Viernes 02 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

El gran descubrimiento en una taza de té

Columnista: Anastasia Espinel

Un día cualquiera del siglo XXVII a.C. la reina Leizu, esposa del legendario emperador Huangdi, mejor conocido en la tradición histórica china como el Gran Emperador Amarillo, paseaba por el jardín alrededor de su palacio en compañía de sus doncellas y, como de costumbre, se sentó a tomar una taza de té bajo la sombra de una morera. De pronto, un objeto extraño cayó desde la cima del árbol a la taza de la emperatriz. Una de las doncellas se apresuró a sacarlo con ayuda de un par de palillos pero, para el gran asombro de todos, este comenzó a desenrollarse y a soltar unos finísimos hilos que se extendieron cubriendo todo el jardín.

El objeto extraño caído a la taza de la emperatriz resultó ser el capullo de un gusano de seda. Al seguir la trayectoria del hilo, Leizu no tardó en descubrir que la verdadera fuente de aquel milagro era precisamente el capullo que, bajo el efecto de té caliente, comenzó a desenvolverse. Fascinada por aquel descubrimiento, la emperatriz persuadió a su esposo para que le dejara plantar unas moreras, donde comenzó a criar gusanos de seda para recolectar luego sus capullos.

Se le atribuye también el invento del carrete de seda, que une los filamentos en un hilo con la suficiente fuerza para ser tejido, y el primer telar de seda. Posteriormente, Leizu compartió sus descubrimientos, extendiendo el arte de la fabricación de seda por toda China.Durante casi tres mil años China mantuvo el monopolio para la producción de las telas de seda, guardando celosamente el secreto para el resto del mundo. Antes del siglo I a.C., la seda tan solo ocasionalmente llegaba a la India, Persia y algunas regiones de Asia Central donde era valorada más que el oro.

Aunque los emperadores chinos hicieron todo lo posible para que el secreto de la fabricación de seda se quedara dentro del país pero no pudieron impedir que aquel valioso producto comenzaría su gran aventura y se expandiera por el mundo entero. Sin embargo, esto ya es otra historia y sería el tema de la próxima columna.

Autor:
Anastasia Espinel
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