Domingo 13 de Marzo de 2011 - 12:01 AM

Aroma de trigos

Columnista: Sergio Rangel

En una fría y lluviosa mañana de 1933 un joven bumangués desembarcaba en Bruselas, la capital de Bélgica. Días antes su amigo Augusto Consuegra con quien viajó, lo abandonó en un puerto de Alemania, en una aventura parecida. El joven bumangués era Miguel Ordóñez Cadena, inteligente e inquieto como ninguno. Se decidió a estudiar "galletería" lo que nadie estudiaba en la época, todos eran médicos o abogados. Siempre se ha dicho que hacer una galleta buena es lo más difícil de la vida. De ahí que en términos vulgares "una galleta" es un asunto enredado y peliagudo. Al joven Miguel Ordóñez, según cuentan, le gustaban las cosas complicadas y diferentes. Aprendió "galletería" y de no ser por la segunda guerra mundial, que estalló en Europa, allí hubiese permanecido estudiando no sé cuántas cosas difíciles. Se hubiese topado quizás con Brooum o Einstein, en alguna escuela de física o en un cafetín del agitado Berlín de la época, en donde los nazis marchaban a paso de ganso. En Colombia ya doctorado en "galletería" de la Usines Wesler, participa en un singular concurso en la ciudad de Pereira, en donde fue galardonado como el supremo rey de la galleta. Tampoco quiso quedarse allá con los paisas zalameros y ventajositos y se vino a su tierra, Bucaramanga, la de los incrédulos y cizañeros. Trajo máquinas de Europa y las que no pudo se las inventó. Murió cuando descifró los misterios de los monolitos de Pascua, porque también fue antropólogo y astrónomo.


Mi cuento viene a que estoy preparando por encargo del Gobernador y de la Academia de Historia, la celebración de los 20 años de la Constitución de 1991, y un conocido constitucionalista, que se ha contactado para el evento, me encargó el sabor de la santandereanidad. Al principio no supe de qué se trataba. Galletas Aurora, tráigame Galletas Aurora, me dijo, ¿acaso usted no sabe que las galletas Aurora son el símbolo de la tozudez y verraquera de los santandereanos? Y sépalo también, me dijo, la firmeza y el encanto de las mujeres de su tierra está en el exquisito trigo dorado en los viejos hornos que superviven en esa vetusta casona de la 34, dignos de pasteleros de los dioses. Me quedé súpito y con la boca hecha agua. Era verdad, el aroma de las galletas Aurora es lo único que nos queda. Aires, aromas y recuerdos de ayer, figuras desteñidas, borradas por el tiempo, colgadas en academias con clavos herrumbrosos de firmezas idas. Fui entonces a la casona de la calle 34, a la fábrica de siempre. Allí los molinos amasaban la harina de siempre. Su dueño José Luís Ordóñez vigoroso heredero de la fórmula, en la misma oficina. No sé si a mi amigo constitucionalista a quien le envié las delicatesen soñó y le supieron las galletas Aurora al volcán del seno de una endiablada santandereana, como dice la canción de Morales. Lo que sí sé es que siempre hemos estado aislados del mundo, por las lluvias o por lo contumaces y eso nos hace muy especiales. Una especie de fatalismo, que hace que no se termine lo que se debe terminar.

Autor:
Sergio Rangel
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