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Sábado 10 de Marzo de 2012 - 12:01 AM

Enfermedades públicas

Columnista: Alfonso Marin

Hasta donde mis escasos conocimientos sobre ética médica me lo permiten, tengo entendido que uno de los derechos de un paciente es el manejo privado y prudente de su diagnóstico y resultados clínicos de su enfermedad. Pero como todo en la vida cambia, cuando se trata de pacientes que tienen relación directa con la vida pública de cualquier comunidad, ya sea política, artística o deportiva, este derecho parece que está lejos de cumplirse.


Es el caso con la enfermedad de nuestro vecino, el presidente de Venezuela Hugo Chávez, donde primero se enteran los periodistas de todo el mundo que los mismos familiares del paciente. Sorprende la abundancia de detalles que maneja la opinión cuando informan de la evolución de la enfermedad. Creo que no sobra pedir un poco de prudencia en aras de la ética y la caridad humana.


La historia de la humanidad y la misma historia de Colombia tienen capítulos especiales relacionados con enfermedades de sus hombres públicos. El caso del Libertador Simón Bolívar, por ejemplo, se mantuvo en relativa reserva por parte de sus allegados sobre el diagnóstico y el tratamiento aplicado para tratar de curarlo. Solamente varios años después de su fallecimiento salieron a la luz pública los informes médicos sobre su enfermedad que finalmente lo llevó a la tumba. Hasta hace muy poco todavía se dudaba sobre las verdaderas causas de su deceso, tanto, que hubo necesidad de exhumar su cadáver para averiguar la verdad.


En el caso del Dr. Francisco Javier Zaldua (1882) el único de nuestros presidentes que ha fallecido durante el ejercicio de sus funciones, fue también una muestra de prudencia y recato la evolución de su enfermedad que terminó con su vida en el mismo año de su posesión como presidente de la República. Sus últimos días los pasó, según las crónicas, en la intimidad de sus aposentos privados de la casa presidencial bajo el cuidado de sus familiares. Otro presidente, el Dr. Manuel Antonio Sanclemente que por su avanzada edad permanecía enfermo buena parte del tiempo, optó por su retiro a las afueras de Bogotá en procura de climas más benignos. Lo importante es que en ninguno de estos casos se abusó de la información suministrada por los médicos ni menos se hizo de su enfermedad una página noticiosa de última hora, con avances extraordinarios para darle mayor resonancia al asunto, muy propio de cualquier ser humano por prestante e importante que sea. La espectacularidad en la enfermedad de las personas es más bien una característica de nuestra cultura occidental muy contraria a otras culturas que la entienden como una simple suma y resta de la población del mundo en las manos del Creador del Universo.

Autor:
Alfonso Marin
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