Leyendo los magníficos ensayos históricos sobre la evolución de la moda y el vestido de la historiadora Aida Martínez, ya citados en este mismo periódico por otro compañero de estas labores semanales, he llegado a rememorar con cariño los ires y venires de la gente de mi generación y obviamente de las anteriores, para tener a tiempo las prendas que debían lucirse en los días de la Semana Santa. Sastres y modistas trabajaban todo el día y hasta bien avanzada la noche para cumplirle a su clientela que con varios meses de anticipación le había llevado los cortes para los vestidos del jueves y viernes santo, que debían ser de distinto color, el del jueves de color claro y el del viernes santo, generalmente negro o por lo menos bien oscuro, pues era de muy mal gusto lucir un traje que no estuviera a la altura de una fecha luctuosa como esa. Se agregaban a lo anterior los atuendos complementarios, como la corbata, los zapatos y el sombrero, pues como se decía comúnmente, la Semana Santa no era completa si no se estrenaba de pies a cabeza. La preparación personal también era indispensable, incluía la confesión y la peluqueada, de allá nos quedo el dicho de hacer las cosas rápidas, como peluqueando bobos en Semana Santa. El análisis del vestido en cualquier época de la historia, como lo señala la historiadora santandereana, es el mejor indicador de los cambios sociales, económicos y culturales de una región, pues no todas las clases sociales, por ejemplo, podían lucir las mismas prendas. Siempre hubo y seguramente habrá, telas, prendas y modas para ricos y pobres. Pero lo importante de señalar es que en tiempo santo todos hacían el esfuerzo para cumplir con este mandato heredado y estimulado por la sociedad de estrenar para ir a la iglesia a celebrar con el mayor recogimiento la pasión y muerte del Redentor. Como la vida no se detiene ni tampoco las costumbres permanecen, hoy celebramos la Semana Santa de distinta manera; ya no es indispensable estrenar ni tampoco permanecer en un lugar como se acostumbraba antes, la universalidad de pensamiento y acción nos lleva de un lugar a otro porque el sentido religioso lo llevamos en nuestro espíritu y no tiene morada fija ni iglesia definida que lo albergue. Descubrimos que más allá del atuendo están los valores que no se expresan con colores alegres o tristes. La profesión de sastres y modistas que fue ampliamente reconocida desde el mismo renacimiento, con el correr de los años perdió su ascendencia cuando las clases sociales se fueron igualando y el vestido dejó de ser la única medida para identificarlas. La informalidad ganó los mejores espacios y con ella los vestidos de gala pasaron al ropero a esperar ocasiones muy escasas.