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Sábado 18 de Febrero de 2012 - 12:01 AM

Los cachacos

Columnista: Alfonso Marin

Con el fallecimiento de mi paisano y amigo Edmundo Páez Vargas, a cuya distinguida familia le hago llegar mis sentidas condolencias, desaparece uno de los últimos Cachacos de Bucaramanga. Acostumbrado a vestir siempre de riguroso traje oscuro, a veces con paraguas y sombrero, era fácil identificarlo en sus acostumbradas caminatas por el centro de Bucaramanga. Sin duda cada día es menos frecuente encontrar personas o funcionarios que vistan o salgan a la calle guardando las normas y precauciones heredadas de las clases sociales altas de Bogotá que vieron en el vestir una manera de establecer la diferencia, tal como lo hiciera Charles Baudelaire que se vestía como un dandy para superar la mediocridad. Los Cachacos, bautizados así por don Antonio Cifuentes Toro en sus cuentos costumbristas y retratados por el famoso pintor Ramón Torres Méndez, fueron ocupando muchas páginas de la vida aldeana de todo el siglo XIX y primeras décadas del XX en todo el territorio nacional, hasta volverse una expresión proverbial para identificar una persona elegante y distinguida.


Varias profesiones como los abogados y los médicos y algunos oficios, especialmente de oficina, exigían de sus jefes una especial compostura en el obrar y vestir que nos identificaron por muchos años dentro de nuestras respectivas comunidades. No estar a la altura de esta exigencia social era sinónimo no solo de descuido personal sino más bien de fracaso profesional, comentado muchas veces a la hora de utilizar los servicios profesionales.


El paso del tiempo que todo lo cambia ha venido convirtiendo en verdadera curiosidad este estilo de vestir respaldado además en las exigentes e impracticables normas de la urbanidad de Manuel Antonio Carreño que consideraba como signo de mala educación entre los caballeros quitarse el saco aún dentro de su casa de habitación cuando alguien diferente a un familiar muy cercano estuviera de visita. No podría asegurar que los ejecutivos de ahora no visten elegante cuando es la ocasión, pero algunos poco acostumbrados a la formalidad diaria en vez de llevar un riguroso bastón o paraguas según la usanza cachaca, llevan una botella de agua en la mano para caracterizar su informalidad. Estar muy cachaco muy pronto no será un buen cumplido para una dama o un caballero, porque seguramente habremos perdido cualquier referencia social parecida.

Autor:
Alfonso Marin
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