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Sábado 21 de Abril de 2012 - 12:01 AM

Estudiar historia

Columnista: Alfonso Marin

Me uno entusiasmado a las voces que desde distintas tribunas de opinión incluyendo  algunas autoridades educativas solicitan se vuelva a incluir el estudio de la Historia y la Geografía como asignatura fundamental  dentro de los estudios de bachillerato.


Razones para esta solicitud parece que son muchas, empezando por el riesgo que se tiene de quedarnos sin memoria histórica dentro de pocas generaciones. El día que a alguien se le ocurrió que podían existir unas  asignaturas más importantes que otras, asignaturas como la historia y la geografía rápidamente pasaron a un segundo plano y ya no fue posible  que volvieran a recuperar su importancia hasta llegar a los extremos que todos están denunciando y pidiendo que se corrijan. Se nos olvidó sin querer queriendo que el  diálogo entre  generaciones  tiene como primer escalón  la historia  como lenguaje común. Sin ese lenguaje común  no  hay ni habrá  fluidez de ideas y menos  posibilidad de entendimiento. Si bien es cierto que es saludable  que cada generación tenga sus propios valores y sus propios conceptos sobre el sentido de la vida y su relación con sus semejantes y la naturaleza, es indispensable que  en cada nación o región existan unos hilos comunes, una columna vertebral que sostenga erguida a la nación y esa columna no es otra que la historia y la geografía.


Al  recordar complacido mis ya lejanos estudios de estas materias, no puedo menos  que intentar traer a la memoria  a personajes tan familiares como Henao y Arrubla, ganadores en 1910 con motivo del primer centenario de la Independencia, del concurso para  elaborar  el primer texto oficial sobre la historia de Colombia. Con ellos aprendimos la misma historia de Colombia varias generaciones y estudiantes de bachillerato sin dar pie ni oportunidad a pequeñas divergencias o cuestionamientos porque era el texto oficial y había necesidad de recitarlo de memoria. Es posible que esta exageración y algo de abuso en la versión oficial  influyeran  para que  la libertad de opinión fuera la norma en la futura enseñanza de la historia, hasta llegar  a considerarse innecesaria. Algo parecido pasó, me hacía notar un amigo de tertulia, con el estudio del catecismo. Exageraron  obligándonos a aprendernos de memoria todo el Catecismo del padre Gaspar Astete que ya nadie quiere saber ni de ese catecismo ni de ningun otro. El término medio que es la regla de oro de estos problemas, nos podría acercar otra vez al estudio de estas asignaturas con criterios pedagógicos modernos, para que podamos volver a dialogar en familia partiendo de un lenguaje común que nos lleve a viajar con comodidad por los caminos del ayer pensando siempre que en algunos de estos caminos se han quedado enredados los momentos más queridos de nuestra historia patria.

Autor:
Alfonso Marin
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