y la satisfacción que se logran cuando no se contamina el ambiente.

No hay que dejar que los amigos de la naturaleza se den por vencidos, se sientan moral y materialmente arruinados, enfermos con perspectivas de quirófano por el dolor que muchos países le han causado a la naturaleza. Hay que sacar fuerzas de flaqueza y empezar otra vez el trabajo ambiental con la pesada carga a cuestas. La misión de proteger la naturaleza no es de un solo hombre, ahora es de todos.

Federico Villalobos

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