Sábado 03 de Marzo de 2018 - 12:01 AM

El cambio de nombre

Columnista: Alfonso Marin

Es propio de las notarías legalizar conforme a la ley el cambio de nombre de los ciudadanos que así lo deseen. Este proceso legal que hace unos años no era tan común dentro de la actividad notarial parece que se ha incrementado notoriamente en los últimos años, a juzgar por las cifras comentadas por el Supernotariado, el doctor Jairo Mesa, en el sentido de que en el último año un total de 12.400 personas se cambiaron el nombre. Salvo honrosas excepciones, por respeto a los padres posiblemente la gente no se cambiaba el nombre, pues eran ellos los que a su buen criterio les habían dado ese nombre, al contrario de ahora que casi nadie está conforme con lo que tiene y mucho menos con su nombre. En su mayoría todos quisiéramos que nuestro nombre hubiera sido una revelación celestial como en el caso de Jesús, o de alguno de los apóstoles que por mandato de Jesucristo ya no se llamaron Simón sino Pedro o el de Saulo por Pablo. Muchos ejemplos hay en la historia de la humanidad de personas que se cambiaron su nombre y se volvieron famosas con el nuevo hasta el punto de que hay necesidad de recurrir a una enciclopedia o al internet para saber con exactitud como era su nombre de pila. Sirva como ejemplo el caso de Jean-Baptiste Poquelin y Aurora Dupin, que los conoce la historia y la literatura como Moliére y George Sand respectivamente. No deja de ser un buen recurso de la ley esta posibilidad que todos tenemos de cambiarnos nuestro nombre original, pues hay casos en los cuales no solamente riñen con el sentido común, sino que además son casi imposibles de pronunciar y menos de escribirlos correctamente, lo cual como se sabe es motivo de burla en todos los ambientes, especialmente el ambiente escolar, donde la picardía juvenil da para muchas ironías.

Complementa el doctor Mesa que era visible a simple vista la cara de satisfacción de los ciudadanos que salían de los despachos notariales con su nuevo nombre, porque sin duda eran pequeños propósitos que aspiraban a cumplir, como el caso que todavía recuerdo, del ciudadano que salió de mi despacho feliz porque se había cambiado su nombre de Reynaldo por el de Afrodísio, que le parecía más sonoro y atractivo.

Autor:
Alfonso Marin
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