A riesgo de llegar de ultimo y de aportar muy poco al perfil político y humano de Alfonso Gómez Gómez después de su sensible fallecimiento, no he podido sustraerme a realizar un ligero comentario a lo que fue nuestra larga amistad, iniciada desde los mismos días de formación académica en Bogotá, cuando la capital era una ciudad pequeña llena de estudiantes de todas las regiones de Colombia. Colegas por profesión pero distantes en política, pusimos siempre la cordialidad y el interés por hacer las cosas bien por encima de cualquier otra consideración en nuestros frecuentes encuentros, a los que el tema de Santander y la provincia nos habían convocado. Llegados a la capital desde lejanos municipios, nos unió por toda la vida ese sentido de solidaridad que inspira la cercanía al campo y a la vida aldeana y sencilla que nunca podemos ocultar quienes nacimos en la provincia. Muchas veces ese fue nuestro tema preferido y el motivo de nuestra participación en política, pensando que algo podíamos aportar en el mejor bienestar de nuestras respectivas comunidades. Su último aporte en ese sentido lo hizo al dejar como su última voluntad que se hicieran donaciones a su pueblo natal en vez de flores el día de su sepelio. Fiel a esta amistad seleccionó mi nombre cuando se desempeñaba como gobernador de Santander para el cargo de Notario Tercero, de la terna que le había llegado a su despacho para llenar esa vacante. Desde la orilla en que el destino nos fue llevando no dejamos de cultivar y desandar lo ya andado en nuestra primea juventud, para lo cual siempre nos mantuvimos en contacto ya fuera para aprobar o improbar con la más sana cordialidad nuestras actuaciones públicas, en el cumplimiento y desempeño de nuestras funciones laborales. Como buen cristiano le reproché su decisión de instalar en Bucaramanga el horno crematorio cuando se desempeñaba como alcalde, aduciéndole que desde tiempos inmemoriales a los creyentes nos sepultan en la tierra para regresar con nuestro cuerpo físico a la madre naturaleza, como lo reza el evangelio. Su sonrisa de hombre instruido y sabio apenas le merecían un pequeño apunte inteligente cuando sus amigos llegábamos con estos comentarios. Desde esta esquina de la vida cuando el recorrido ya está casi cumplido, son muchas las cosas que llegan en tropel a nuestra mente al momento de recordar a los amigos de juventud, por fortuna todas igualmente amables y generosas como generosas son las almas buenas y serviciales que nacieron para servir con honestidad y desinterés, como todos los colegas de este diario lo han hecho notar en sus afortunados comentarios. Paz en su tumba, mi querido Alfonso.