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Sábado 31 de Diciembre de 2011 - 12:01 AM

El oro que alguien va a sacar

Columnista: Andrés Mejía

Hay dos cosas que Bucaramanga y Santander pueden enseñarle a Colombia: fortaleza y madurez.


La primera lección, la de fortaleza, ya nos la dieron, y de qué manera, cuando a principios de este año que termina hicieron sentir su voz para rechazar aquel famoso proyecto de minería que, en opinión de muchos, afectaría gravemente el precioso ecosistema del páramo de Santurbán. El país entero admiró esta movilización de la sociedad civil, que armada de razones venció lo que parecían ser colosales intereses económicos.


Ahora les llega el turno de darnos una lección de madurez: la región deberá meditar, y tomar con cabeza fría una buena decisión en cuanto al destino de esos yacimientos de oro.


Porque la idea de que ese mineral puede permanecer allí por siempre, salvaguardado en el subsuelo, no es más que una ilusión, una quimera que se ve diminuta ante las realidades de la economía mundial: el mercado de productos básicos está hambriento de estos minerales, y los demanda con una intensidad que puede verse en sus precios. El oro, que hace 10 años tenía cotizaciones cercanas a los 300 dólares por onza, se paga hoy a más de 1.600 dólares.


Es el síntoma de un mundo en el cual varias economías, antes pobres, se enriquecen velozmente, y demandan a gritos recursos básicos. A nadie le debe caber duda de que a esa demanda corresponderá una oferta. Alguien va a sacar ese oro y va a venderlo. Nos corresponde hacer una buena elección de quién lo hará.


Y las alternativas que se presentan en Colombia son básicamente dos. Una la representan las empresas. De ellas no presumimos buenas intenciones, pero su carácter formal nos permite someterlas a control y vigilancia, e incluso detener sus proyectos cuando los consideremos nocivos. Porque mal que bien, ellas responden ante las autoridades, y ante el teatro de la opinión.


La otra alternativa es nebulosa: es representada por personajes misteriosos que han empezado a llegar a las zonas mineras del país, pistola al cinto muchas veces, y explotan los recursos de manera ilegal. Nadie los controla; no están sometidos a ninguna inspección. No tienen el menor cuidado con el medio ambiente, y poco les importaría llenar un río con cianuro, si así pueden inundar sus camionetas con billetes.


Es la alternativa de la minería ilegal, cuyo interés en los yacimientos será imposible de controlar. Ellos vendrán por el mineral, porque el mercado mundial lo demanda. Pero lo explotarán de tal modo, que lamentaríamos por siempre no haber permitido que lo hicieran las empresas.

Autor:
Andrés Mejía
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